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Autores desconocidosEL
MEJOR PITO
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A él el colegio le importaba más bien poco, hacía lo justo para no crearse problemas y con eso tenía bastante. Lo que de verdad le gustaba era el cine. A la edad de ocho o nueve años, ya se conocía la mayoría de los actores y actrices famosos por aquella época. Vivía con, de, para y por el cine, y a una memoria privilegiada para recordar los nombres se unía una fantasía desbordante que le hacía participar activamente en las películas contempladas. Le resultaba muy fácil sentirse el amigo del protagonista, el hijo de la marquesa, el futuro sultán de un país exótico o la reencarnación del ladrón de Bagdad. Su mamá, claro está, alimentaba su fantasía porque estaba convencida de que su niño estaba predestinado a borrar todos los galanes conocidos con su sola presencia, y mucho más si se le encomendaban papeles como a Sabú, el niño de la selva que vestía con taparrabos. ¡Para taparrabos, mi hijo, que los llena todos por grandes que sean!, decía, y su cara rebosaba de satisfacción y amor de madre.
Las películas elegidas por la familia eran todas. Cuantas más, mejor. Pero se inclinaban preferentemente por los melodramas, entonces llamados dramones de mucho llorar. Melodramas que demostraban que madre no hay más que una, y que sus protagonistas eran las más elegantes, y sino, ahí estaba la Señora Miniver para demostrarlo. Y sobre todo, se inclinaban por las musicales. ¡Oh, las musicales! Cuando mi hijo esté en la edad, decía su mamá, no habrá pareja que se le resista. Tiene la gracia de Fred Astaire y el resto le viene de herencia. Y para aclarar lo que significaba el resto, aprovechando los días de carnaval, la mamá le disfrazaba de Carmen Miranda. Pintaba su cara gordita, sus labios carnositos, le ponía una falda y una blusa anudada en su barriga orondita, zapatitos de tacón, y le encasquetaba un sombrero con mucha fruta, en la que dominaban los plátanos. Y claro está, al llegar las visitas de familiares y amigos, el número estaba asegurado. La mamá ponía en el viejo tocadiscos de la época la canción de Carmen Miranda «Mamá eu queru, mamá eu queru... una chupeta...», en plena canción aparecía él así vestido moviendo las nalgas, los invitados exclamaban ¡oh, cuanto plátano!, y era entonces, cuando la señora de la casa, llena de orgullo maternal, decía: ¡vamos, enséñales a estos señores el tuyo de platanito! El niño se levantaba la falda y un ¡oooooh! larguísimo se extendía por la habitación.
Y aquel niño fue creciendo bellísimo como un lirio.
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La década de los cincuenta resultó dura para él. Los años iban pasando pero el niño seguía siendo bajito, gordito y bonito de cara. El sexo se le había desarrollado tanto que a la edad de doce años podía competir sin desentonar ni un tanto así con los superdotados del planeta. Pero para él, ya no era lo mismo. Al cumplir los diez años se acabaron las demostraciones públicas y los largos ¡ooooh! de admiración. A esa edad ya no era posible romper los convencionalismos de la época y las manifestaciones admirativas se quedaron circunscritas a la hora del baño. Entonces sí que la mamá se despachaba a gusto con el pito de su niño. ¡Hay que ver el bomboncito que tiene mi niño! ¡Viva el pito del niño! y cosas por el estilo. Pero también esto se acababa. La edad impone otras costumbres y aunque de vez en cuando apareciera la mamá, el niño fue acostumbrándose a lavarse solo y su público se extinguió.
A partir de los catorce años, él quiso ser ÉL, aunque siguiera siendo bajito, gordito y bonito de cara. La escuela empezó a representar un suplicio para él. Consciente de su aspecto físico odiaba la práctica del deporte. No podía competir ni en velocidad, agilidad o fuerza con los demás chicos de su edad y, claro está, siempre quedaba al margen de la composición de cualquier equipo en el deporte que fuera. Al principio él se lo tomaba a broma y decía que su puesto ideal sería el de árbitro, puesto que en cuestiones de pito no podía fallar, pero los muchachos y profesores no entendían sus insinuaciones y también el papel de árbitro lo adjudicaban a otro chico más ágil, veloz y fuerte, que pudiera mantener el ritmo del juego.
La realidad de su aspecto físico se imponía y minaba el carácter del muchacho. Acostumbrado como estaba a ser el centro de la atención, aceptaba de mal grado el papel de comparsa. Se quedó sin un solo amigo. Fue encerrándose en su caparazón y se convirtió en un ser solitario y retraído.
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Sus padres notaron el cambio y cambiaron de táctica. Al iniciar el bachillerato superior le inscribieron en una academia a la que acudía sólo por las mañanas, y le regalaron todas las tardes. Si bien por las mañanas, en la academia, no participaba en los juegos y correrías de sus compañeros, las tardes las disfrutaba plenamente. Todas las tardes de todos los días las dedicaba al cine. No dejaba de ver ni una sola película. Con el beneplácito de la familia se iba solo a todos los cines de la ciudad, sin importar el género, sino la cantidad. Y su fantasía seguía desbordándose. Como era un chico listo, se dio cuenta rápidamente de que su físico no evolucionaría demasiado y que difícilmente podría llegar a jugar el papel de galán, pero no importaba. Podría llegar a ser cualquier otro personaje y demostraría que los guionistas se equivocaban. Podría raptar a la chica y vencer al protagonista; podría fabricar inventos diabólicos que inutilizaran al joven atractivo y someterlo a su servicio. Ya se cuidaría, con el tiempo, de encontrar su sitio. Estaba seguro de triunfar. Además, en su casa los negocios iban viento en popa y el dinero aumentaba. Ya llegaría su oportunidad.
El cine constituía toda su vida. Se conocía los nombres de todo el reparto, con el del director, guionista, productor, compositor de la música y director de la fotografía de todas las películas. Y empezaba a tener sus propios mitos. El género musical seguía siendo su preferido y salvo excepciones, como Greer Garson y Clark Gable, sus preferidos eran bailarines, como Fred Astaire, Ginger Rogers, Cyd Charisse, pero por encima de todos Judy Garland y Gene Kelly. Tenía también un mito inconfesable: Steve Reeves. Aquél Hércules todo músculo le excitaba. En la oscuridad cómplice de la sala y ante la presencia de la carne humana, se inició en el rito de la masturbación.
Los cincuenta iban pasando. Terminó el bachillerato y siguió yendo al cine hasta tres veces diarias. Dejó los estudios y ayudó a su padre en el negocio familiar, que cada vez rendía más. En cuanto a su futuro, había elegido el ser director de cine, pero antes tenía que pasar el servicio militar obligatorio.
Y se alistó voluntario con veinte años de edad.
Él tenía la licencia del ejército español en un bolsillo, y en el otro, la matrícula de entrada en una escuela de cinematografía. Su aspecto, con veintidós años recién cumplidos, era el de una persona adulta. Su pequeña talla y su barriga prominente le avejentaban, y su carácter hacía el resto. Se mostraba como una persona tímida, encerrada en sí mismo y con complejos de personalidad.
Al principio, la nueva escuela le sentó bien. Era el alumno más informado de todos. Podía hablar de cualquier película sin olvidar un solo nombre, y las cuestiones teóricas no constituían ningún problema para él. Era cortés en el trato y rápidamente se ganó las simpatías del profesorado. Pero las prácticas no llegaban y lo que él quería era rodar. Pasaban los días, las semanas y los meses, y el curso seguía igual. Las clases cada vez le resultaban más discursivas y el aburrimiento empezó a asomar. Pero el cine constituía su vida y se iba a demostrar.
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Consiguió trabajo en una distribuidora de películas americanas y abandonó la escuela. Rápidamente ascendió. En poco tiempo pasó a ser el encargado de la publicidad del lanzamiento de las películas. Y lo hacía bien, muy bien, probablemente era el mejor. Muchos éxitos de taquilla de aquellos años se debieron, en gran parte, a su lanzamiento. En poco tiempo consiguió hacerse un nombre y las revistas especializadas coquetearon con él. Simultaneaba su trabajo en la distribuidora con críticas en periódicos y revistas. Empezaba a ser alguien. No sería director de películas, pero el cine, su amor, llenaba su vida. Y a pesar de tanto trabajo, le sobraba tiempo para seguir acudiendo al cine como espectador dos veces como mínimo todos los días.
Pero él se sentía infeliz. Seguía siendo virgen. Las erecciones de su pito descomunal se sucedían por cualquier motivo en la oscuridad de las salas, y su represión iba en aumento. Se consolaba todas las noches con una masturbación. Sus complejos físicos se acrecentaron en los bailes particulares que organizaban algunos de sus compañeros. Las chicas preferían siempre los cuerpos atléticos, y él se consumía interiormente. Existía una patente desconexión entre el género femenino y su persona. Su desasosiego era evidente. Algo tenía que cambiar si quería ser feliz.
Y cambió. En su vida se cruzó un muchacho muy joven, Javier Jiménez, de aspecto desvalido y enfermizo que buscaba una oportunidad. Llegó de Toledo con el título de maestro en el equipaje, pero sin ningún interés en ejercerlo. Su meta era el mundo del espectáculo. Con escribir sobre cine se conformaba, pero no sabía cómo empezar. Después de algunos encuentros, él se coló por Javier. Le consiguió trabajo en una empresa dedicada a la exhibición y le abrió las puertas de la crítica especializada. Los primeros trabajos firmados por el manchego fueron escritos por su protector. Eso duró algún tiempo. El uno escribiendo, y el otro firmando y cobrando, mientras año tras año aumentaba la pasión de él por su protegido, el cual aceptaba el juego sin comprometerse. Sólo una vez permitió que se juntaran sus cuerpos, al poco tiempo de conocerse, y ahí el jovencito salió vencedor. De una noche de entrega llevaba viviendo años, y él, mientras tanto, envejecía prematuramente a causa del mal de amores.
El balance de aquella unión fue desastroso para él. Al cumplir los treinta años estaba completamente calvo y con sus ilusiones rotas. Un rictus de desencanto, mezcla de rabia, dolor y rencor, transparentaba su cara.
El joven manchego, de no querer escuchar, se había quedado completamente sordo, con operaciones quirúrgicas incluidas en ambas orejas.
Y llegaron los años setenta. El azar, una vez más, cambió la decoración de su vida.
Una noche, a la salida de un estreno cinematográfico, él fue presentado, por una amiga común, a un joven cantante llamado Sergio. Este joven, no tan joven, de treinta años de edad, tenía cara de niño y un aire inocente que respiraba verdad. Se encontraba en los inicios de su carrera, con bases bastante sólidas en su formación. Tenía opiniones propias y acostumbraba a compartir las publicadas por nuestro amigo. Se fueron a un bar a tomar unas copas y a charlar. Al principio él no prestaba ninguna atención a su nuevo conocido, ensimismado como estaba en sus propios pensamientos. Encontraba a Sergio demasiado ingenuo, demasiado infantil. Por el contrario, el interés que él despertaba en su interlocutor crecía según pasaban las horas. Hablaron bastante sin llegar a ningún acuerdo. Volvieron a encontrarse días después y los hechos se sucedieron rápidamente. Después de cenar y dar un paseo se acostaron en la misma cama. Noche de entrega total. Con reservas pero sin vacilaciones, cada uno daba lo que poseía, y después siguieron otros días y otras noches que pasaron juntos. Nació una historia un tanto extraña. Amor total de Sergio, reserva y curiosidad de él. Momentos conjuntos plenos, repletos de viajes, espectáculos y desinhibición sexual. Pero la realidad de cada uno jugaría su baza.
Sergio empezó a despuntar como cantante en pequeños teatros y algún programa de televisión. Su carácter abierto y su simpatía natural eran bien recibidos por el público. Y él empezó a cambiar. Los éxitos de su amigo le representaban un obstáculo difícil de soslayar, y aquel inicio de amor, a causa de los celos, fue trocándose en odio, cada vez más feroz, hasta hacerse mortal. Por el contrario, Sergio se entregaba cada vez más a su compañero olvidándose de la propia realidad. Pero los momentos de relajamiento daban paso a discusiones interminables, se atraían y se repelían. Y cada uno empleaba su verdad.
Él, consciente del amor que inspiraba a Sergio, y también de su superioridad,. empezó a jugar al cine pasado por la realidad. Los personajes ambiguos, llenos de fatalidad, eran los elegidos para practicar. Su fantasía infantil se veía, en la madurez, corregida y aumentada. Se convenció de ser Jekyll y Hyde a un mismo tiempo, y se convenció tanto, que incluso su aspecto cambió. Se hizo atractivo y seguro de sí mismo. Sólo un rictus de amargura disimulada transparentaba su interior, en donde planeaba venganzas contra Sergio. Le dolía el alma al ver el aprecio de los demás hacia su amigo y se propuso acabar con él de una manera lenta pero eficaz. Se dedicó a añadir un poco de lejía, polvos matarratas o gotas de salfumán en las bebidas que, muy amablemente, le preparaba cuando se hallaban a solas, siempre en pequeñas dosis pero de manera continuada. ¡Si funcionaba en el cine, también en la vida real! Y se sintió director de la realidad.
Sergio empezó a enfermar sin saber qué le pasaba. Algunas veces intuía pero se negaba a creer. No podía ni quería prescindir de él. Pero los extraños dolores se extendían y se hacían insoportables. Se negaba a acudir al médico y empezó a olvidarse de sus ocupaciones profesionales, comenzando su declive como cantante y como persona. Sólo una idea permanecía en su cabeza, su amor por él. Y fue su perdición.
El juego duraba demasiado. Sergio no se moría y él se cansó de seguir jugando. Alquiló dos matones para que hicieran el resto, y una noche, Sergio Rosell fue apalizado y tirado en una esquina, destrozado por fuera y por dentro, en presencia de su amigo. De Sergio no se volvió a hablar. Desapareció del panorama musical sin haber llegado a nada y fue tragado por la oscuridad. Sólo él, de vez en cuando, y a través de alguna carta recibida hubiera podido hablar de su existencia. Pero, ni le importaba.
Después de su aventura con Sergio, que duró unos cinco años, él fue incrementando su odio hacia el ser humano, y recuperó los delirios de grandeza de su infancia y su amor al estrellato. Iba a demostrar al mundo lo dotado que él estaba.
Empezó su nueva etapa con firme convencimiento. Su carrera profesional estaba bien lanzada. Colaboraba en revistas, radio y televisión, hablando siempre de cine. Había invertido en negocios de exhibición cinematográfica con buenos resultados económicos y había heredado de su padre. Su cuenta bancaria estaba repleta. Había llegado, pues, el momento de actuar con los atributos del éxito.
Empezó acudiendo a saunas masculinas. En los momentos de más efervescencia, se le caía la toalla. Un ¡ooooh! general acompañaba el efecto. Todos se le acercaban. Unos tan sólo a mirar, otros con deseo loco y alguno que otro se prendaba de verdad. Una risa descontrolada se escapaba de su boca cuanto todos se acercaban a mirarle el pito. Permanecía en la sauna unas horas, dejaba a todos hambrientos y una sensación extraña se le quedaba en el cuerpo. El odio se acrecentaba y se hacía gigantesco.
En las playas de nudistas, el número era completo Acudía acompañado de señora y señorito y dejaba que los dos se ocuparan de su miembro. Sabía hacerlo muy bien, controlando siempre el juego, y se ofrecía a los mirones con cara de niño bueno. De alguno de los mirones surgían invitaciones para orgías colectivas.
Él se hizo
indispensable para algunas orgías organizadas. Estaba en todas las listas. Tenía
facilidad para desvestirse con toda la naturalidad y era capaz de aguantar
su sexo voluminoso muchas horas en estado de erección. La falta de sentimientos garantizaba el tiempo
de exhibición. Su risa fácil
contribuía a hacer más agradable el juego. Muchos hombres le envidiaban y las damas se convertían en presa
fácil a causa del deseo que despertaba en ellas. Pero su odio se extendía y le dominaba. De madrugada, en la cama, se maldecía llorando con desconsuelo.
El éxito que conseguía en presencia de muchos le era imposible revivirlo al nivel individual. Ahí sus esquemas se rompían. No había conseguido olvidar su relación con Javier Jiménez y seguía deseando que se reiniciara su aventura común, pero aunque se seguían viendo, parecía poco probable que aquello fuera a ocurrir. Javier seguía escalando y no tenía tiempo para dedicarle.
Hubo algún otro intento de formalizar pareja, pero todos ellos tuvieron resultado negativo. Estuvo incluso a punto de contraer matrimonio, pero la idea de ligarse exclusivamente a una mujer le aterraba. Mujer por mujer, prefería a su madre, que aunque vieja y desengañada por no haber tenido nietos era quién más le comprendía y a la que él más amaba.
De todos modos al cambio le había sacado buen provecho. No era conocido tan solo por su afición al cine, sino también, por la exuberancia de sus atributos físicos. Pero ¡ay!, con algo no había contado nuestro amigo al iniciar su carrera física. El odio almacenado se le revolvía contra lo que el más quería.
El cine, su cine querido, empezaba a ser el principal perdedor. Si sus primeros escarceos con el favor del público, allá en su lejana infancia, se los había proporcionado el físico, al retornar al principio, el cine se quedaba atrás. Sintió al cine tan lejano de su realidad que todo el odio acumulado a lo largo de su vida lo dirigió contra él. Con ese descubrimiento, él envejeció de golpe.
En la actualidad, él, de cuarenta y nueve años de edad y con aspecto de setenta, está recluido en un centro psiquiátrico. Se pasa el día entero gritando que regalará su pito a quien encuentre su cabeza. Recibe pocas visitas, aparte de los médicos que le atienden y las enfermeras que lo cuidan. Cuando algún viejo conocido acude a verle, de lo único que se niega a hablar es de cine. Al quedarse de nuevo solo, siempre se pone a llorar.
Versonnex, 1989