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Libros fuera del tiempo Envío textos:twakan@yahoo.es Por encima del mundo y El cielo protector, Paul Bowles.- [Tesa Vigal] “Estaba en algún lugar; para regresar de la nada había atravesado vastas regiones. En el centro de su conciencia había la certidumbre de una infinita tristeza, pero esa tristeza lo reconfortaba porque era lo único que le resultaba familiar” (de “El cielo protector”) Paul Bowles nació en Nueva York el 31 de Diciembre de 1910. Y pertenece a ese tipo de estadounidenses peculiares y/o inclasificables, que no lo parecen. Más bien parecen europeos (recuerdo ahora mismo a Allan Poe, Jim Morrison, Paul Auster, Woody Allen, Isadora Duncan, Scott Fitzgerald, David Lynch, Carson Mc Cullers…)
Siendo todavía un jovencito viajó por primera vez a Europa y al regresar a Nueva York estudió música. Compuso algunos ballets y música para películas. Ya desde aquel primer viaje lo hizo a la manera nómada que siempre le caracterizó. Fue un viajero de vocación, tanto en sus viajes propiamente dichos como en su manera de enfocar los temas y tramas de sus relatos. No sólo porque en ellos abundan los personajes que viajan por lugares ajenos, sino por su manera testimonial y constatadora de contemplar sin juzgar, de bucear bajo las apariencias para tratar de descubrir la esencia de las diferentes culturas y de lo que sucede en una historia. Llegó por primera vez a Tánger a los 21 años, donde acabaría instalándose definitivamente en 1947. Militó durante unos meses en el partido comunista, al que acabaría dejando porque la disciplina de cualquier partido se casa fatal con la libertad creativa y personal de un artista, y con las personas que aspiran a ser libres. Viajó por México y vivió allí algunos años. Aprendió español entre otros idiomas. También por Asia donde llegó a comprarse una casa en Ceilán (donde por cierto vivió hasta su reciente muerte Arthur Clarke.
Se casó con la escritora Jane Bowles (antes Auer) en 1938. Como apuntó, sutil y lúcidamente Andrés F. Rubio en el texto que publicó en el diario El País a raíz de su muerte en 1999, Paul fue su marido y amigo (el subrayado y cursiva es mío). Su relación fue ciertamente muy especial y poco frecuente: ambos tenían presente a la persona más allá de sus circunstancias, convenciones sociales o vida sexual. Una conexión profunda y real poco frecuente en las historias amorosas. De alma a alma. Quizás por ello ambos eran bisexuales y su mutua lealtad estaba más allá de cualquier situación, o episodio sexual de su pareja. Jane Bowles es otra escritora fascinante (de quien recomiendo su perturbadora novela “Dos damas muy serias”) y de la que existe una biografía que hace justicia a su lado más ambiguo y perturbador, más atormentado y laberíntico, en la editorial Circe (lamentablemente he olvidado el título, creo que era su nombre: Jane, o Jane Bowles). En ella también se cuenta la oscura y misteriosa relación que tuvo sus últimos años con su amante marroquí de la que sospechaba, y también su marido Paul, que la envenenaba lentamente. Sea como fuere tuvo una crisis “mental”, llamada por unos enfermedad mental, por algunos enfermedad cerebral, por otros locura, que la hizo acabar sus días en un sanatorio psiquiátrico de Málaga, donde está enterrada, en 1973. Por cierto se cuenta de ella que es uno de los dos o tres fantasmas que deambulan por el cementerio de la ciudad andaluza…
Conoció y trató a varios de los escritores de la generación beat (William Burroughs, Kerouac, Ginsberg…), que le visitaron en Tánger igual que Djuna Barnes, Tennessee Williams, Truman Capote, Gore Vidal… Sus relatos giran en torno a la hondura misteriosa de lo existente y las reacciones de la gente ante ello. Cómo lo viven. De ahí que recorran sus historias el miedo, la incomunicación, el desdoblamiento, los sueños (inducidos, sufridos, gozados, o dormidos), la desadaptación, la “extranjería”, la posesión, el tormento, la crueldad, lo desconocido, el deseo, la lucidez, lo lúdico, el destino… En 1949 publicó su primera novela: “El cielo protector”, publicada en la editorial Alfaguara. Fue llevada al cine por Bertolucci a finales de los 80 y protagonizada por John Malkovich y Debra Winger. No es una película redonda pero sí que logró trasladar a la pantalla la potencia fascinadora de algunas de sus imágenes. Sólo por eso merece la pena verla. Por cierto hay un pequeño cameo del propio Bowles, que sale unos segundos como cliente de un café de Tánger. Esta adaptación le sirvió monetariamente en una de sus muchas épocas de penuria, y para ser reconocido en su propio país, Estados Unidos.
Otras obras destacadas son: “Cuentos escogidos”, en la misma editorial. Incluye algunos tan fascinantes y sobrecogedores como “Un episodio distante”. “La tierra caliente” escrita en parte bajo los efectos del hachís, el kif marroquí. Publicada posteriormente con el título original “Por encima del mundo” en Seix Barral. “Déjala que caiga”, Alfaguara. “Cabezas verdes, manos azules” que es una crónica de sus muchos recorridos por el Sahara. “Memorias de un nómada”, a modo de autobiografía en la editorial Mondadori. En sus páginas aparece una definición de la magia que la relaciona con el efecto y motor del arte: “la magia es una conexión secreta entre el mundo de la naturaleza y la conciencia humana, un pasaje oculto pero directo que elude la mente” “Por encima del mundo”, en la editorial Seix Barral. Anteriormente conocida por el título “La tierra caliente”. Es muy significativa la abundancia de referencias en sus títulos a la naturaleza, en su más amplio sentido (mundo, tierra, cielo, manos, cabezas…) En último término ese es el tema omnipresente: el misterio que subyace en la existencia, presente de manera especialmente directa en las manifestaciones de la naturaleza.
El Cielo protector y Por encima del mundo Ambos libros parten de una situación similar, la de un matrimonio viajando por lugares lejanos, por culturas diferentes. El primero por el Sahara. El segundo por algún lugar de Sudamérica. En ambos aparece la situación de una pareja y sus relaciones con un tercer personaje, que actúa de espejo y detonante. Provocando la salida de todo lo que estaba encerrado, o dormido, en cada uno de ellos.
En El cielo protector los tres personajes de la primera parte acaban confluyendo, como si fuesen tres ríos, en uno solo (el de ella) mucho más caudaloso y laberíntico, cargado con el bagaje múltiple que se fusiona en ella, perdida y sola en medio del desierto y sus habitantes, en un recorrido interior y exterior, buceando en el tema existencial del lugar personal en el mundo. En cualquier mundo. Porque la extrañeza de una cultura ajena pasa a ser un simple reflejo de lo desconocido de la propia vida, incluso en la cultura propia de la que se parte y que en principio parecía “conocida”. Todo se cuestiona y nada se juzga. Se experimenta y se vive como la única forma de entender, de sentir el latido del mundo, que siempre pasa por el interior de cada persona que lo vive y lo “soporta”, lo transmuta y lo asimila. O trata de hacerlo, la única actitud posible si se busca la libertad y el descubrimiento de la identidad. En Por encima del mundo se exploran parecidas vivencias, aunque en este caso son los dos miembros de la pareja los que son sometidos a unas circunstancias incontroladas y desconocidas, movidas por el tercer personaje que les separa físicamente y les extravía. Pero aquí se añade el influjo del kif como alterador del nivel de conciencia, que en principio es neutro, pero dependiendo de cómo se use y se viva puede tener efectos de confusión, temor y salida del mundo. O por el contrario de descubrimiento y hondura en uno mismo y la vida.
En ambas novelas la base de lo que se cuenta es la propia experiencia, individual e intransferible, lo único que existe sea cual sea su fuente , mostrando lo que se siente y lo que se piensa, lo que se asocia y lo que se sueña en una situación y ante y con otras personas. Sin valorar ni tratar de interferir en ello. Cuando los planos de sensaciones parecen mezclarse: sueño y fiebre, efectos del kif, vigilia lúcida, fiesta colectiva y soledad… Por eso su manera de contar poderosa y a veces áspera, otras con el aura de espejismo de las imágenes del desierto, está empapada en la intensidad seca del misterio como un pozo sin fondo. Y cada imagen tiene el poder del primer plano, ya se trate de un paisaje de horizonte infinito y cielo altísimo, o de los poros de la piel de un centímetro de un ojo pasmosamente abierto. Una pequeña muestra extraída de “Por encima del mundo”: “Cerró la puerta y se quedó completamente inmóvil, esperando oír algún sonido en el cuarto; quería estar segura de lo que había visto. La señora Rainmantle estaba acostada todavía en su incómoda postura en la orilla de la cama que daba a la pared, y una de sus enormes piernas colgaba por un lado. En aquel instante de débil luz, a través del velo mosquitero, no podía estar segura, pero creyó ver que la señora Rainmantle tenía abiertos los ojos. Reaccionó cerrando la puerta aún más rápidamente. Y ahora escuchaba.”
Y la diferencia fundamental que existe entre los que viven y pasan por la vida como turistas o como viajeros, pues no sólo se aplica a los recorridos exteriores. Pertenece a “El cielo protector”: “Entre el turista y el viajero la primera diferencia reside en parte en el tiempo. Mientras el turista, por lo general, regresa a casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra (Yo añadiría y de su alma). El turista acepta su propia civilización sin cuestionarla y el viajero la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan”.
El universo inolvidable de Paul Bowles: dunas de arena infinita, luces deslumbradoras, sombras espesas y radicales, ropas y especias de colores intensos, duras líneas de khol bordeando los ojos, encuentros inesperados o buscados en los que se mezcla el destino y el azar, voces con sentidos extraños, zumbido de insectos, juegos de niños en la lejanía, sensaciones al límite de los sentidos, emociones desbordadas en hechos sobrios y escuetos, sueños al mediodía, personajes perdidos, barcos que recorren ríos bordeados de malezas selváticas, frases comprendidas en la distancia, emociones caudalosas de superficie estática, olor en el aire, memorias bifurcadas, equipajes abandonados, ventiladores de aspas en hoteles remotos de poblados aislados, lenguas agitadas y ululantes… Y en fin, como en el propio título de Bowles: cabezas verdes, manos azules. [Tesa Vigal] |