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AUTORES
DESCONOCIDOS: Francisco
Rodríguez Criado LA
INNECESARIA NECESIDAD DE LA ESCRITURA En los cuestionarios realizados a escritores es habitual encontrar preguntas como “¿En qué ciudad del mundo le gustaría vivir?” o “¿Cuál es su idea de la felicidad?”. Sonrío con maldad al leer estos ligeros y prescindibles interrogatorios de urgencia; en fin, no culpo a nadie, con algo hay que rellenar las páginas de las revistas, periódicos y suplementos culturales. Creo
recordar que Truman Capote se hacía preguntas similares en su Autorretrato,
incluido en el libro Los perros muerden. Concebidas originalmente
con intención literaria (si acaso ese Autorretrato es el origen, el
modelo que después han seguido tantos periodistas), es apreciable que
estas interrogaciones pierden fuerza cuando llegan al escritor de nuestros
días. Otra pregunta típica, “¿Por qué escribe usted”?, es despachada
en no pocas ocasiones con dos palabras: “Por necesidad”. Y la duda que
me asalta es: “¿Realmente se escribe por necesidad?” Es
muy probable. Es más, lo doy por seguro. Pero ¿hay algo que el ser humano
no haga por necesidad? Por necesidad llevamos a cabo numerosas acciones
cotidianas como comer, ducharnos, tirar al contenedor la bolsa de la
basura o tomar medicamentos cuando estamos enfermos.
Empecé
a plantearme lo insustancial del asunto un día en que, acuciado por
un problema doméstico (los grifos del cuarto de baño perdían agua),
tuve que llamar al fontanero. Horas antes había leído uno de esos cuestionarios
y me dije: “¿Qué pasaría si interrumpo en plena faena a este buen hombre
para preguntarle por qué trabaja?” Supongo
que, algo confuso, llave inglesa en mano, se hubiera “defendido”: -A
ver... ¿No me dijo que viniera a arreglar la avería? He
llegado a la conclusión de que se sigue haciendo uso de tan manida respuesta
a la también manida pregunta por tres motivos: a) por pereza
(buscar una respuesta ingeniosa y sincera puede resultar agotador) b)por mimetismo
(siguiendo las huellas de otros autores, que respondieron anteriormente
“por necesidad”) c)por la sincera
convicción de que escribir es realmente un acto profundamente espiritual. La
opción c es la más peliaguda de todas. Muchos pretenden concederse a
sí mismos excesiva trascendencia, sugiriendo en voz baja (o no tan baja)
que para el resto de la Humanidad es necesario que ellos escriban
(cuando en ocasiones sería preferible que se dedicaran a hacer encajes
de bolillos o a disecar mariposas).
No
podemos, claro, meter en ese grupo (el de los pragmáticos) a todos los
escritores. De hecho podríamos, siendo generosos, hacer un segundo grupo,
el de los demiurgos; y en éste tienen cabida aquellos que entienden
la literatura como la búsqueda de la verdad, la realización personal
o el vehículo hacia la consagración del arte. Falta
un tercer grupo (mixto), que reúne las mejores y peores características
de uno y otro. Por eso lo de “encontradas motivaciones”. ¿Y
qué ocurre con los grandes escritores? ¿Por qué escribían? A saber.
Habrá de todo, como en botica. El atormentado y perfeccionista Flaubert,
siempre en la búsqueda de la frase perfecta, del clímax artístico, tardó
años en dar por finalizada Madame Bovary. El autor francés se
quejaba amargamente de lo mucho que sufría escribiendo, y de ahí que
algún malicioso se haya preguntado: “Pues si tanto sufría con ello,
¿por qué no lo dejaba?”. Dostoievski,
por el contrario, no tardó tanto en la creación de su famosa novela
corta El jugador. Acuciado por las deudas de juego y la presión
de sus inescrupulosos editores consiguió, según cuentan algunos gacetilleros
literarios, redactarla en pocos días a una taquígrafa, Ana Grigotievna
Snitkin, con la que inesperadamente acabó por contraer matrimonio. Dos
caras de la moneda: Flaubert, rentista sin problemas económicos, recluido
en casa como si de un asceta o un inválido se tratase, se permitía el
lujo de respirar la literatura como algo espiritualmente necesario.
En el caso del maestro Fiodor, al menos en la obra antes citada, prevalecía
entre otros el interés mercantil de acabar el libro a toda costa, y
cuanto antes mejor. A pesar de las prisas nos entregó una lección nada
desdeñable sobre la condición humana pasada por el filtro del casino.
Como
lector desinhibido, y en base a estos dos ejemplos (podría añadir otros
más), me abstengo de enjuiciar las motivaciones iniciales del autor
a la hora de encarar el folio en blanco. La literatura no se hace con
buenas intenciones, avisó sabiamente André Gide con estas palabras u
otras parecidas. Y tenía razón, aunque a muchos les cueste confesarlo.
[Francisco Rodríguez Criado]
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