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Maneras de vivirDeseando actuar (vida media cotidiana de los aspirantes a actores).- Para gran número de ellos el primer paso es un cambio de vida por la llegada a Madrid o Barcelona, llenos de ilusión por motivaciones varias (ser famosos el motivo más patético, amor al cine y/o el teatro el más idealista, necesidad de interpretar el más puro, o una combinación). Por causas económicas la mayoría vive en casas compartidas, toda una escuela de convivencia y un estudio al natural del diferente pelaje de la fauna más diversa. Por la misma razón la mayor parte de ellos trabaja de camarero para mantenerse “mientras tanto”, compaginándolo con trabajos como modelo publicitarios los más afortunados. También pueden trabajar en los parques de atracciones (en el túnel del terror, o haciendo de piolín, o similar), o para ayuntamientos en sus celebraciones medievales que están de moda, en pasacalles, etc.
Necesidad de esquivar algunos duros escollos, como por ejemplo las agencias que cobran un pastón por hacer fotos promocionales y la aparición de buitres prometiendo convertir en estrellas, o los más modestos prometiendo un papelito en tal o cual proyecto. Los más serios y consecuentes acuden a clases de interpretación donde aprenderán técnicas de relajación, desbloqueo e improvisación. Eso en general. Luego hay de todo, desde el programa de estudios más completo que incluyen temas como fluidez del circuito emocional, racional y energético, además de danza y estudios teatrales, hasta los centros de enseñanzas más modestas. Uno de los centros más prestigiosos es la escuela de Cristina Rota en Madrid. Y llegan los castings, esos maratones competitivos, que zarandean el ánimo del más pintado pudiendo llegar a crear depresiones, inseguridad, o por el contrario euforias más o menos pasajeras. Pero todos se animan si es necesario recordando el caso de actores célebres que en su día fueron rechazados humillantemente.
Algunos de ellos pueden pasar a formar parte de grupos de teatro independientes, más o menos alternativos, más o menos afortunados. En la actualidad esta posibilidad es relativamente factible por la existencia de salas de teatro alternativas. Algunas de las más conocidas la sala Mirador (llevada por el actor Juan Diego Botto) y la Triángulo en Madrid. Pero también se puede empezar interpretando en los grupos de teatro que surgen en las asociaciones culturales y en los centros okupas que desarrollan varias ofertas socio culturales. Todas estas actividades, en ocasiones simultáneas, hacen que el tiempo falte, se duerma poco y se vaya aprendiendo la esencia de la vida de un actor: la inseguridad y lo desconocido. Nunca se sabe cuándo va a surgir un trabajo y hasta cuándo. Pero esta característica es común con la vida de cualquier actor, incluyendo los célebres. Su efecto colateral es la presencia del estrés, agudizado por una rivalidad feroz y una necesidad constante de “tener contactos” y de diplomacia. En la vida personal todo esto se traduce en una vida íntima más o menos arrinconada. Pero en este punto el propio trabajo interpretativo tiene dos vertientes contradictorias. Por un lado haciendo necesario sacar a la luz facetas de uno mismo usualmente escondidas, o más o menos dormidas. Por otro provocando una alienación (siguiendo el camino equivocado de la disolución que puede desembocar en un desconocimiento cada vez mayor de uno mismo), o una posesión de determinados personajes (riesgo sólo presente en los actores buenos, esto es los que más se involucran en su “encarnación”). Pero esto último sólo se da con personajes que les “tocan” demasiado, ya sea por ser parecidos o por ser opuestos a uno mismo. En fin, una de las profesiones más emotivas y perturbadoras si se viven auténticamente. Y una de las más patéticas cuando se hace por motivos espurios. Ánimo chicos y gracias. [Raquel Yagüe]
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