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MANERAS DE VIVIR

Maneras de vivir

Visiones del techo del mundo por el Pamir en bicicleta.-

Cuando alguien llega a Murghab lo más probable es que se pregunte de qué viven sus habitantes. Murghab se halla en El techo del mundo o Los pies del Sol que es lo que algunos creen que significa Pomir; Pamir para los occidentales que saben ubicarlo en el mapa. Se trata de una región remota e inhóspita a caballo de Afganistán, Kirguizistán, China y Tayikistán.

Murghab es un oasis de 3500 habitantes a 3600 metros de altitud en la parte más oriental de Tayikistán. Se venga del norte o del sur se habrán recorrido unos 100km en los que solo se habrá visto alguna granja, sin luz ni agua corriente, dispersa por el camino. La llegada a Murghab es una revelación: Postes eléctricos por doquier, antenas parabólicas en los techos de las casas de adobe que se levantan sin orden ni concierto por las laderas de las montañas, la visión en la lejanía de las moles de nieve y hielo que son el Muztag-Ata y Kongur a más de 7500m de altitud ya en China, 4x4s de ONGs, y algún camión chino aparcado tomando un merecido reposo después de un tortuoso camino desde o hacía el puerto fronterizo de Kulma a 4363m, son elementos de un paisaje surrealista en medio de la nada.

El origen de Murghab se tiene que buscar a finales del siglo XIX cuando Rusia y el imperio británico se disputaban el control de Asia Central dentro de lo que se vino a llamar el Gran Juego. En 1891 los rusos establecieron allí una de sus guarniciones fronterizas. Muchas cosas deben haber cambiado desde entonces pero su aislamiento permanece. En invierno, Murghab y toda la región Autónoma del Alto Badakhshan (Gorno Badakhshan Autonomous Oblast, en ruso) quedan incomunicados por tierra con la capital del país, Dushambé, y la única manera de alcanzar la región es volando en avión hasta Khorog, capital administrativa de la región, para proseguir desde allí por tierra hasta Murghab. Eso sí, el vuelo se llevará a cabo siempre que las condiciones meteorológicas lo permitan, que por algo la ruta Dushambé – Khorog está considerada una de las rutas más arriesgadas - y espectaculares paisajísticamente -, que existen en el mundo.

El paisaje de Murghab y la región del Pamir oriental es árido, de desierto de altura. Paisajes arcillosos que se mezclan con el blanco glaciar de los altos picos y los turquesas de los pocos lagos, más de uno salino, que hay en la región. La única agua existente procede del deshielo de las altas cumbres. Mientras que en invierno es imposible acceder a Dushambé por la cantidad de nieve que corta las carreteras en las estribaciones más occidentales de la región, la carretera no queda cerrada hacia el norte, Kirguizistán, debido a las pocas precipitaciones que acumula la región. La carretera, o mejor dicho pista, sigue abierta a pesar de sus puertos a más de 4200m y las rigurosas temperaturas que descienden fácilmente por debajo los –15ºC y –20ºC.

La climatología no es una cuestión baladí en la región más oriental del Badakhshan, marca la manera de vivir: Prácticamente no se puede cultivar nada, y en Alichur (a unos 100km al sur de Murghab), el maestro de escuela nos cuenta que la harina la compran a ONGs porqué sale más barata que en el bazaar. La dieta se sustenta básicamente a base de pan, té y productos lácteos: yogur, Smentana (mantequilla líquida), mantequilla y leche. La ganadería es la principal dedicación de los kirguises de la región. En los pocos prados que hay se pueden ver yacks, vacas y ovejas pastando y también a los chiquillos o adultos que vigilan el rebaño, bien protegidos del sol, ya sea con pañuelos o pasamontañas para no quemarse la piel y la cara ya que en verano el sol proyecta sus rayos sin compasión.

Por el contrario en los Pamires occidentales la situación es distinta. Las cotas por las que se discurre pueden ser más bajas, 1500 –2000m y las lluvias son algo más abundantes, siendo frecuentes las cortas tempestades de verano. Se trata de una región donde la vida discurre a lo largo del río Panj (antiguo Oxus) que delimita la frontera con Afganistán.

La región occidental es más rica. Se pueden ver pequeños campos de cereales y extensiones de frutales, especialmente albaricoques que cualquier aldeano te ofrecerá a pie de carretera. Si aceptas, sólo hace falta agitar un poco el árbol para que caigan de él sus frutos más dulces y maduros para deleite de un servidor, viajero occidental de gran urbe, resignado a la fruta insípida de supermercado. También hay más variedad gastronómica y se puede comer algo de carne y arroces.

Los Pamires occidentales son una región mucho más poblada y las distancias entre aldeas se acortan. Si en la zona oriental la mayoría de habitantes eran kirguises, aquí son tayicos pamiris. La diferencia étnica es notable. Los tayicos y su lengua son de origen persa y la lengua de los kirguises de origen turco, dichas lenguas son tan distintas entre ellas que aun viviendo las dos comunidades en el mismo país, un kirguís nos comenta que utilizan el ruso como lengua franca para comunicarse entre ellos.

Las diferencias no son solo lingüísticas. Los Kirguises son fácilmente distinguibles por sus rasgos faciales, tienen facciones mongólicas, mientras que los pamiris tienen rasgos menos orientales y algunos, desde la profundidad de sus ojos azules, se me declaran descendientes de las tropas macedonias de Alejandro Magno.

Una última diferencia notable es a nivel religioso. La mayoría de tayicos son sunnies pero los pamiris son chiitas ismaelitas, que siguen a Aga Khan, su líder, cuyo retrato no falta en ninguna casa., y que a través de la Aga Khan Development Network realiza un fuerte trabajo social en la región. Por su parte los kirguises oficialmente sunnies tienen una actitud muy laxa respeto a la religión fruto de su tradición nómada.

Sean kirguises o tayicos pamiris, estemos en los Pamires orientales o occidentales, hay una actitud que prevalece en toda la región. La hospitalidad con la que se recibe al viajero. Un occidental no eslavo es fácilmente reconocible, y en mi caso, viajando en bicicleta aún más.   No fueron pocas las veces que nos llamaron desde los campos, pueblos, aldeas, granjas y yurtas (cabañas nómadas) para que nos paráramos a tomar aunque fuera un té. Pero el té sólo era el principio, el acto de hospitalidad inicial del que poder desarrollar conversación: ¿de donde eres?, ¿a donde vas?, ¿estás casado? ... Y entre pregunta y pregunta las ofertas, para comer y para dormir. No es que tengan mucho que ofrecer pero te invitan con el corazón abierto a compartir su hogar, por humilde que sea, durante un día. Es en esos momentos donde uno se da cuenta una vez más que cuanto menos se tiene más se da. Como en el caso de una familia kirguisa, tres críos, el mayor 5 años, mujer y marido de 19 años (saquen ustedes las cuentas) que nos invitaron a té, yogur y pan en su casa. Los críos, asustadizos ante nosotros, y el padre fotografiándose con su transistor, símbolo de su progreso.

Unos días más tarde, alcanzamos al caer la noche el Uy-Bulek Pass, a 4232m, cercano a la frontera Tayico-kirguisa. Al llegar a la cima, uno se encuentra un checkpoint donde los militares allí establecidos comprueban que tengamos los permisos pertinentes ya que el Gorno Badakhshan es una zona de acceso restringido. Los tayicos del puesto nos reciben con un té caliente que contrasta con la temperatura y viento glaciar de fuera. Mientras, anotan en una libreta el paso de los turistas: Nombre, nacionalidad, fecha y número de pasaporte. Compartiendo charla con los militares tayicos se halla un pastor kirguís a quien le falta tiempo para invitarnos a quedarnos a cenar y dormir en su cabaña, a unos 200m del puesto de control. No renunciamos a la propuesta. Pronto somos recibidos por su mujer y sus dos hijos que se hallan de vacaciones con ellos en verano antes de volver a Kirguizistán a estudiar. La estancia que habitan es una cabañita rectangular construida de madera que no tiene más que unos 16 metros cuadrados en los que se cocina, se come, se charla y se duerme. En las paredes se arrinconan las mantas y colchones plegables para la noche y de las paredes cuelgan los utensilios diarios, incluida la escopeta de caza. A fuera, en las ruinas de una antigua edificación de piedra al lado de la cabaña, hay encerrado un rebaño de ovejas y delante de la cabaña, 5 yacs, atados con cuerdas a estacas para que no escapen. Durante la cena charlamos largo rato. Los hijos, de dieciocho y quince años están fascinados con nuestro viaje. Nos piden que les montemos la palaka, la tienda de campaña, para poder dormir como unos alpinist. Les montamos la tienda y les dejamos las linternas. En esos momentos son los chicos más felices del mundo mientras nosotros maldecimos el viento, el frío y el capricho de esos chavales mientras montamos la tienda a oscuras.

Ellos que no tienen casi nada nos ofrecen todo cuanto pueden y a nosotros que tenemos de casi todo nos cuesta montar una tienda de campaña. Aquí se ve la diferencia entre unos y otros. Los otros están allí durante sus cuatro semanas de viaje, mientras los unos habitan en una de las zonas más desconocidas y remotas de Asia . Y cuando los unos viajan por el Pamir no pueden dejar de preguntarse... ¿y de que vive esa gente?.

[Xavier Tarafa]