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Libros fuera del tiempo

El largo adiós, Raymond Chandler.-

Chandler nació el 22 de julio de 1888 en Chicago (USA), aunque fue educado en Inglaterra.

Antes de su madurez tuvo una vida agitada, pasando por empleos varios de soldado, empleado de banca, periodista, o ejecutivo de empresa petrolera (de la que fue despedido por escándalos con secretarias). También tuvo un intento de suicidio y toda su vida tuvo problemas con el alcohol.

Tras la primera guerra mundial regresó a Estados Unidos, en concreto a California donde vivió hasta su muerte. Allí se casó con Perla Cecily Bowen (18 años mayor que él) en 1924. Vivió con ella y con sus gatos hasta quedar viudo en 1954.

Empezó a dedicarse a la literatura tarde (a los 45 años), en la década de los 30, publicando algunos relatos en la revista Black Mask. Desde el principio se dedicó al género negro, igual que otro de los grandes Dashiel Hammett. La semejanza entre los dos radica en sus potentes imágenes y el claroscuro de sus atmósferas. La diferencia se encuentra en la ausencia de emotividad en Hammett, su tremendo efecto seco y mental, de hechos ariscos y desnudos, mientras que Chandler tiene una atmósfera emotiva cargada de humo y blues, que va empapando hasta calar directamente los huesos. Y su quintaesencia, el personaje mítico creado por él, el detective Philip Marlowe que nada tiene que ver con tipos duros convencionales. Es alguien vulnerable y sobrio, sensible y escéptico, cuando el escepticismo es producto de una perfecta defensa, íntegro y lúcido.

Tanto Hammett como Chandler dieron un vuelco a la novela policíaca, haciendo que perdiera ese nombre cuando se refería a ellos. Porque a diferencia de la inglesa clásica, orientada al descubrimiento del asesino de turno, en sus novelas nada importaba eso (ver más abajo anécdota demostrativa sobre el rodaje de una de sus novelas), sino el escenario, su trasfondo, su atmósfera, la intimidad desgarrada que sale a la luz en las situaciones fronterizas, por ejemplo la que atañe a la legalidad. En este artículo incluyo varias fotos de "El sueño eterno", llevada al cine por Howard Hawks.

Publica su primera novela a los 51 años: “El sueño eterno” en 1939. Le siguen “Adiós muñeca” en 1940. “La ventana siniestra” en 1942 y “La dama del lago” en 1943. En este mismo año colabora con el director Willy Wilder en el guión de “Perdición” (una de las mejores películas de Wilder y del género negro. Fascinante y perturbadora. Ver sobre ella en Wakan en la sección la película secreta), basada en la adaptación de una novela de James M.Cain “Double indemnity”. También participó en el guión de “Extraños en un tren” con Hitchcock basado en la novela de Patricia Highsmith. “El largo adiós” es de 1953. Y su última y desencantada novela es la inacabada “Poodle springs”.

(arriba derecha Lauren Bacall)

Varias de sus novelas fueron adaptadas al cine, entre otras el largo adiós en 1973 dirigida por Robert Altman. Pero la que dio lugar a una gran película fue “El sueño eterno” de Howard Hawks y protagonizada por un magnífico Humphrey Bogart que encarnó como nadie a Philip Marlowe, con una fascinante Lauren Bacall. Su escena final podría ser la quintaesencia de las novelas de Chandler: los dos protagonistas están en medio de una escena, en una casa en compañía de un cadáver, con la sirena de la policía acercándose y una pistola en la mano. Y de repente… se acabó. ¿Qué pasa?. Ah… ¿qué narices importa?.

Murió en 1959. Una frase sugerente en respuesta a alguien que no se había enterado de nada al leer sus novelas (es evidente que de insensible sus novelas no tienen nada): “Paso por ser un escritor insensible, pero eso no tiene sentido. Es simplemente una manera de proyectar. Personalmente soy sensible y hasta tímido. A veces soy cáustico y belicoso; otras extremadamente sentimental. No soy un ser social porque me aburro con mucha facilidad, y el término medio nunca me satisface, ni en la gente ni en ninguna otra cosa”.

EL largo adiós

La ironía más melancólica es la que destila el interior del detective Philip Marlowe. Nace de la lucidez sobria de su voz en off, que como una serpiente desenvolviendo sus anillos, lentamente, antes de atacar, sacude su brillo triste como si fueran gotas de agua sobre el parabrisas de un coche, aparcado en cualquier parte y esperando, siempre esperando, aún en medio de la acción, que es lo que menos importa de este y de cualquier otro de sus libros. Existe una anécdota durante el rodaje de “El sueño eterno”, otra de sus novelas. Su director, Howard Hawks, tenía dudas sobre quién había matado a uno de los personajes y llamó al autor del libro creyendo solucionarlo. Pero Chandler le respondió que él tampoco lo sabía y que eso era lo que menos importaba.

Es decir en sus historias (y quizá El largo adiós es la más representativa) la trama es secundaria, a pesar de vestirse con la ropa de una novela policíaca. No en vano este tipo de historias fue llamado novela negra por los franceses, que para algunas cosas son ciertamente sutiles. Negra por el trasfondo oscuro, sucio y turbio que se desliza bajo la superficie de la dorada California (su escenario preferido). Negra por el espíritu de Marlowe que mira las cosas atravesándolas, con una constatación triste y poderosa, o bien dándoles la vuelta como a un guante. Negra por su atmósfera de claroscuro, fluido pero espeso como la tinta y la sangre. Sueños envolviendo vidas como un abrigo viejo, y vidas masacradas por los sueños más altos. Las raíces de su apasionado hechizo se deslizan por raíles de lucidez nostálgica, huellas de pisadas como marcas de sueños rotos, abrigos de piel sobre pieles desnudas, juegos de espejos enfrentados, acciones inútiles, alcantarillas luminosas y jaulas de oro. Estelas de princesas podridas, pistolas hermanas, calor sucio y tormentas con la tensión de planetas entrechocando al amanecer. Polvo y viento, ginlet (aquí sale la perfecta receta para este cóctel) con sabor a humo, caras cruzadas por sombras, piscinas taciturnas y carretera infinita. Y siempre un final de preguntas sin respuestas.

Marlowe: “Después partí. En la frontera nadie me dirigió ni una mirada, como si mi rostro tuviera tanta importancia como las manecillas de un reloj”.

[T.Duncan]