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LITERATURA Libros fuera del tiempo (Hermosos y malditos, Fitzgerald)

Autores desconocidos

LOS BONOBO (Fernando Rouco)

Seguramente ya os he hablado de ellos en alguna ocasión, son tan hermanos nuestros que vestidos y con el “Marca” o “la Razón” en la mano pasarían por alguno de nosotros en el metro por las mañanas. Pero estos inteligentes primates, por evolución y sentido común, nunca leerían las “maldicionadas” publicaciones, (entiéndase como un  vocablo nuevo, que viene a significar la fusión de malditas y mencionadas). Más bien leerían el Penthouse o el Play Boy. Pues bien se trata de unos pequeños simios del grupo de los chimpancés, que viven en Zaire; lo que ya es un punto a su favor, al ser el lugar del mundo con el precio del metro cuadrado más barato, misterios de la especulación inmobiliaria, ¿qué tiene la Castellana que no tenga el Zaire?, (¡El gilipollas del fondo que ha dicho metro que se calle o no sigo!). Pues bien, en ellos Rousseau hubiera

encontrado a sus buenos salvajes, estos primates no conocen la violencia, no conocen unas estructuras de poder central sometiente. ¿Por qué?, veréis, regulan todas sus relaciones por medio del sexo, es decir, cuando el grupo se somete a una situación estresante por rivalidades, competencias, alimentos, etc., se ponen todos a follar como descosidos, cogiendo la madre a sus hijos, las hijas a los padres, los tíos a las sobrinas, y las nietas a los abuelos, comenzándose a chupar, frotar y a fricar como descosidos. En el caso de los machos desparejados del grupo, por imparidad del número de componentes de la manada, esgrimen sus penes y comienzan a entrecruzarlos en lo que los científicos llaman “esgrima de penes”,  ¡ya me gustaría a mi partirsela a más de un picha boba!, que yo esgrima he practicado, eso sí sin sacármela. Resultado de ello el grupo se relaja y acaban los conflictos que podían haber dado al traste con todos. Evidentemente, esto a priori idílico en nuestra sociedad, se hace imposible, yo sin ir mas lejos y mira que tengo afición, miro a algunas de las que me rodean y prefiero el conflicto frontal a la fricación incontrolada,  pero la verdad es que con otras no estaría mal, aun sin conflicto de por medio. Por todo ello y dado que compartimos con ellos el 98% del material genético, estoy mirando en la guía QDQ donde me extirpan el 2% que me sobra. ¿Se anima alguien más?, seguro que en grupo nos hacen rebaja. Todo sin olvidar que en el Zaire los pisos son más baratos.

10.10.2003 [ Fernando Rouco]

 

 

MENDEL, DE LA CALLE MARKET (Francisco Rodríguez Criado)

Mendel, el pintor que vivía en la calle Market, había convencido a un amigo labriego, viejo y achacoso como él, para que le cortara la oreja izquierda. Mendel era sordo de ese oído desde los ocho años, secuela de unas fiebres mal curadas; así que pensó que no tenía nada que perder. Después de la “hazaña” su fama de autor maldito recorrería todo el país y sus cuadros, por fin, serían apreciados en su justa medida. ¿Qué tenía Van Gogh que no tuviera él? “Guardaré la oreja en la nevera e invitaré a grandes personalidades de la cultura a que vengan a admirarla”, le dijo a Moshe, que era el nombre del labriego. Éste se encogió de hombros, alzó la hoz y cortó la oreja de un tajo limpio. Aunque la amputación resultó un éxito, el tiempo se encargó de arruinar las previsiones del pintor. Los galeristas seguían rechazando sus obras; su mujer, harta de sus extravagancias, lo abandonó; y sus hijos Yoshua y Lea, avergonzados, optaron por negarle el saludo. Era increpado por unos y otros; los niños le perseguían por la calle y entre burlas coreaban: “Mendel el loco, Mendel el loco”; el rabino alzó las manos e invocó al Todopoderoso pidiendo perdón por su “alma extraviada”; los acreedores le reclamaban a voces el pago de sus deudas. Por si fuera poco, un funcionario del juzgado le había  amenazado con el desahucio. La palabra “idiota” estaba en boca de todos. Ante estos reproches, Mendel, con aire de no entender nada, se mesaba su larga y canosa barba y sonreía más feliz que nunca: Moshe, pobre ignorante, le había sajado la oreja equivocada.

Francisco Rodríguez Criado