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MANERAS DE VIVIR Esperanto Astrokarate

Maneras de vivir

Cómo nos venden la próxima guerra por Darius Pallares

“Oceanía estaba en guerra con Asia Oriental; Oceanía había estado siempre en guerra con Asia Oriental. Una gran parte de la literatura política de aquellos cinco años quedaba anticuada, absolutamente inservible. Documentos e informes de todas clases, periódicos, libros, folletos de propaganda, películas, bandas sonoras, fotografías... todo ello tenía que ser rectificado a la velocidad del rayo. Aunque nunca se daban órdenes en estos casos, se sabía que los jefes de departamento deseaban que dentro de una semana no quedara en toda Oceanía ni una sola referencia a la guerra con Eurasia ni a la alianza con Asia Oriental”.

(George Orwell, 1984)

 

Cuando a finales de los años 80 y principios de los 90 del pasado siglo el mundo asistía, a medio camino entre el entusiasmo y el desconcierto, al fin de toda una época marcada por el enfrentamiento ideológico y económico entre la dos superpotencias, auténticas vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos y la Unión Soviética, la llamada “guerra fría”, la desaparición de la segunda abría las puertas a una etapa de triunfalismo del capitalismo y de los valores del pensamiento político liberal cuyo principal reflejo sería la tesis del “Final de la Historia”, planteada en 1989 por Francis Fukuyama, director delegado del Cuerpo de Planeamiento de Política del Departamento de Estado de los Estados Unidos. Para Fukuyama, con la desintegración de la URSS y el hundimiento del comunismo la democracia capitalista aparece como el régimen político absoluto e ideal. Este habría resuelto todos los conflictos ideológicos planteados, así como la cuestión de clase, y por tanto mostraba el fin de la historia, en el sentido del fin de los regímenes políticos.

            Pero los hechos se han empeñado en llevar la contraria a tan optimista tesis y los años posteriores a la guerra fría han visto como los conflictos, lejos de tender a desaparecer gracias a las bondades del capitalismo y el liberalismo político, se han acentuado y extendido: conflictos que ya existían, como el que enfrenta a palestinos y a israelíes (por citar uno de los muchos ejemplos), no sólo se han agravado hasta llegar a un verdadero callejón sin salida, sino que además se le han sumado nuevos conflictos como los que arrasaron la antigua Yugoslavia.

            La constatación de que la historia estaba lejos de llegar a su fin imponía una revisión de los planteamientos y es en este contexto cuando Samuel P. Huntington, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Harvard, publica The clash of civilitzations and the remarking of world order ("El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial") en 1996. Según Huntington, la caída del comunismo no ha llevado, como se esperaba, a que el capitalismo liberal se imponga plenamente, sino que, contrariamente, ha emergido un mundo plural, un mundo de civilizaciones. No se ha dado la victoria final de Occidente sino un resurgimiento de viejas civilizaciones que ha comportado un rechazo de todo aquello que proviene de Occidente y un retorno a los valores culturales autóctonos: unos orígenes que son fundamentalmente religiosos.

            Desde esta perspectiva la universalidad de los valores occidentales (liberalismo, democracia, derechos humanos, libertades individuales) sería contestada por el resurgir de unos valores arraigados en las diferentes civilizaciones (especialmente la musulmana y la chino-confucionista), que ven en la ética y la moral occidental unas creaciones importadas y ajenas a sus propias tradiciones.

            Está visión, reforzada con los atentados del 11 de septiembre de 2001, asume que Occidente, y su modo de vida, está amenazado por un mundo musulmán ajeno a los valores de democracia, libertad y progreso y donde avanza con fuerza el fenómeno del fundamentalismo religioso: la amenaza comunista es ahora sustituida por la islamista.

            El palestino Edward Said, profesor de Literatura Comparada en la Universidad de Columbia, fallecido el 25 de septiembre del 2003, publicó en 1978 su obra más importante, Orientalismo, en el que analiza la forma en que el mundo académico, intelectual  y político occidental han fabricado una visión del Oriente donde se presenta a las sociedades árabes y musulmanas, de retrógradas, decadentes, carentes de democracia y que abrogan los derechos de las mujeres. Se crea así una imagen del “Otro” como el antagónico en valores éticos y culturales al pensamiento occidental. Sería esta creación del imaginario occidental la que justificó las políticas colonialistas e imperialistas de las potencias europeas durante el siglo XIX y  la primera mitad del XX. En la actualidad, y en el contexto del “choque de civilizaciones”, esta visión del árabe y el musulmán sirve para dar legitimidad a la llamada “guerra contra el terrorismo” y la “exportación de la democracia” a Oriente Próximo, rubricado con la invasión y ocupación militar de Afganistán en 2001 y de Irak en 2003.

            Así vemos como se ha articulado un discurso desde las instancias políticas, intelectuales y de los medios de comunicación donde afloran todos los fantasmas y miedos de occidente hacia el mundo arabo-musulmán y donde prevalecen los tópicos, los clichés y las burdas generalizaciones. Pero lo que realmente se hace evidente de este pensamiento es el profundo desconocimiento e ignorancia que se tiene del mundo árabe e islámico. A poco que hagamos una aproximación a los aspectos sociales, culturales, históricos y geográficos de este mundo conformado por unos 1.500.000.000 de personas, que abarca un vasto marco geográfico desde el África subsahariana y el Magreb hasta el corazón del Asia central y el sureste asiático, nos encontraremos con un verdadero mosaico de pueblos, lenguas, culturas y civilizaciones. Se trata de un mundo plural y diverso donde no caben generalizaciones ni análisis superficiales.

            No hay que olvidar que los árabes, o aquellas personas que tienen como lengua materna el árabe, no son más que una parte, y no precisamente la mayoritaria, del mundo musulmán: tan solo Indonesia tiene unos 300 millones de habitantes de habla no árabes que lo convierten el país con el mayor número de musulmanes. También están los pueblos de lenguas iranianas, de origen indoeuropeo, como los persas, con una arraigada civilización que se remonta a la antigüedad, los pashtos, fundadores del Afganistán en el siglo XVIII, y los kurdos, repartidos por Turquía, Irán, Irak y Siria. Podríamos hablar también de los pueblos turcos, originarios de la profundidades de la estepa asiática, emparentados con los mongoles (guerreros turcos conformaban la fuerza principal de las huestes de Gengis Kan) y que se fueron mezclando con otros pueblos y culturas dando lugar a una gran variedad de lenguas y étnias: los turcos osmanlíes de la actual Turquía, los uzbecos, turkmenos, kirguizos y kazacos de las actuales repúblicas del Asia central, hasta los uigures que habitan la provincia china de Xinjian.

            Como vemos, el mundo islámico es de una gran diversidad como para encasillarlo en categorías homogéneas. De hecho el propio hecho religioso se nos manifiesta diverso y plural. No solamente existe la división entre sunitas y chiítas, una escisión más política que religiosa centrada en torno a la legitimidad de los sucesores del profeta Mahoma en la dirección de la Umma, la comunidad de creyentes, sino que dentro del mismo sunismo, al que se adscriben la gran mayoría de musulmanes, encontramos diferentes escuelas interpretativas de los textos sagrados (fundamentalmente el Corán, el conjunto de revelaciones que Mahoma recibió de Dios, y los hadits, conjunto de tradiciones sobre la vida del profeta) con los cuales se conforma la xaria o ley islámica. Sólo una de estas escuelas jurídicas, la hanbalita, dio lugar en el siglo XVIII a una tendencia especialmente rigorista e intransigente del Islam: el wahabismo que actualmente se aplica en Arabia Saudita. Finalmente, hay que mencionar la vía mística representada por el sufismo, que pretende la aproximación a Dios a través de la experiencia y la mística, que fue responsable de la extensión de la fe islámica por Asia central y el África subsahariana y ha dado lugar a una la gran riqueza de manifestaciones de religiosidad popular en forma de cofradías, culto a santones y místicos.

            En resumen, la gran heterogeneidad del mundo árabe y musulmán anula cualquier intento de encuadrarlo al fanatismo o tradicionalismo intransigente. Es un mundo diverso y plural como diversos y plurales son los desafíos y conflictos a los que se tiene que enfrentar, y estos no se pueden comprender desde una perspectiva simplista y etnocéntrica de civilizaciones y valores culturales enfrentados.