EN
CARTEL:
Lost
in translation, Sofía Coppola.-
Si
fuera un poema sería un haiku, ese tipo de poesía oriental formada tan sólo por tres o cuatro versos aparentemente sencillos, pero con el enigmático calado que tiene la presencia misteriosa de los objetos al mirarlos detenidamente. Cuando las circunstancias o el escenario se dejan reposar, dando tiempo a que su influencia empape lentamente a los personajes inmersos en ellos.
De
atmósfera sutil y ligera, plagada de emociones y sentimientos siempre
contenidos, salvo en su escena final en que las palabras surgen por
fin, pero surgen en voz baja, un murmullo que sólo oye la mujer a la
que van dirigidas, creando una aura casi mágica a la peripecia de sus
dos protagonistas, extraviados en tierra extranjera que aquí es simbólica,
porque no sólo están realmente en un país extraño sino que su incomunicación
les coloca también en una tierra de nadie donde la soledad reina, rodeada
de gente o sin nadie, con diálogos o sin ellos.
Su
gran peculiaridad es que no se trata de una historia de amor sino que
va más allá. Es una historia de amistad íntima,
esa que recoge los silencios compartidos cuando es el silencio lo que
más miedo da a la gente y más incomodidad suscita. Casi
diría que el silencio es la prueba de una amistad. Esa escena
emocionante en que se acuestan en la misma cama sin rozarse siquiera,
como una cumbre de intimidad compartida que no necesita nada más...
Esta
película no es una película para reír, a pesar de que algunas referencias
apuntaban a eso incomprensiblemente. Quizá se trata de críticos que
hablan de una película sin haberla visto. Es una historia profundamente
melancólica y sincera. Como en la escena del karaoke, cuando el protagonista
habla a su manera indirecta, al cantar una vieja canción de Roxy music,
con toda su voz cascada y dubitativa, repitiendo el estribillo que es
una pregunta al viento, como diría Dylan.
Big
fish, Tim Burton.-
Su
apariencia es brillante, imaginativa y con un hechizo escurridizo. Lo
fantástico se funde con la vida cotidiana de manera fluida, pero lo
que daría sentido y dirección a este aspecto fundamental de la película
se diluye porque se trata de una relación conflictiva entre un padre
y un hijo, en la cual no se profundiza y así todo queda en un intento
de profundidad que se queda mero estanque.
En
cuanto a lo fantástico en sí mismo su despliegue tiene un gran atractivo
sin cortapisas en el que cabe un gigante, un hombre lobo, hermanas siamesas
coreanas, el ojo de cristal de una bruja donde puede verse la propia
muerte reflejada, un personaje mítico que porque lo es tan pronto es
joven como vieja al igual que su casa, pueblos perdidos en medio del
bosque y detenidos en un punto sin tiempo concreto... Todo ello quiere
formar parte de la vida pasada del padre, o al menos del relato que
de la misma hace a su hijo que reniega de esa faceta “imposible y mentirosa”
de su padre. Pero, el caso es que su efecto, que podría poner también
en cuestión la esencia de una vida cualquiera, el lugar que ocupa la
imaginación, sueños y memoria personal de una persona, borrando los
límites llamados “reales”, acaba siempre por difuminarse quitando importancia
a todo lo que se cuenta, sea “fantástico” o no.
Aún
así destacan las interpretaciones de los padres: Albert Finney y Jessica
Lange que vuelan por encima, o más allá del guión limitado. También
ciertas escenas como la del nacimiento del padre con aire mítico, humorístico
y surrealista, la del encuentro con el pueblo fuera del tiempo y de
los caminos “reales” para llegar a él, la primera escena con el gigante
con aire de cuento, y el baño del pez-sirena, desnuda y nocturna como
cualquier escena de una inquietante historia con hadas.
Como
existe el fallo del elemento que lo aglutina todo (la relación padre-hijo
ya mencionada) también se resiente la escena final, que hubiera tenido
que ser emocionante por la aparición en la “realidad” de todos los personajes
que antes han salido de manera ambigua, sin saberse muy bien si eran
verdaderos o no, quedando en algo frío y superficial.
Gran
idea, que no sé si pertenece a la novela en que está basada aunque es
de suponer que sí, fallida por su resultado diluido y soso a pesar de
los elementos impactantes en teoría. De todas formas película original
que ya es decir mucho si comparamos con lo que se ve en general. Tim
Burton sin duda tiene talento, pero aquí dan ganas de decirle que profundice
más y ponga menos hincapié en las apariencias.
[Jaime
Freire]