MANERAS
DE VIVIR
Viajera
en Tailandia.-
Fui
a Laos y Vietnam también. Vietnam fue todo un viaje en sí. Fue mi primera
vez VIAJANDO SOLA. La primera vez en Asia, no quería volver, me hubiese
quedado allí, me hubiese quedado, estuve muy cerca de dejarlo todo.
Viajas al otro lado del mundo y realmente ES OTRO MUNDO, es un tipo
de viaje que sólo se puede hacer con ticket de ida nada más, hay demasiado
para ver, entender, absorber, y tú cambias porque te cambia todo lo
que conoces y todo lo que has conocido. De repente estás en OTRO MUNDO.
Es alucinante, he leído libros, he visto películas, pero nada en el
mundo te puede preparar para un cambio semejante. Encontré una parte
de mí que nunca conocí antes. Y ahora me siento más entera, no en mis
capacidades, de mis límites, feliz por haber podido conocer todo eso,
feliz por haber ido sola, por no haber pasado la navidad con mi familia
y haber encontrado a cambio el paraíso, por sentir más que nunca (quizá
por primera vez) mi lugar en el mundo, mi libertad, por encontrar una
maravillosa paz conmigo misma y ver que tengo sangre de guerrera, ver
que tengo miedo, y que tengo un coraje aún mayor. Me ha llenado de fuerza.
Y
de sueños.
Desde
mariposas, conchas, avispas, arañas, cangrejos, y murciélagos gigantes
hasta cobras, pitones, monos, elefantes haciendo el amor, conmovedores,
cocodrilos, orquídeas, y los fascinantes plankton... Esa telaraña cósmica
de luces, estelas de fuegos de artificio, galaxias a ras del suelo.
Lagartos de tres metros, barracudas, sapos del tamaño de una mano y
setas del tamaño de la luna.
Boxeo,
toneladas de prostitutas adolescentes en vitrinas gigantes entre Patong
1 y Patong 2 en Bangkok, gente comiendo cucarachas, serpiente y saltamontes
gigantes, peleas de gallos, de peces, amputados arrastrándose por el
suelo, y enfermedades nunca vistas, y también tanta felicidad y tanta
pobreza, y la maravillosa risa, soplando más alta que el viento. Y los
gongs y los rezos, la lluvia de ceniza en un templo de Saigón y el conductor
del ciclo que me invitó a cenar en su casa, y toda la marihuana, y todo
por 3 libras, un día entero, dormir, comer, vivir. Fumar opio en un
cuarto de Vientiane en Laos con Charlie. Las sirenas de grillos en la
jungla, las cuevas, el suelo, el aire, el cielo, la tierra se mueven
sin parar. Todo, absolutamente todo es tan distinto, no hay ningún punto
de referencia aparte de mí misma, y aquí en este otro mundo, en lo desconocido,
estoy más en casa que nunca. Rodeada de polvo, azul, lagartos y viento.
Me cambiaron los sueños y ahora que he vuelto sigo soñando otro sueño.
Los olores agrios, amargos, penetrantes, el fuerte olor de los ahumados,
peces, carnes de todo tipo, insectos, desde cucarachas hasta caballitos
de mar, serpientes disecadas en espiral, boas, cobras, todo se come,
se bebe, desde perro hasta murciélago, serpiente, tortuga, tiburón y
saltamontes. El delta del Mekong, las tumbas colocadas en medio de los
arrozales, cada cual en su cardinal correspondiente, los mercados flotantes,
el olor nauseabundo del río, su color, la gente lavándose y los niños
jugando en las orillas, las islas del Unicornio y del Dragón, Laos,
Vang-Viang y Vientiane, la llanura del Jars, los perdidos, los veteranos,
los yonquis, la tribu de los Hmong con sus millares de joyas fosforitas
colgando de mil y un trapos multicolores. Las náuseas que, como una
calada de potente marihuana, me estremecían el cuerpo y me hacían temblar,
y todos los miedos, el pánico de estar perdida en un canal del Mekong
de noche en una pequeña canoa cuando se rompió el motor y tuvimos que
remar entre cocodrilos hasta Saigón, el miedo de trepar por una cueva
a ras del suelo plagada de arañas (no sabía que EXISTÍAN ARAÑAS ASI
DE GRANDES). Al final el miedo ya no es miedo y se transforma en otra
cosa. Y aún así yo no dejé de ser Alicia, ya que absolutamente todo
me abría los ojos aún más, de hecho dormía más bien poco, mi corazón
latía demasiado alto, me despertaba a las 6 con los ojos abiertos de
par en par (también había monumentales arañas y ratones en el cuarto
que no ayudaban). Las monjas budistas en clase, escribiendo en la pizarra,
todas rapadas, y los monjes, niños de 4-5 años, en chabolas de cartón
y de tiras de metal corrugado donde por supuesto comes con ellos sopa
de arroz, compartiendo el plato. Por otro lado da escalofrío ver cuánto
viven de “nosotros”, del turismo, de los ricos, de los “westerners”
(gente como tú y yo) que son –horriblemente- como los “patrones”, gente
que está ahí para “darles” dinero. Por otro está el rollo “familia”
de los blancos, de los turistas, y te saludan por la calle y te sonríen
como si fuesen buenos amigos y aún no has intercambiado dos palabras.
Resulta difícil estar solo. O porque te rodean 20 conductores de ciclos,
o de tuk-tuks ofreciéndote sus servicios, o porque viene algún pelma
blanco a preguntarte de dónde eres y a dónde vas.
Sólo
he vuelto con libros. Encontré una librería en Bangkok con libros curiosísimos,
por ejemplo uno de Henry Miller llamado “Las naranjas del sur y Hieronymus
Bosch”, una primera edición por 100 pelas. Varias otras ediciones raras
(de Faber en Faber de los 70, con portadas de collages hechas por un
profe mío ahora –imposibles de encontrar), de Kundera, Felix Krull de
Thomas Mann que llevo años buscando, una antología de poetas desconocidos
beat, otra primera edición de “Zen y el arte del mantenimiento de una
motocicleta”, y demás rarezas. En total unos 20 libros por nada, aparte
de la maleta extra que tuve que comprar el último día antes de volver.
Yo
que tú cogía las maletas y me iba. Sólo necesitas dinero para el billete
y no mucho más. Un mes en Madrid te da para vivir allí varios y varios
más.
[Astrid
Stavro]