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MANERAS DE VIVIR Tantra: sexualidad sagrada

Maneras de vivir

Impresiones de adolescentes ante vientos turbulentos en el barrio.- (Por dos alumnos del instituto Iturralde: Víctor Caro y José Fernando Ruiz)

Víctor Caro Villa.-

“Alerta, alerta antifascista, les han vuelto a correr, vamos para allá”.

Estas palabras las llevo escuchando poco tiempo, pero las he oído tantas veces… Esto se explicaría mejor si retrocediéramos seis años, cuando todos jugábamos felices. Pero hace poco, unos cerebros retorcidos se perturbaron despertando viejos odios técnicamente inertes, llevando a la vida actual unas persecuciones étnicas y raciales estúpidas, como todas las que haya, un odio que creíamos erradicado por nuestros abuelos, que tan fielmente lucharon, en un bando u otro, pero al fin y al cabo por un ideal desarrollado en lo más hondo del alma, a veces estúpido, a veces revolucionario, pero siempre desde una mentalidad justa y por el interés y bienestar de un pueblo, unos ideales tergiversados por unas personas a no nombrar, que destruyeron y amargaron tantas buenas intenciones y tan buenos sueños…

Pero son cosas que no vienen al caso. Estos sujetos actuales, propiamente dichos, ensucian una lucha que ha sido, o ha podido ser, la más dura de la historia, lo hacen para beneficio propio con declaraciones del tipo de la “raza aria o la superioridad de los pueblos”. Sintiéndolo mucho y sin poder recuperarme, psicológicamente hablando, de la “paliza” que recibí hace un tiempo por parte de estos jóvenes neonazis, que en sus tiempos y en gran parte habían sido amigos míos, que, caminando en un mundo sin equilibrio cayeron al lado irónicamente erróneo, con lo que al momento que se declaran superiores a las demás razas, están demostrando su inferioridad. Ahora yo les pregunto: ¿cómo podéis creer en la raza aria, superioridad de pueblos y demás memeces?. Si tan sólo eran leyendas noruegas mal interpretadas por unos pseudos intelectuales, que se auto denominaron “nacionalsocialistas”. ¿Y la afirmación de asegurar un buen futuro en Europa para los niños blancos?. Y más en España, un país en el que se han juntado decenas de razas incluyendo judíos, afroamericanos, musulmanes…

¿Cómo piensan asegurarlo?, ¿aniquilando la mayor parte de la población mundial?.

No señor, así no se hacen las cosas, se pueden hacer mirando desde otra perspectiva, y si no lo veis es que estáis ciegos, hay que estarlo para no ver que la unidad es el único medio no violento para alcanzar un futuro mejor, con una economía igualizada, sin ricos ni pobres, y con un único y mismo mejor destino. Así, desde esa perspectiva yo he visto muchas cosas, he visto arder mis sueños en una hoguera de odio y desprecio, he descubierto que lo que más quería, era lo más odiado, pero he salido indemne de cada situación, cada momento, cada peligro, los amigos siempre estarán ahí, en mi barrio, por el que tanto he luchado y tanto me ha dado, como cuando se intentaron realizar las obras para la carretera, viendo todo el barrio reunido, tirando piedras y gritando, pedimos ayuda y fuímos ignorados, pero nunca nos rendimos, y aunque no lo conseguimos nosotros, el mérito seguiría siendo nuestro, eso es algo que no nos quitarán. Nos arrebatarán el parque Eugenia de Montijo una vez, pero no permitiremos que caiga en manos de gente que no cree en la libertad, y si algún día cedemos no lo haremos por gusto, será porque habrán tenido que luchar por él, como luché yo, como lucharon mis camaradas, nos lo arrebataron, pero luchamos con dignidad y honor, y finalmente vencimos, algo notable en un grupo de adolescentes y ancianos. Y finalmente diré unas palabras, diré la verdad más perturbadora, aquella en la que se basan todas las mentiras:

Yo sólo sigo a mi corazón, rojo y a la izquierda.

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José Fernando Ruiz Romero.-

Corrían ríos de alquitrán y el sudor resbalaba, el azufre no dejaba apenas respirar mientras el fuego tostaba la piel y todo olía a cuerpos muertos, quemándose en inmensas montañas de carne. Hombres junto a mujeres y niños, apilados, rociados con combustibles y enterrados con sosa y cal, pero el olor nauseabundo que impreganaba las ropas no se iba, aún no nos ha abandonado. A veces, cuando es pronto y el sol todavía no da luz, y las farolas acaban de apagarse, aún entonces, puedes oler los cuerpos quemándose. Han pasado más de setenta años y la tuberculosis aún arde, y los niños antes enfermos permanecen en el edificio, ahora enfermos de otros síndromes del nuevo tiempo.

Ya no hay soldados a las puertas, pero permanecen los centinelas del nuevo orden, armados a las puertas, ya no mancha el verde sus uniformes, ni la sangre, sino el azul y la psicología del hombre, aflora la voluntad de poder, de dominación que nos rodea. Intentaron bifurcarse los arroyos de grava, petróleo y alquitrán, pero la carne es más fuerte que los tóxicos y el hueso más rígido que el metal y la piedra. Las hileras de hombres, vivos y muertos, impidieron el paso de la guardia fúnebre dispuesta a acabar con la vida. Pero los hombres morirán y la humanidad desaparecerá y todo habrá sido un parpadeo en la historia, y la naturaleza resurgirá, y llamarán parques a pequeños cuchitriles de cemento y hierro, en los que los últimos especimenes humanos estarán recluidos por el fuego y el sol, y la naturaleza los rodea, expectante. Y se reirá, los árboles reirán, porque es el hombre el que está ahora entre el cemento, ya no es nadie, menos dueño que nunca de lo que creyó, las barricadas cubiertas de verdes y azules como hoy no quedan ni dos. Y todavía los hombres se matan tiñendo de rojo los campos, eso si es que no están muertos, absortos, vacíos, borrachos de un alcohol que no alimenta, llenos de hastío, perdidos, sometidos al trabajo y la rutina.

Ciudad dormitorio, ciudad no dormida, camina hacia su lecho de conformidad y resignación.

El obrero muerto y hemos sido nosotros los que lo hemos matado, nuestra aristocratizante actitud, las ansias de sentirnos mejores que otros, y no nosotros mismos. El barrio muere con él, las ganas de vivir también mueren, ya sólo hay tiempo para el sueño.

Sigamos consumiendo y consumiéndonos, sigamos prescindiendo de nosotros mismos, evadidos. Pero cuando talemos el último árbol e infectemos el último arroyo nos daremos cuenta de que el dinero no se come, y el fuego eterno abrasará por siempre al hombre en el infierno por haberse suicidado, y Dios no nos mirará a los ojos, pero aún tenemos tiempo, ondeemos la bandera de la muerte, las lágrimas de nuestros ojos, lloremos, emocionémonos, riamos, besémonos, toquémonos, no somos tan diferentes. Escuchémonos. Ni somos tan iguales. Pero somos y estamos, juntos, y podemos arrancar de nuestra retina la visión que en otro tiempo enamoró al hombre, despertémonos, seamos humanos, más humanos que nunca. Equivoquémonos, suframos, seamos vida y conseguiremos que algunas mañanas deje de oler a muerto.