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cartel
Match point, Woody Allen.-
Sus tres o cuatro últimas películas me habían resultado desinfladas, aguadas, como si el director hubiese perdido su toque especial y su encanto y se citara a sí mismo. Sin embargo con ésta, una de sus pelis serias, tuve la impresión de estar ante algo redondo, potente, intenso.
Una interpretación implacable. Una exploración sobre la naturaleza del juzgar. Porque aquí, como en otras pocas películas memorables (por ejemplo “Perdición” de Willy Wilder) el espectador es arrastrado a identificarse con un personaje poco recomendable (no digo más para no sumarme a toda esa plasta de gente que tiene la manía de contar la película al hablar de ella). A pesar de que, normalmente, rechaza y condena ese tipo de conductas. ¿De dónde surge, por tanto, la condena?. Habla también del desarrollo posesivo y devastador de las pasiones. Del poder autodestructivo de las decisiones sensatas o prácticas, en este caso la elección de pareja. Del misterio de eso que unos llaman suerte, otros llaman azar y otros destino. Una tristeza impotente que va calando hondo, como la lluvia de Londres donde sucede la historia. Una escena de sombras desoladas en la cocina, rodeada por el silencio espeso de la madrugada. Donde la constatación es melancolía y la ironía una tentativa de sonrisa apaciguadora. Porque el silencio está plagado de todo lo que no se dice, de todo eso que pesa como plomo en la clandestinidad. Y algunas personas silenciosas guardan, como un tesoro ambivalente, palabras que al surgir por fin se convierten en catárticas y liberadoras, llenas de luz a pesar de la oscuridad que parecen relatar. Me refiero a una escena concreta de la peli, materializada gracias a la impresionante interpretación de Sarah Polley, y que creo que es el centro de la historia y su eje.
Un antes y un después, a partir de ella, en la historia. Y destacaría esa forma de tratar los sentimientos, típica de esta directora, tan profunda y penetrante que casi puede tocarse. Y esas escenas cotidianas, aparentemente anodinas (por ejemplo la del columpio entre Sarah y Javier Cámara) y sin embargo llenas de contacto pequeño y conmovedor. Un mundo cerrado el de la plataforma petrolífera y un mundo cerrado el del silencio de su protagonista, que como suele suceder con la gente silenciosa, cuando al fin hablan lo hacen de repente y como un río desbordado. Y en este caso, además, respondiendo a un magnífico Tim Robins (como siempre) que no ha parado de hablarla a pesar de su silencio.
Y sin embargo me gustó más su anterior película “Mi vida sin mí”, de más alcance luminoso, más original en su planteamiento liberador, de más alcance. Que nadie se quede sin verla porque crea, como alguna gente me dijo, que es una peli muy triste. Por el contrario es luminosa y esperanzadora. Triste es ésta última peli.
La escurridiza, Abdellatif Kechiche/ Flores rotas, Jim Jarmusch/ Gente de Roma, Ettore Scola/El jardinero fiel, Fernando Meirelles/Malas temporadas, Manuel Martín Cuenca/ El mercader de Venecia, Michael Radford/ El método, Marcelo Piñeyro/ La novia cadáver, Tim Burton/ La pesadilla de Darwin, Hubert Sauper/ Princesas, Fernando León/ Y toda la programación del Pequeño Cine Estudio de Madrid, más la Filmoteca. |