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LITERATURA Autores inéditos o desconocidos

Libros fuera del tiempo

La balada del café triste, Carson McCullers.-

Nació en Georgia (Estados Unidos) el 19 de Febrero de 1917.

Su primera novela, la impresionante “El corazón es un cazador solitario” y publicada a los 24 años impactó considerablemente. Su poderosa manera de escribir y sus temas ya estaban en ese libro.

Para mí el principal es el misterio de la identidad, aunque la presencia de personajes más o menos oscuros, o esperpénticos, o marginales, ha hecho opinar a algunos que son una galería de personajes costumbristas del Sur profundo donde nació. A mí me parece que no se trata de eso en absoluto. Afortunadamente. Porque el costumbrismo sin más no es más que periodismo novelado. Es decir, la apariencia de la vida, su lado más evidente y superficial. Por el contrario el arte debería bucear y explorar y tratar de descubrir la esencia de la vida, por debajo y más allá de sus apariencias (como datos, costumbres y otros naturalismos simplificadores).

Carson McCullers profundiza de sobra, de manera sobrecogedora a veces. Aunque eso no suponga encontrar las respuestas, pero el viaje hacia dentro y hacia abajo abre ya multitud de puertas posibles, pasillos laberínticos y espejos, perspectivas y miradas insólitas, y todo el poso del mundo en la piel y en el alma.

Tras la segunda guerra mundial vive un tiempo en París. Allí se casó por segunda vez, pero su vida amorosa en general no fue feliz precisamente.

De regreso a Estados Unidos le siguen acompañando los periodos depresivos, el alcohol y una mala salud. Murió en Nueva York en 1967.

En 1941, al año siguiente de su primera novela, publicó “Reflejos en un ojo dorado”, una de esas historias de hilos entrecruzados desde dentro de sus tres protagonistas, que convierten sus acciones y sus gestos en todo un caleidoscopio ambiguo y desconocido, bajo el dato simple y engañoso de un triángulo amoroso, que incluye homosexualidad. La oscuridad de las motivaciones y contradicciones de sus personajes va bastante más allá del planteamiento al uso de este tipo de problemáticas, dejando la impresión apabullante de que toda persona es un precipicio sin fondo envuelto en niebla perpetua, sea cual sea su condición. El presentimiento de lo infinito detrás de una mirada.

“Frankie y la boda” apareció en 1946 y también fue llevada al cine.

“La raíz de las maravillas” es una obra de teatro publicada en 1958. “El reloj sin manecillas” es un libro de cuentos de 1961. “El corazón hipotecado” es un conjunto de relatos, artículos y poemas publicado tras su muerte, en 1971.

Y la sobrecogedora “La balada del café triste”, una novela corta, publicada en 1951.

 

La Balada del café triste

En un interesante y completo texto de Javier Memba, publicado en el diario El Mundo, se dice que está a medio camino de Faulkner y Capote. Yo puntualizaría, me parece que aúna lo mejor de los libros de ambos autores, fundiéndolo de manera tan personal como lúcida.

En sus relatos potentes imágenes inolvidables, la intensidad desgarrada y/o melancólica de sus personajes, la contención de sombra alargada, que destila sensaciones en varias capas emotivas al mismo tiempo, y la poesía hecha carne cuando los símbolos lo son de verdad, es decir están portentosamente vivos.

Hay además en ellos un halo perturbador, bien en los gestos o en el físico de sus personajes, en sus decisiones o en sus sueños. Y detalles repentinos que revelan el lado oscuro del mundo, no sólo en el sentido destructivo de la palabra, sino sobre todo en el sentido de lo desconocido y lo laberíntico. Creo que un director como David Lynch podría plasmarlos en cine de manera perfecta. Sin embargo la adaptación que hizo John Huston (aunque algunas de sus películas me encantan) de “Reflejos en un ojo dorado”, y a pesar de sus intérpretes (Marlon Brando y Elizabeth Taylor) no logra reflejar esa atmósfera tan típica de esta escritora. Por otro lado es lógico, Huston es un director mucho más “claro” y vitalista, incluso cuando habla de temas negativos.

En La Balada del café triste bucea sin nadar en la ceguera del amor. En su carácter arrebatador y repentino, en lo irracional y trágico que suele acompañar a las parejas inadecuadas-destructivas.

A veces, como cuenta la autora en la propia historia, se ama debido a que el amado/a se cruza en el momento oportuno, ante alguien que ha acumulado durante el tiempo suficiente una gran cantidad de amor sin volcarlo en una persona. Otras, puede ser debido a alguna asociación inconsciente que la persona amada “activa”, pone en marcha. Y todo ello sin proponérselo ninguno de los dos miembros de la pareja.

Naturalmente esto sólo le suele pasar a personas muy emotivas, o excesivas. Hay otras sin embargo que parecen pasar por la vida apenas rozándola. No se trata de cantidad de peripecias vitales sino de la forma de vivirlas, aunque sean pocas. Vivir en la superficie de las experiencias, o en su mismo fondo, involucrándose apasionadamente en ellas, o dejándolas revolotear graciosamente alrededor. En este tipo de personas parecería un imposible, por tanto enamorarse, o al menos contradictorio. Pero no. Si se enamoran no es en realidad de alguien sino que se vinculan afectivamente, a su manera discreta, con la persona que aparece, indiscriminadamente, por la necesidad expresiva del afecto. Por eso pueden “enamorarse” frecuentemente y se diría que les gusta casi todo el mundo porque cualquier pareja vale, y hasta pueden pasarse la vida entera al lado de alguien que jamás han conocido.

Por el contrario los personajes de Carson McCullers, y en concreto los de la Balada, pertenecen a los excesivos. Cada cosa que viven adquiere una involuntaria resonancia que les hace sufrir y gozar muchísimo más. Quizás por eso cada gesto produce la sensación de una especial trascendencia, cuyo efecto puede durar años. La reacción ante un hecho prolongarse durante décadas… Da la impresión de que es en esta gente “resonante”, más o menos complicada o diferente donde se agita el misterio de la naturaleza humana. ¿Qué es lo realmente humano?

A ese Sur profundo de Estados unidos, apasionado, racista, contradictorio, peligroso y bello llega una noche un esperpéntico y misterioso personaje: un enano jorobado arrastrando una pesada maleta. Y una mujer fuerte e independiente, práctica, sobria, e incluso arisca hasta entonces, que trató cruelmente a un marido que la adoraba de manera, una vez más, desaforada y destructiva, se enamora tiernamente de él ante la perplejidad de todo el pueblo. Y de nuevo una relación desgraciada a la que el dolor parece alimentar en lugar de agotar, sólo que esta vez los papeles están cambiados.

Es una historia en la que los hechos y las decisiones duran muy poco, son muy cortos en el tiempo. Son los efectos y las reacciones lo que se prolonga de manera incomprensible y devastadora. Y así su comienzo es con una casa destartalada que parece abandonada, porque su única ocupante hace mucho, mucho tiempo que no sale de ella. Nunca podremos penetrar en el alma que la habita… Aunque entráramos en la casa y habláramos con su habitante. A pesar de haber seguido sus pasos en la historia retrospectiva que se nos cuenta, y saber y presentir cómo ha llegado a ese momento, seguimos sin conocerla.

Una huella única, perdurable y perturbadora. Tristeza y honda dulzura, sabor agridulce y ambiguo. Mucha poesía contenida e incontenible. Tiene algo de catarata salvaje, que toca directamente el alma. Casi implacablemente.

[Tesa Vigal]