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[Agradecemos a Juan G. Atienza, permitirnos reproducir
un fragmento de su libro "Guía de leyendas españolas"].
____J.G.Atienza es uno de los historiadores y filólogos
heterodoxos más rigurosos y fascinantes. Autor, entre otras
obras, de "Los santos imposibles", "En busca de la historia perdida",
"Leyendas del camino de Santiago" o sus libros sobre los Templarios.
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Leyenda del origen de Noya
(Coruña,Galicia,España,Europa,La Tierra).-
¿Sabéis
por qué Noya se llama Noya?. Porque allí mismo tuvo
lugar el desembarco del patriarca Noé después del
Diluvio Universal. Porque aquí llegó la paloma, tomó
la rama de olivo y regresó al Arca. Y porque aquí
mismo plantó Noé su viña y se emborrachó
con sus primeros frutos. Y ahí arriba, en las faldas del
monte Barbanza que
configura la península, quedó enterrada para siempre
el Arca de la salvación.
Luego, los hijos de Noé le dieron nietos
al patriarca; algunos, al parecer, nacieron aquí mismo. Uno
de ellos, Tubal, tuvo a su vez una hija a la que puso de nombre
Noela. Y Noela casó con su hermano, Galo Gafeto, y ambos
fundaron la ciudad en memoria de su antepasado.
Comentarios de Atienza: Memorias noéticas.-
Es más que curioso que la
historia peninsular -y no precisamente la que hoy nos enseñan
oficialmente, sino la que repitieron machaconamente cronistas e
historiadores hasta el siglo XVII, que luego fue rechazada de plano
repentinamente y considerada como simple y llana fabulación
de ignorantes que hicieron sólo caso de las narraciones del
vulgo y de la Biblia- viene sistemáticamente a incidir en
unos orígenes del pasado peninsular que, sin excepción,
parten de ese instante mítico del fin del Diluvio Universal
y de la llegada a nuestras tierras de un Noé, o de varios,
que fundaron aquí un poderoso imperio en los instantes más
oscuros y desconocidos del tiempo. Un imperio, por cierto, que si
juzgamos por aquellas lecturas, se revistió de una indudable
coherencia narrativa y hasta cronológica, aunque partiera
de un instante temporal que, sin más, podemos ya rechazar
en tanto que origen de la Humanidad, aunque la cosa variaría
sustancialmente si nos planteásemos ese origen como el de
una Humanidad determinada, es decir, de una civilización
concreta o hasta, si queremos, de nuestro propio mundo histórico.
En esa historia que cabalga sobre
el mito, la descendencia noética se encuentra claramente
establecida en la descripción de los acontecimientos y circunstancias
que rodearon y determinaron la singularidad de aquellos monarcas
que iban enlazando su propia vivencia con la corroboración
legendaria de toda la mítica mediterránea. Es una
aventura histórica que no hace otra cosa -pero no es poco-
que evidenciar y dar crédito a todo el universo mítico
que los historiadores posteriores se dedicaron a demoler sistemáticamente,
hasta dejarlo relegado a simple fabulación popular sin fundamento.
Nadie quiso pensar entonces -y aún ahora, pocos se atreven
a hacerlo- que nada se inventa desde la nada y que todo, incluso
las alucinaciones esquizofrénicas, serían impensables
sin el sostén de un esquema vital o histórico que
corroborase por un lado o por otro cualquier supuesta invención.
La cosa, sin embargo, se complica
cuando surgen indicios, por sutiles que sean, de que hay efectivamente
una base de relativas verosimilitudes en lo que siempre vino a tomarse
como pura invención sin fundamentos palpables; o cuando se
constata que determinadas afirmaciones pueden tener un sentido si
aplicamos una tabla de valores interpretativos distinta a la habitual;
o cuando, en fin, nos damos cuenta de que algo aparentemente gratuito
y sin sentido empieza a adquirir identidad si somos capaces de relacionar
hechos o circunstancias que hasta entonces estuvimos midiendo por
diferentes raseros, cuando en realidad formaban parte de un mismo
todo.
Ejemplificar cuanto acabo de decir
escaparía a los condicionamientos generales de esta Guía
y nos obligaría a dedicar demasiadas páginas a la
cita de circunstancias que nada o muy poco tendrían que ver
con ella. Sin embargo, la misma NOYA -y por eso ha sido elegida
por mí por enésima vez a la hora de meterle mano a
los orígenes de las leyendas y a las causas de su aparición-
contiene en su entorno y hasta en su mismo núcleo urbano
suficientes claves para permitirnos colocarla como ejemplo característico
de muchos otros casos que, luego, cualquier lector con ganas podrá
encontrar fácilmente por su cuenta en veinte lugares distintos.
La identidad del Arca.-
El Arca de Noé fue -resulta
ya hasta estúpido recordarlo- una nave que guardó,
en instantes cruciales para la Humanidad, la semilla de la vida,
que luego habría de fructificar en un planeta arrasado por
el Gran Cataclismo. Fue, pues, el contenedor de todo cuanto
significa existencia y supervivencia y fue diseñada y construida
por el patriarca Noé, según las estructuras, la materia
prima y las medidas exactísimas y precisas que le fueron
dictadas por la Divinidad en persona (Gén. VI, 14-21): la
misma Divinidad que dictaría a Moisés las características
justas de la otra Arca -la de la Alianza (Ex.XXV, 10-22)- y a Salomón
las medidas, las proporciones y los materiales y hasta los objetos
de culto de los que saldría el Templo (1Reyes,VII,1-38).
El Arca es, por lo tanto, -y vuelvo
sobre la de Noé- , obra directa de Yavé, aunque el
patriarca fuera su amanuense, designado como tal lo mismo que fue
el encargado de cumplir con la preservación de esa semilla
vital de la que renacería la vida en un mundo destruido por
la catástrofe. El Arca contendría, pues, no sólo
ese germen de vida del que surgiría el renacer planetario,
sino toda una serie de claves que acercarían, a quien supiera
descubrirlas, a una parte fundamental de la identidad divina, del
saber sagrado prohibido a la ignorancia de los humanos.
Curiosamente, en la tradición
popular religiosa universal -y me refiero al sentimiento divinal
inmediato de los seres humano- el legado de unos antepasados desconocidos
que dejaron la huella de su remota presencia en monumentos de piedra
-los restos conservados de las formas culturales megalíticas:
dólmenes, menhires, cromlechs, piedras solares y petroglifos-
pasó a ser, de modo generalizado, la manifestación
inmediata e inmortal de unos poderes y unos conocimientos que ya
sólo cabía venerar, como muestras que eran de una
trascendencia que había identificado la sacralidad con el
saber y la vida con el conocimiento de los secretos del Cosmos,
esencialmente desconocido, misterioso y aterrador por su infinitud
inabarcable. El pueblo, contra vientos de dogmas y mareas de anatemas,
asimilaba sacralidad y conocimiento, magia y saberes arcanos, presencia
de un pasado desconocido y recuerdo de acontecimientos mitificados
que se aceptaban como credo incontrovertible.
El Arca, decían en NOYA,
recaló en las cumbres del monte Barbanza, el Ararat
gallego, uno de los dos o tres olimpos célticos de la comarca
de la Costa de la Muerte. Allí sigue enterrada, esperando
que los tiempos la descubran y den cuenta cabal de su poder. Pero
ese monte Barbanza, que se levanta en forma de macizo boscoso a
la vera de NOYA, conformando su península sinuosa, es uno
de los principales núcleos del megalitismo gallego; un lugar
donde puede detectarse la presencia de numerosos dólmenes,
algunos de ellos en casi increíble estado de conservación
respetuosa y todos ellos, sin excepción, piadosamente venerados
por los campesinos y pescadores de la comarca como monumentos auténticamente
sagrados, procedentes de un pretérito secularmente divinizado
y levantados por seres míticos que compartían su naturaleza
semidivina con los patriarcas bíblicos -semidioses también,
o santos cristianizados de la nueva fe- que, como Noé mismo
y algunos de sus descendientes, pasaron a formar parte del panteón
tradicional que no se limitó al mundo judeo-cristiano, sino
al acervo religioso del Mediterráneo y hasta el Cercano Oriente.
Iniciación: claves y sospechas.-
Pues no son sólo los signos
de las losas lo que mueve al pensamiento de que allí -en
torno a aquel enclave- se encierran unos indicios que pudieron motivar
la presencia de grupos o de personalidades de inclinación
claramente ocultista. Si pensamos de nuevo en la leyenda noética
que ha venido a provocar este viaje; y si seguimos pensando, enlazando
con ella y con su significado tradicional, que la búsqueda
del conocimiento por caminos esotéricos ha tenido como base
el convencimiento de la existencia remota de un saber arcano y perdido
que habría que recuperar a partir de las claves que dejaron
sus poseedores, queda la evidencia de que estos lugares del Finis
Terrae fueron fundamentales a la hora de emprender esa búsqueda.
Planteémonos abiertamente que esta zona constituye el más
allá del Camino de Santiago (que termina, oficialmente
al menos, con el encuentro de la muerte -siempre iniciática-
bajo la figura del sepulcro de Compostela) y, por tanto,
marca el comienzo ideal del saber trascendente que ha de llegar,
por necesidad, después de la muerte, de la putrefacción
alquímica. Pero no nos detengamos en ello y veremos cómo,
para estos buscadores, el encuentro con el símbolo
y la empresa de su interpretación, tanto a través
de la leyenda como de la imagen, constituían la clave que
habría de abrirles la puerta de ese saber ansiado; y que
estos lugares están tachonados por todas partes con esas
llamadas de atención que había que descubrir primero,
para interpretar después y terminar comprendiendo.
Comencemos, si así lo queremos,
por el mismo simbolismo que hemos descubierto a la entrada misma
del cementerio: la leyenda subsidiaria de las serpientes
que guardaban el lugar para que nadie se atreviera a hollarlo. Se
trataba, pues, de un lugar protegido y estaba protegido porque guardaba
un secreto. Curiosamente, la serpiente, desde el Génesis
bíblico, ha sido tradicionalmente la guardadora del saber
prohibido, de ese saber en pos del cual anda el ser humano a partir
de ese instante en que prescinde del cumplimiento de la obediencia
que le imponen los ritos y de las prohibiciones que emanan de los
grupos de presión espiritual de todas las formas religiosas.
La serpiente es la poseedora de ese saber vetado y, cuando surge,
-bajo la forma de guardiana de tesoros, o hasta de un cementerio,
como es éste el caso- hay que comenzar a plantearse que ese
lugar guardado y prohibido contiene un secreto que necesita ser
desvelado para penetrar en su significación.
Pero esta serpiente del cementerio
de NOYA no es la única. Si cruzamos la ría por el
puente Nafonso sobre el Tambre -un puente construido,
según la tradición, por un pontífice
también iniciado que pidió ser enterrado a los pies
de su obra-, llegaremos a MUROS, la población que da nombre
a este brazo de mar con NOYA. En la iglesia de esta villa, apenas
entremos, nos tropezaremos con una pila bautismal de agua bendita.
Miremos en su interior: descubriremos una soberbia serpiente labrada
en la misma piedra que sirvió para hacer la pila. Una serpiente
que, colocada estratégicamente en aquel lugar, nos está
dando igualmente la clave de que aquel agua tiene, gracias a ella,
una doble bendición: la de la sabiduría añadida
a la de la fe.
Pero la misma iglesia de MUROS
tiene otro elemento que no podemos pasar por alto: un Cristo crucificado
que recibe la devoción de todo el pueblo y que, según
la tradición que abona su origen, llegó milagrosamente
del mar. Dije milagrosamente. Pues todo lo que es prodigio, sacralidad,
milagro, relación con lo divino, con el saber, con lo inalcanzable,
cuando sucede aquí, viene del mar. También en MUROS
hay una Virgen que llegó del mar. Y en CORCUBIÓN,
un poco más arriba, una imagen de san Marcos que quiso quedarse
allí cuando la llevaba para su tierra un velero veneciano.
Y otro Cristo, el de Fisterra, que también lo encontraron
flotando en medio de las olas y se puso a hacer prodigios en cuanto
lo instalaron en su capilla y le colocaron un faldellín rojo
para que nadie dudase de su sacralidad.
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