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La película secretaSección dedicada a una peli que puede ser para unos maldita, para otros especial aunque conocida, para algunos una joya y para otros detestable. Pero nunca deja indiferente.
El tercer hombre, Carol Reed/Orson Welles.-(artículo reproducido, con el permiso correspondiente de su autor Yuri Silver, de la revista Mandrágora y el Pirata, que fue publicado en los años 80). (Para ser leído si se ha visto ya la peli porque se desvela parte de la trama) El tercer hombre, la película de Carol Reed/ Orson Welles, basada en la novela de Graham Greene del mismo título, fue uno de esos acontecimientos que en la historia del cine empezaron a producirse con la llegada de Orson Welles al universo fílmico. Provocó polémicas en torno a su paternidad, aunque a mí la de Welles me parece indiscutible. Y momentos del film, como la escena de la noria o la antológica secuencia de los túneles de las cloacas de Viena, o las notas musicales de Anton Karas son ya referencias comunes entre cuantos buscan recuerdos cinematográficos hermosos a través del tiempo.
El lenguaje cinematográfico de Welles –considerado universalmente como el mejor cineasta de la historia- deja su sello en el film desde sus primeros planos y llega a alcanzar un tal protagonismo a lo largo de noventa minutos de ritmo implacable que muchos olvidan hablar de un argumento, una historia atmosférica y anímica y una red de sentimientos con los cuales se forma también, precisamente, la FORMA de tan formidable película. El tercer hombre La otra cara de mi amigo/mi otra cara Me emociona la belleza (declaración de principios) A Rosalía
Orson Welles…… Harry Lime Joseph Cotten…. Holly Martins Alida Valli………. Anna Schmidt Trevor Howard.. Major Calloway
Holly Martins: “Le conocía desde hace más de veinte años… O creía conocerle” Es cierto, y me parece asombroso todavía que una relación se pueda prolongar durante tanto tiempo. ¿Cómo puede ser posible que una persona, en veinte años, no desaparezca de tu vida?. He aquí el espacio fuera de campo. El espacio/tiempo de un flash back imposible, que planea durante toda la proyección de El tercer hombre, como una referencia fundamental, como un protagonista más allá de los verdaderos protagonistas del film: veinte años. ¿Qué significan veinte años para mí, que sólo tengo 28?. Toda la vida, algo de lo que es imposible desprenderse, como la propia piel, como los propios ojos, como la propia imagen en un espejo. Anna Schmidt: “Usted no era más que su amigo… Y yo su amante”… “Debería buscarse una mujer”. ¿Quién soy yo?. ¿Qué hago aquí que no me he ido todavía?. ¿Quién eres tú?, ¿quién es él?. Hay un tic de naturalidad en la manera de actuar de Joseph Cotten –sobre todo delante de Anna- que provoca la confusión en ella, el acto fallido: Harry-Holly.
La actuación insistente de Holly Martins, su decisión de no rendirse pase lo que pase, consiguen despertar el espíritu dormido de Harry Lime. Como un muerto que resucitara, como un fantasma de la noche que al fin –pero ya en el momento menos oportuno- surgiese. Holly Martins: “Mi novela, El jinete solitario de Santa fe, cuenta la historia de un hombre que mata a un sheriff porque éste ha ofendido la memoria de su mejor amigo”. La memoria de Holly Martins es el propio Holly Martins ; el recuerdo de Harry Lime es el propio Harry Lime para el personaje que interpreta Joseph Cotten. En ausencia del ser real, el ente imaginario lo describe, lo interpreta, lo realiza. Probablemente en su presencia, también: un rostro fijo y subyugante, una presencia, y una personalidad imaginaria. Idea de fidelidad a la imagen del amigo, al amigo mismo, a sí mismo en definitiva. Si Harry Lime es como Calloway insinúa, Holly Martins ya no será el mismo, ya nada será lo mismo para él. Como si la última bomba de la guerra hubiese terminado su destructiva labor de transformación de todas las imágenes, de toda realidad, cambiando también la memoria de las cosas, su profundo significado. Ser fiel más allá de la muerte a una imagen en el cerebro, verdadera o falsa. No puede caber ningún margen para la duda.
Holly Martins: “Acabo de ver andar a un muerto”. El espacio fuera de campo está ahora algo más cerca de la pantalla: las alcantarillas, la otra zona de la ciudad, el lugar donde se esconde “el ausente”, “el tercer hombre”. El tercer hombre y el ausente son ya la misma persona. La película está operando por ausencia y por presencia de Orson Welles/Harry Lime. Luego ¡está vivo!. Ahora Holly tiene una oportunidad de oro para enfrentarse a sí mismo y a sus fantasmas. Veinte años después va a conocer la verdadera cara de su amigo, va a romper un ideal, va a terminar con un mito en lo alto de una noria de Viena. Es demasiado triste, demasiado insoportable. El rostro impasible, despiadado, cínico, y al mismo tiempo de niño burlón (de ese mismo niño juguetón que él conociese y al que probablemente admirase) que muestra Orson Welles, y la sensación en Joseph Cotten de que sus ojos ya no ven, ya no pueden ver las mismas cosas.
Major Calloway: “En la última guerra, un general habría colgado la foto de su oponente en la pared. Hubiera sido la mejor manera de conocerle”. ¿Todavía dudas Holly en traicionar a Harry?. ¿Todavía dudas?. ¡Sabes perfectamente que no es más que una maldita cucaracha y sin embargo dudas en hacerlo!. ¡Maldita sea!. Si no es más que sentimentalismo inútil. Anna Schmidt: “No hay razón suficiente para reír dos veces”. ¡Ella! ¡ella otra vez!. Lo irracional. Ella, que no duda. Ella, que no se plantea cuestiones éticas. Ella, fiel a su corazón y a su instinto, a su sentimiento profundo, a su verdad. Holly se debate ahora. Va a marcharse. Subirá al avión. No habrá traición por su parte. Holly Martins: “Seguí su sombra hasta que de repente…” Así, así me han escamoteado a mí la vida, los fantasmas de carne y hueso, siempre.
Holly Martins: “Me han pedido que les ayude a cogerle y les voy a ayudar”. Ya está. ¡Ya lo has dicho!. Pobre, buscando justificaciones éticas para lo que haces, para lo que no es más que una simple venganza. Anna Schmidt: “Ya no le quiero. Pero aún sigue siendo parte de mí y eso es un hecho”. ¿Y de ti Holly?, ¿sigue siendo parte de ti?. Él sigue estando fuera de campo. Su ausencia es más presente que cualquier otra cosa. Cada vez que vemos la cara de Cotten vemos también la cara de Welles, allí dentro. Anna Schmidt: “Yo le quería, tu le querías…”.
Es curioso como Anna es siempre la que dice las verdades como puños, la que nunca se anda con subterfugios, la que verdaderamente, sin literatura, siente. Es probable que Cotten se esté enamorando de ella, pero nunca llegará a reconocerlo, ni aún en ese último plano de la película, en el que la deja pasar por el paseo de otoño, sin ninguna palabra posible, al vaho de la niebla y al humo del cigarro, pero es que… Anna Schmidt: “Hay un nombre para los tipos como tú”. He aquí la cuestión de la fidelidad. Ésta sólo opera con referencia a algo o a alguien. Se puede ser fiel a una persona o a un recuerdo, no se puede ser fiel a un razonamiento ético. Esa es la tragedia de Cotten en esta película. La fidelidad no existe como concepto, sino siempre en función de las circunstancias. Se le dan a uno o no se le dan oportunidades para ser fiel. La infidelidad, en cambio, podría forzarse. El traidor no será en ningún caso un Welles que se limita a ser él mismo, salvo si verdaderamente ha mentido, ha engañado antes a su amigo, ofreciéndole una imagen falsa. Esa es una cuestión interesante (para mí al menos): imaginemos por un momento la historia de una relación, de una amistad de veinte años, durante los cuales uno de los dos se ha dedicado a ofrecer al otro una imagen falsa de sí mismo. ¿Es esto posible?. ¿Es esto probable?. No me lo parece. Más aceptable sería la idea de que le ha mantenido oculta su otra cara; algo así como el doctor Jekyll.
Pero entonces, Cotten, al conocer a Hyde, al descubrir la otra cara de su amigo, pierde las razones para su fidelidad, puesto que el hombre que conocía no era exactamente el mismo hombre. Y sin embargo a mí me parece que todo esto no es más que una justificación ética para Cotten (a lo de la penicilina me refiero), nada más que una excusa. ¿O podría ser porque O. Welles ha dibujado, en el empañado cristal de la ventana de la noria, un corazón cruzado por una flecha, y un nombre, Anna, a quien en este momento ya desea Cotten… o casi considera suya? ¿En qué momento se hace Welles presente en el film?. Precisamente cuando Cotten acaba de abandonar la casa de su amante, de hacerla confidencias sobre él, sobre sí mismo, casi, casi, de llorar sobre su pecho.
Es decir que Joseph Cotten (¿podría tener también otros motivos más o menos inconscientes?) es infiel porque quiere ser infiel y bajo su única y exclusiva responsabilidad, que es Joseph Cotten quien en realidad nos muestra su otra cara, su cruel cara. Poner las cosas en su sitio es, al fin y al cabo, devolver a Harry a la tumba de la que nunca debió haber salido, aquella en la que figura su lápida, la tumba del tercer hombre; poner las cosas en su sitio aún a costa de repetir la ceremonia del entierro. Porque, tal vez, en las historias de amor, sólo sea posible que participen dos personas. Pero terrible fracaso final, que se inunda de otoño, de triste otoño. Ella, y la imagen de él más allá de la muerte. Y ahora podemos a empezar a hablar de picados y contrapicados, de grandes angulares o de ritmo diabólico, de cómo está construida la secuencia de los túneles de Viena, o de cómo Holly Martins mata a su amigo, de cómo dispara casi sobre sí mismo, o de la cítara de Anton Karas, o de la propia Viena… Porque Orson Welles es un genio, hoy por hoy inalcanzable, y darle vueltas a los sitios donde coloca la cámara, a sus planos increíbles de Viena, es como lo de siempre, darle vueltas a lo mismo. ¿Por qué te ocultas Orson? ¿por qué no das la cara, tu verdadera cara maldita, sea detrás o sea delante de la cámara. Te adoro genio. [Yuri Silver] Notas complementarias de Tesa Duncan (en la misma revista) Al finalizar una obra redonda uno no sabe qué decir, en un primer momento. Luego, se necesitaría decir muchísimo aunque no se haga. Se está demasiado desbordado por sensaciones, sentimientos, lados desvelados, dudas, certezas, facetas ocultas, laberintos… Ya ha pasado un cierto tiempo… El tercer hombre es Harry el asesino, Harry el amigo, Harry el amante, Harry el mafioso, Harry el cínico, Harry el doliente (como aquel rey legendario) y Orson Welles irónico, impenetrable, aparente, engaña tontos y “el tercer hombre”. Ese, además, siempre ausente. El que jamás llega a aparecer del todo en la historia, el que jamás aparece en nuestra historia, el que surge constantemente, el que siempre es confluencia del primero y el segundo.
La ausencia y la apariencia hieren los ojos desde el primer plano de la aparición de Welles. Sostenida mueca al fondo de un túnel como si su rostro, cada vez más cerca, fuera atraído por nuestro tren fantasma, o por la hipnosis de la serpiente. Desde Harry a mí, o desde mí hasta Harry. O ambas cosas. Y su expresión es sarcástica y herida, o herida por el sarcasmo, o el sarcasmo herido por una vida en sombras. La sensación de tener entre las manos gran cantidad de pruebas, irrefutables creadoras de espejos, sobre la identidad de una persona, hacen de ella un misterio aún más insondable. (Demuestra la experiencia muchas cosas, entre otras que nunca es suficiente la vida para aquellos que padecen sed devoradora) Y el loro de la ironía es el amigo de Robinson Crusoe y el seguidor de Zane Gray. La genial y divertida escena de la conferencia cultural, donde una vez más hay una confusión de identidades que es justo lo que la motivan. La llegada del conferenciante raptado y el encantador y entregado promotor de aquella “fiesta” son el lado salvador de cualquier naufragio. Quién ama la ironía, es decir quien tenga sentido del humor, siempre suele agarrarse a la tabla salvadora de lo grotesco, lo absurdo y las faunas humanas.
El gesto, en primerísimo plano, de Kurtz (inquietante conocido del tercer hombre) me recordó el paralelo e inicial del genial y turbador presentador de “Cabaret”, de Bob Fosse. Estos adjetivos recorren el eje y la atmósfera de toda la película. Es tan rara la perfecta e increíble fusión de su famosa música y sus imágenes, como que algunos hablando de Welles dejen en paz a los ángulos, contrapicados y demás zarandajas. Sinceramente nunca lo entendí. Pero hay gente tan superficial que sólo habla de técnica. El mayor misterio rodea la mayor complicidad. Eso ocurre en el instante anterior a su muerte, cuando Harry con las manos en libertad, sacadas al viento de la calle entre las rejas de la alcantarilla, le indica a su amigo que le mate. Es casi imperceptible y difícil separar su mirada de su rostro, asintiendo suavemente. El infinito es traído, culebreante y orgiástico, entre el círculo, las dos serpientes mordiéndose la cola… Las dos muertes, los dos cementerios, las dos chicas adelantadas por los dos coches… Y los dos amigos. Porque es la misma chica pero es otra chica, su amigo es su amigo pero es otra cosa, y ni las ruedas ni las gabardinas chocarán contra el viento de idéntica manera. Aún así, todo es un único momento. De ahí, que uno de los planos finales más impresionantes que yo he visto, sea ese sostenido durante varios eternos, e interrogadores, minutos, con toda la pesadez, la densidad y el silencio de la tristeza irremediable. La que no tiene salida y tiene lucidez. Cuando todos saben lo que va a suceder, lo que está sucediendo, pero ¿qué se va hacer Bernie?. Uno se queda de pie, quieto, y luego, cuando todo ha pasado, enciende el cigarrillo de la última voluntad. ¿Qué va a hacer ella sino seguir caminando?. La música seguirá sonando hasta enloquecer al más atrevido Ulises y los fantasmas poblarán el mundo, esa Viena bellísima de adoquines negros y el camino hacia la ciudad que nos aleja de todo, para siempre. |