Wakan Portada DeQueVaRevista Literatura MitosyLeyendas ManerasVivir

CINE LaPeliculaSecreta (La ley de la calle, Coppola)

En cartel

Vete de mí, Víctor García León.-

A través de los desencuentros y encuentros cotidianos de un padre y un hijo, se habla del tema de la independencia, del lugar en el mundo y la incomunicación.

Sorprendente interpretación de Juan Diego, premiado con razón en el último festival de San Sebastián, que rezuma vida en cada uno de sus menores gestos. Esto es, la esencia de una interpretación ideal. No tiene desperdicio.

Es un actor mediocre, que mal vive trabajando en una de esas comedias de teatro “casposo y rancio”, según sus propias palabras. Uno de esos vodeviles sin alma, con chistes viejos y malos y abundancia de personajes y situaciones más que trilladas. No le hace feliz pero le da comer. Esta es una de las contradicciones que vendrá a poner en evidencia la llegada inesperada de su hijo, haciéndole tomar decisiones vitales aunque problemáticas.

Con las que él mismo no estará de acuerdo, porque este hijo es en el fondo bastante más acomodaticio que su padre. No tiene ninguna necesidad de una vida propia independiente, le da igual en lo que trabaje, mejor dicho en lo que no trabaje porque pasa de buscar trabajo. Está dispuesto a ser un incordio en el pequeño piso que su padre comparte con su pareja, con tal de recibir techo y comida gratis. Y poco más es su vida.

Los dos, por tanto, aprenderán del otro sin habérselo propuesto. Y el regusto que queda al final es la del encuentro con su lado más cutre, materializado en una tartera de espaguetis fríos compartida al final de una noche triste y perdida, patética y gris. Lo cutre no son los espaguetis sino su propia existencia.

Originalidad, frescura y hondura.

Una historia de Brooklyn, NoahBaumbach.-

Sobriedad inocente. Sobriedad porque ese es el tono de esta historia, aludiendo todo el rato a sus muchas esquinas emotivas, sin caer nunca en lo sabido y manoseado.

Porque el tema es algo tan corriente y conocido como una separación matrimonial. Pero sin citar lugares comunes, sino atendiendo a la esencia de cada momento de ese divorcio inesperado por sus testigos y sufridores: los dos hijos del matrimonio. Uno de ellos adolescente (está basada en recuerdos del director), el otro un niño de unos 10 años.

Y estos dos personajes le dan el aire de pureza con el que está contemplada la historia. Ese gato ambulante según tengan que ir a la casa de su padre o de su madre esa noche a dormir… Es un buen ejemplo de lo cotidiana y áspera que puede llegar a ser. Y sin embargo de emociones tan auténticas que no tiene cabida ningún tipo de cursilería. Ambas cosas son opuestas.

Es el punto de vista diferente. No se miran las causas sentimentales de la separación amorosa, sino el punto de vista de sus testigos, que así asisten al descubrimiento de que sus padres no son un animal con dos cabezas, sino dos personas con vida propia y que han decidido separarse. Asisten a la vida amorosa de sus padres en paralelo y a los problemas cotidianos que lleva desmontar una vida en común. Es decir un momento de crecimiento acelerado, que se pierden los que no tienen padres divorciados (claro que en esta pareja se habla sólo de este hecho en sí. Por eso la historia no entra en esos procesos de odio más que de separación, donde se utiliza a los hijos para atacar al otro cónyuge. Ahí ya entran otros tipos de trauma).

Desayuno en Plutón, Neil Jordan.-

Su director ya trató antes el tema de la identidad en la magnífica “Juego de lágrimas”. Aquí se trata también de una identidad sexual, aunque algo más. Porque el protagonista no sólo es un niño al que le encanta vestirse de niña, es además un niño abandonado por su madre y cuyo padre es un sacerdote irlandés que tampoco se hizo cargo de él.

Esto, contado así, puede dar lugar a un melodrama, o a una tragedia, pero aquí está tratado en tono de comedia ácida con gusto agridulce. La forma es la de diferentes capítulos de un libro que escribe el personaje. Un chico perdido en el inmenso Londres, que ya desde niño tiene una manera de ver la vida y enfocar sus problemas irónicamente, con sentido del humor y amorosa, sobre todo una manera amorosa y encantadora.

Y así la dureza de algunas situaciones se transforma en algo patético y absurdo, aunque doloroso, desde la óptica de este chico-chica frágil y punzante a la vez.

Magnífica interpretación de su protagonista Cillian Murphy, que también protagoniza “El viento que agita la cebada” que acaba de estrenarse. Y de Liam Nelson en el papel de su confuso y atormentado padre cura.

Crazy, Jean Marc Vallée.-

Su protagonista también tiene suficiente ambigüedad sexual, sólo que él no se viste de chica. Y su padre tiene un papel mucho más determinante en esta historia en el Canadá francófono, porque trata ante todo de la identidad personal más allá de lo sexual.

Es como una búsqueda del lugar en el mundo, a partir del lugar en el microcosmos de una familia numerosa de cinco hijos. Todos los hermanos son diferentes, la influencia de los padres es muy relativa, pero también enorme. El papel de la música que se oye en casa influye de una manera mucho más profunda y decisiva. Y este es un detalle de los intentos de explorar de dónde venimos en un sentido más espiritual que otra cosa, aunque su tono general sea el de comedia, muy emotiva eso sí. Con momentos especialmente intensos y tan vivos que se comen la pantalla.

Canutos, David Bowie cantado a gritos en la soledad de su habitación adolescente, una vieja canción de su padre que da título a la película, un viaje al desierto palestino, el deseo por el novio de su prima, el borde de su hermano mayor con su relación ambigua de enfrentamiento y conexión, misas infantiles del gallo en nochebuena, guerra interior, la defensiva agresividad del solitario, la resistencia a ser encasillado con una etiqueta… Sobre todo cuando, como en este caso, no parece que exista una inclinación única sino esa que se rige por motivos más escurridizos que van más allá del sexo. Esa que hace que uno se enamore de personas y no de un sexo o de otro.

[Manuel Cisneros]