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Maneras de vivir

Vagabundos.-

La esencia de la vida es el movimiento, luego el nomadismo es lo que más se acerca a ella. Por eso, quizás, la gente sin domicilio fijo ejerce atracción y miedo a partes iguales. Aunque existen casos concretos de vagabundos que no son tales en el fondo, porque su vida se rige por horarios y costumbres fijas, exactamente igual que un oficinista cualquiera. Sin embargo, aquí me ocuparé de casos de auténtico vagabundeo. En concreto de la ciudad de Madrid. Por ello también pasaré por alto aquellos casos de gente tan “normal” como cualquiera, de personas obligadas por las circunstancias a vivir en la calle y que ponen en evidencia la fragilidad de nuestras vidas. Todos somos susceptibles de acabar convertidos en sin techo, basta que una cadena de circunstancias penosas nos despojen temporalmente de todo aquello que formaba un edificio de aparente seguridad.

Entre los vagabundos de vocación también hay que diferenciar entre los más o menos chiflados (gente inconsciente que se mueve entre delirios y paranoias varias) y los que han elegido, consciente y voluntariamente, una vida nómada. Estos son los más escasos, pero precisamente por ello destacan con luz propia. Encontré 3 casos de este tipo, aunque hay que reconocer que algunos de los sin techo se negaron en redondo a decir nada, por lo que no se pudo saber a qué tipo de vagabundos pertenecían.

Una mujer de mediana edad, que frecuentaba la plaza de Tirso de Molina, fue noticia en el barrio porque la robaron 20000 € que llevaba escondidos entre la ropa, y aún así había optado por vivir en la calle y dormir bajo las estrellas. Se negó a dar más explicaciones.

Un hombre de ojos taladrantes y pocas palabras, que aún lucía un abrigo caro gastado por el paso de los años, reunía a su alrededor 4 bolsas. En una llevaba la ropa de verano. En otra la de invierno. En la tercera objetos que rescataba de las papeleras. En la cuarta “todo lo demás” según sus propias palabras. Licenciado en química un día se desengañó de la utilidad de la ciencia para descubrir la verdad y poco después dejó de creer en la vida rutinaria, cómoda y segura, que nunca había llegado a satisfacerle. La decisión trascendental de convertirse en vagabundo había llegado en el momento en que la enseñanza (su último trabajo) le resultó absurda tal y como se plantea en la sociedad actual: “sólo crea dogmas y por tanto se opone a la búsqueda de la verdad”. Vive de la comida que reparten en los albergues para indigentes.

 

Y un tercer ejemplo vocacional es el de un antiguo ejecutivo de una empresa de publicidad. Su motivación vino por sentirse cada vez más incómodo por tener que convencer a la gente a comprar cosas estúpidas, y por el agobio de un horario y una obligada entrega, cada vez más exigente. Aunque reconoce que si hubiera tenido hijos no se hubiera atrevido a dejar su trabajo. Es el único que reconoce explícitamente sentirse feliz con su nueva vida.

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[José Rubio]

 

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