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Mitos y Leyendas

La Santa Compaña.-

Una de las innumerables leyendas existentes en Galicia. Tierra de hadas (llamadas allí mouras), trasgos, santos míticos inexistentes, heterodoxos, muertos, espíritus varios, brujas y peregrinos.

La Santa Compaña es una pequeña comitiva nocturna de dos filas de espíritus (según algunos almas de muertos) portando cada uno una luz. En cabeza va el portador de una cruz y un caldero. Un caldero, recipiente mágico celta, contenedor de la energía femenina (sentimientos, inconsciente, receptividad, intuición...). En muchas versiones este portador es un humano vivo, condenado a vagar por las noches con ellos hasta encontrar en su camino a otro humano, al que entregará la cruz y el caldero. Hasta entonces irá aumentando cada día su palidez y adelgazamiento, sin recordar su actividad nocturna. (Abajo Cruceiro en una plaza de pueblo, pero más abundantes en lugares especiales de los caminos, por ejemplo las encrucijadas. A la derecha un castro celta).

 

Este es un motivo muy frecuente entre las historias de duendes. En algunas leyendas de ciertos lugares los duendes juegan en dos equipos, pero para poder hacerlo tienen que tener cada uno entre sus filas a un ser humano vivo. Curioso y sugerente detalle que pone de relieve la necesaria existencia en toda situación, externa e interna, de un contrapunto, algo o alguien complementario en su diferencia que redondee una situación, o un estado.

En ciertas variantes se cuenta que la Santa Compaña tiene, además, un guía que es un ángel triste, a quien sustituye otro ángel al amanecer que expulsa a las sombras oscuras. Un ángel, esto es un espíritu puro y sin embargo ambiguo en su sexo lo que de por sí denota una naturaleza contradictoria y por ello fascinante. Aquí se le añade también el adjetivo triste. Un ánimo muy humano que complica más aún la enigmática esencia de ese ser.

Se barajan varios motivos por los que se aparece esta comitiva. Para anunciar la muerte de alguien conocido por el testigo de su paso. O para reclamar el alma de alguien... Reclamar el alma. Almas perdidas. Meollo y causa de cualquier tipo de enfermedades según las tradiciones chamánicas. O para reprochar o recordar algún problema o falta pendiente.

En caso de encontrarse con ella por esos montes o bosques, se recomienda no mirar a la cara de los espíritus, tumbarse bocabajo en el suelo, trazar un círculo y meterse dentro, llevar algún talismán u objeto sagrado... Si no se hace así el testigo se verá obligado inapelablemente a unirse a la comitiva por las noches.

Según ciertos sueños y testimonios, antiguos y recientes, podría suceder así:

La noche ya se cernía sobre los árboles más altos del bosque, por tanto la oscuridad en el sendero era considerable. Como el olor húmedo de los helechos y del barro bajo las hojas caídas, rojas y resbaladizas. Se habían callado los pájaros diurnos, pero los nocturnos aún estaban en silencio. Por tanto era un silencio que se oía como un amortiguado zumbido, grave y lejano. Muy lejano...

Se llevó un par de moras a la boca. Las últimas porque en el instante de masticarlas dejó de ser visible la zarza. Sólo por algunos instantes. Era una noche clara, con la luna creciente extraordinariamente nítida y perfilada. Pero aún estaba baja en el cielo y todavía no iluminaba el sendero ('corredoiras' se llaman en gallego los senderos que atrviesan el bosque), aunque sí que había en el bosque una claridad lechosa y un aire denso de despertar confuso.

Y, de repente, un silencio completo y un intenso olor a cera le envolvió la nariz, con una ráfaga del viento del oeste. Y una claridad inusual y blanquecina empezó a moverse entre los árboles a su izquierda. Moviéndose hacia el sendero. Hacia él...

Le pilló de improviso el temor que le provocó el silencio, recorriendo zigzagueante por el interior de su cuerpo. Entonces la vio. Sólo unos segundos. El tiempo que tardó en reaccionar y tumbarse en el suelo, con la boca rozando el barro y la hierba del sendero, que le resultaron fríos y a contrapelo.

Allí, viendo el reflejo de la luz de las velas barriendo el suelo ante él, volvió a ver mentalmente al panadero del pueblo llevando una cruz y un recipiente de metal y detrás un par de filas de seres con túnicas blancas unas, negras otras, moviéndose lentamente dentro de un capullo luminoso de luz blanca irregular y brillante.

Sintió un roce suave en el pelo de la coronilla y creyó volverse loco de la impresión, porque su respiración pareció detenerse unos imposibles minutos. Luego, como si nunca hubiera dejado de respirar, sus sensaciones se volcaron en la difusa impresión de la mano de un ángel triste. Esas dos palabras juntas le resultaron tremendamente perturbadoras. ¿No estaban siempre contentos los ángeles cumpliendo las órdenes divinas?. Él mismo se respondió que no. Si eran sabios la realización de las manifestaciones divinas serían aceptadas de forma tan inevitable como la lluvia. Si eran un puente entre dioses y humanos, algunas materializaciones les producirían tristeza. Y en este caso lo triste estaba dentro de ese vagar perpetuo, porque vagar no es buscar, sino moverse sin dirección ni sentido.

El roce fue fugaz, pero con una carga cristalina, y por ello enigmática, de algo implacable. Y, curiosamente, dejó de sentir miedo. Incluso estuvo tentado de levantarse del suelo antes de que desapareciera el brillo de la comitiva entre los árboles, al otro lado del sendero. Cuando estaba a punto de levantar la cabeza, el recuerdo de la encrucijada vital en la que se encontraba le golpeó con la presencia de una revelación insoslayable. (Abajo dibujos representando a la Santa Compaña).

Curiosamente, allí tumbado, aspirando el penetrante olor a tierra mojada y hojas pudriéndose, le pareció todo muy sencillo, como si sólo tuviera que entregarse a la acción sin pensar en sus consecuencias. Aunque eso sonara insensato. Claro que aquella comitiva, de la que había oído hablar lejanamente, tampoco era sensata. O quizás sí. Puede que contuviera en su interior, como un regalo sin abrir, una extraña lógica propia a la que no podía accederse sólo desde lo irracional. Sino usando lo racional sobre premisas irracionales. Sobre lo desconocido...

Perdió la noción del tiempo. Tan pronto le parecía que sólo llevaba un par de minutos tumbado bocabajo, sobre la tierra blanda, como la sensación de llevar horas y estar cada vez más aterido por el fresco punzante de la noche de otoño.

(Arriba cruceiro en el bosque)

Todo, incluso sus manos extendidas ante él, estaban cubiertas por una luz crepuscular que no se correspondía con la noche de luna creciente. Empezó a sudar, pero no se atrevía a moverse, ni siquiera a oscilar levemente un dedo de la mano. Y una gruesa gota le resbaló desde la frente por toda la mejilla hasta caer sobre la tierra oscura.

Luego empezó un desfile de imágenes muy intensas y aparentemente desligadas. La palidez y el progresivo adelgazamiento del panadero. Ojos abismales de espíritus sin nombre que jamás habían sido humanos. Zonas entre mundos donde se vagaba entre sombras. Flechas luminosas indicando una dirección, flechas entregadas y febriles. Seres vivos y extraños pululando por el bosque entero. Música hipnótica y melancólica oscilando entre sus dos oídos y su corazón. Una playa desierta en la que el silencio trazaba ondas en el aire, rozando la espuma de las olas, que se quedaban quietas un instante antes de desvanecerse. Peso de palabras de algún ancestral poema, materializando mundos paralelos a partir de la esencia del nuestro. Maullidos de gato como bebés recién nacidos. Aullidos nostálgicos de lobos fieles al Gran Espíritu. Batir de alas de pájaros gigantes. Hombres disminuidos encerrados en cápsulas donde dormían durante siglos. Estelas invisibles de cuentos inmemoriales, como una capa húmeda sobre la parte más antigua y profunda de las almas perdidas.

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La música, la música, esa música hipnótica que no cesaba nunca, que sensibilizaba los nervios como si fueran a romperse de un momento a otro... Así le encontraron, inconsciente, tumbado sobre el sendero, con la ropa empapada de rocío y los labios muy pálidos. Cuando abrió los ojos ya nunca fue el mismo. Veía lo que nadie veía. Oía lo que los demás tardarían 7 días en oír. Unos le llamaron el idiota, otros el loco, otros el profeta, otros el poeta. Pero todos lo hacían en voz baja y temerosa, como si rozaran con desagrado, al referirse a él, el propio tacto frío y blando de una vieja piel de serpiente, desprendida desde hacía mucho tiempo, con el universo desplegado en sus dibujos misteriosos. Sobre todo cuando en la piel no existían...

[Tesa Vigal] Reservados todos los derechos © wakan-Tesa Vigal [En caso de usar este texto: sin modificar nada y citando autora y procedencia]


 

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