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La vida en un mundo de terror (tras el 11S).- El fundamento de nuestro entorno existencial ha variado en los últimos años. A partir de mediados de los 90 convivimos en un mundo de terror. Terror mediático que emana encubierto en múltiples programas de televisión que, apoyados por la radio y por los medios escritos, perfilan en las profundidades de nuestro cerebro un escenario predeterminado de opinión y reacción. En la sociedad de la información, las agencias internacionales de noticias redactan cualquier eventualidad de un mundo globalizado, que cuenta con un protagonista de excepción: el terrorismo. Por su parte, el sistema económico internacionalizado se reduce a una mera anécdota cuando éste ya es virtual debido al efecto de la revolución tecnológica y la informatización. El dinero de “plástico” y su intermediación digital legítima su propia existencia mediante la aparición de una cifra asociada a una cuenta bancaria que se auto-autentifica mediante su simple reflejo en una pantalla o su impresión en una hoja de papel. La ingeniería financiera resulta en fórmulas para inyectar creaciones de valor y riqueza mediante la incorporación de dígitos en la composición de las cifras. En un solo día, los mercados financieros operan con cifras astronómicas de valor pecuniario, extraordinariamente superiores a la masa monetaria conjunta y físicamente emitida por todos los países de la tierra. Rige la especulación. No hay reservas físicas posibles que avalen las cifras actuales que se transan en el sistema financiero, que hoy en día se caracteriza por estar absolutamente descontrolado. La globalización implica que se extienda este modus vivendi, y operandi, a todos los rincones del planeta. Su pilar firme, a la vez que débil, no es otro que la confianza ciega de las masas en una percepción creada sobre las Entidades y sobre el propio sistema. Un sistema que agoniza, tocado de muerte, tras el rejonazo del 11-S con la destrucción de su símbolo primordial.
Otra característica de la etapa histórica actual es la preponderancia por lo audiovisual. Los medios de comunicación ostentan el importantísimo papel de poder crear percepciones, mediante el proceso de aprovechamiento de la necesidad de información de los ciudadanos de a pie. La manipulación informativa posibilita el sesgo del criterio de decisión, al tener un impacto absoluto sobre la plena capacidad de opinión y juicio de los individuos, viéndose afectado su proceso de valoración de la realidad inherente a toda situación. Tras una noticia, y a través de una adecuada manipulación de la información, se configura una determinada percepción de la realidad en la sociedad civil que posteriormente puede llegar a legitimar las consecuencias reales que se deriven; dado que una situación extrema permitiría incluso su aprobación hacia posteriores actuaciones al respecto por parte de las esferas políticas. Un caso ejemplarizante de lo expuesto se constata en el análisis de la gestión informativa de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001. Los medios de comunicación se han adscrito a la versión oficial de la explicación de unos hechos que para nada se corresponden con lo sucedido en la realidad. No obstante, en base a ello se permitido la justificación generalizada de la invasión de Afganistán y más segmentadamente de Irak. El 11-S fue utilizado el espacio aéreo de los Estados Unidos para llevar acabo una serie de ataques contra objetivos civiles y militares. La confusa secuencia de los hechos se genera muy rápidamente confluyendo en una breve película de 1 hora y 43 minutos. A las 8 horas y 46 minutos despierta Nueva York con una detonación entre las plantas 94 y 98 de la torre norte del WTC, las primeras noticias apoyadas en testigos directos indican que el origen de la misma apuntaba a la colisión de una avioneta o de un pequeño jet comercial. Poco después, a las 10:29 minutos, caía esta torre ante los ojos atónitos y aterrorizados de millones de telespectadores del mundo entero, dando inicio a la era del psico-terrorismo. Durante este periodo de tiempo la otra torre, la sur, era impactada por un avión de grandes dimensiones, se producía una enorme explosión en el Pentágono, se desplomaba rápidamente la torre impactada en segundo lugar por el avión y al parecer otra explosión se producía en una zona rural de Pensilvania. Paralelamente, fuentes de aviación civil dan cuenta de la desaparición de cuatro aviones comerciales de sus pantallas entre las 8:20 y las 9:40; los vuelos 11 y 77 de American Airlines y 93 y 175 de United Airlines se hacen “invisibles” tras proceder a la desconexión de sus respectivos transponedores, se deduce que son secuestrados y tras desviar sus rutas con rumbos desconocidos, supuestamente dirigidos hacia los escenarios descritos de los hechos.
La construcción de una perspectiva de realidad puede efectuarse ante el hecho de que desaparezcan cuatro aviones por un lado y que por otro se produzcan cuatro extraños ataques de origen aéreo. Como prácticamente “en vivo” muchos ciudadanos pudieron ver la aparición de un Boeing en las imágenes de sus terminales de TV se dio credibilidad inicial a que los ataques fueron ocasionados por los aviones desaparecidos posibilitándose un claro miss-direction sobre la población mundial. Costaba de racionalizar la rápida caída de los dos grandes edificios, pues ni el más pesimista contemplaba inicialmente el escenario de que la segunda torre impactada sólo soportaría los daños y posterior incendio producidos por la colisión del avión poco más de 56 minutos, después de esto cualquier cosa era posible. La torre norte se desplomaba media hora después. Estupefactos aún, a las cinco y media de la tarde colapsaba sorprendentemente otro edificio del complejo, la torre 7, a modo de una demolición controlada tal y como luego admitiría como origen de la caída su propietario desde su construcción en 1987, Larry Silverstein. Precisamente Silverstein se convertía igualmente en el propietario de las torres gemelas al finalizarse el 23 de julio de 2001 la operación de compra del complejo del WTC, iniciada ya a finales de abril, con su anterior y único propietario desde su edificación, la Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey.
Pero ¿mediante qué proceso racional hemos interiorizado que la secuencia de los acontecimientos se ajustaba a la realidad confeccionada a través de la explicación que los comentaristas de las diferentes cadenas y emisoras relataban aquel día? Las agencias internacionales de noticias emitían teletipos dibujando una fantasiosa realidad en un momento en que en estado de shock la población mundial era receptiva a cualquier información que explicara lo que sus incrédulos ojos acababan de ver. Ningún precedente de tal magnitud en la era de la información era comparable. El avión que vio todo el mundo, colisionaba con la torre sur aquella mañana del día 11 a las 9:02:57. Las primeras imágenes validaban que se trataba de un avión Boeing 767 por su perfil, en las centésimas de segundo previas al impacto efectúa una violenta maniobra de corrección para impactar más hacia el centro de la torre. Dicha maniobra sería imposible de efectuar en modo manual dado que el ordenador de abordo no la permite a determinadas velocidades para no poner en peligro ni al pasaje ni a la propia aeronave. El avión que veía todo el mundo era dirigido automáticamente y respondía a las señales de una baliza que trazaba su trayectoria. Por otro lado el análisis de las secuencias de aproximación del avión, así como de las instantáneas de múltiples fotógrafos espontáneos, permiten determinar tres obvias inconsistencias: 1) El avión presenta estructuras y protuberancias varias adosadas a su fuselaje; 2) El avión presenta una turbina (a su izquierda en el sentido de la marcha) alterada respecto a su posición inicial; y 3) Las dimensiones del modelo de avión Boeing 767 que impacta en la torre no corresponden con las de un modelo 222, como sería de esperar de haberse tratado del desaparecido vuelo 175 matriculado como N612UA; presenta mayores dimensiones, siendo éstas las propias de un tipo 300, es decir, un modelo intermedio de la misma gama B767.
Esta última circunstancia denota connotaciones importantes como el que actualmente algunos modelos de la gama 767 y 757 estén dotados de compleja tecnología y precisos sistemas de vuelo, como el FCS-700, que al igual que se observó con el caso del ARIES, Airborne Research Integrated Experiments System, quedarían habilitados para efectuar todas las maniobras de vuelo (despegue y aterrizaje incluido) de forma automatizada sin necesidad de piloto humano. Es evidente que un crítico análisis de las imágenes del avión que veía todo el mundo refuta la versión oficial difundida por los medios. Pero hay más, posteriormente se emitirían las imágenes de la primera aeronave con una filmación lograda por dos hermanos franceses, Jules y Guideón Naudet, cuando efectuaban un reportaje sobre el cuerpo de bomberos de NY. La filmación del primer impacto en cámara rápida permite el símil de un avión pero su análisis pormenorizado en cámara lenta permite comprobar como ni sus dimensiones, ni su perfil (con ausencia de elementos clave como las turbinas) se corresponden con las de un Boeing 767, contrariamente a lo que se viene afirmando. Un estudio comparativo entre las dimensiones de la aeronave y las de la antena de comunicaciones sita en la torre norte demuestran nuevamente la imposibilidad de la versión mediática oficial. Además, hay evidencias de manipulación con el hecho de que inicialmente se emitiera una versión de la filmación donde se observa una detonación en la torre previa al impacto de la aeronave y de otra posterior donde se “disimula” dicho destello anterior con el objetivo de ocultar lo inexplicable. Esta segunda versión circulará en lo subsiguiente y se incluirá en la película-documental “9/11”.
Por su parte, los testigos que presenciaron el impacto en el Pentágono afirman que la aeronave era de reducidas dimensiones, para unas 8 o 12 personas, y sus pequeñas alas efectuaron movimientos oscilatorios previos a la colisión. La ausencia de restos del avión, propios de cualquier situación tras producirse un siniestro aéreo, y la reducida superficie de daños en la fachada en los momentos iniciales al impacto también ponen de relieve la falta de coherencia con el supuesto de que los daños fueran infringidos por un ataque efectuado con un avión comercial. Posteriormente el propio Departamento de Defensa haría pública en marzo de 2002 una secuencia de 5 fotogramas de una filmación de la colisión donde, además de observarse la presencia de una detonación (propia de material explosivo) en lugar de una deflagración (propia de carburante), se permite demostrar mediante un estudio de perspectivas la inexistencia del avión en el primero de los fotogramas. Por otro lado, el uso de un misil “perforante” explicaría claramente los daños infringidos en los anillos interiores del edificio según la polémica tesis que publicaría, en varios best-seller, el ciudadano francés Thierry Meyssan.
Finalmente, los sucesos de Somerset en Pensilvania no cuentan con testigos directos que hubieran visto a ningún avión perder altura y estrellarse… si bien minutos antes de oír una gran explosión los testigos de la zona afirman haber visto un avión militar, similar a un A-10 Thunderbolt, sobrevolar el lugar donde luego verían un gran hongo de humo… Bien, si analizamos las imágenes ofrecidas del lugar de la “caída” del avión observamos atónitos como no hay ningún rastro del mismo, sólo identificándose un pequeño cráter provocado tras producirse una gran explosión. De analizar todos los documentos históricos sobre siniestros aéreos, en todos los casos salvo en éste hallaremos restos del avión, de los equipajes y de cadáveres. Incluso, recordarán como un trasbordador espacial fulminado cuando entraba en la atmósfera desaparecía esparciendo sus restos en una gran perímetro… En Pensilvania en cambio nada de nada, tampoco hubo avión. Como ustedes pueden suponerse ya, ambas torres fueron derribadas mediante sendas demoliciones controladas. Observen sus caídas y las fugas de gas que se suceden en pisos inferiores a medida se procede a las rápidas demoliciones. Con este mundo de terror basado en la virtualidad… ¿qué “terror” nos espera cuando la totalidad de los conciudadanos de este mundo sean conscientes de la “tomadura de pelo” que ha supuesto la definición de esta estrategia política internacional para justificar acciones bélicas en escenarios de Asia y Oriente Próximo con la consabida desestabilización económica mundial de por medio? ¿Cuál es la intencionalidad que esconde la imperante necesidad de responsabilizar a islamistas de estos terribles sucesos y de otras acciones similares en una guerra mediática sin parangón? Terrorífico, terrorífico… [Cuadernos de Roger de Flor desde su Halcón del nuevo milenio] |