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No hay otro año como 1939: Lo que el Viento se llevó, Adiós, Mr. Chips, Cumbres Borrascosas, El mago de Oz, Caballero sin espada, Ninotchka y La Diligencia de John Ford.
Poesía, amor, odio, personajes estereotipados, morales y amorales que aparentan lo que no son, un claustrofóbico espacio, Monument Valley y la magia de Ford para describir el primer Gran Hermano de la gran pantalla.
Siete personajes de lo más variopinto en busca de la libertad. Todos esconden un pasado y deben convivir durante varios días bajo la tensión de un ataque apache de Jerónimo. La diligencia no sólo es el espacio de convivencia, allí es donde descubrimos la verdadera personalidad de nuestros personajes. Se ensalzan y “nominan” una y otra vez; parece que lleven viviendo juntos toda la vida cada uno con su media naranja, tan sólo el banquero se queda sólo y sin pareja.
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Cada mirada, cada palabra nos dice algo más. La historia avanza sin detenerse, los personajes se van encontrando en ese espacio tan finito, pero tan bien dibujado, en el que cada uno tiene su sitio. Se mueven y se miran buscándose unos a otros. La complicidad es su aliada. Jamás hubo un Gran Hermano tan expresivo con unos personajes qué por una vez sí valían la pena.
La prostituta, el doctor alcohólico, el caballero del sur metido a jugador, el héroe-forajido en busca de venganza. John Ford quiere enseñarnos todos los vicios de la sociedad, la hipocresía burguesa americana y el lado más humano de los personajes ensalzando sus valores y virtudes: la prostituta bondadosa que ayuda a la estirada madre sureña después de haber sido menospreciada, el ingenuo delincuente fuera de la ley, el médico borrachín que ayuda a dar a luz. Personajes repudiados y sin futuro, como sacados de una película de Ken Loach, todos huyen sin saber a dónde, y sin embargo son el eje de la historia. Su honestidad y lealtad están fuera de toda duda. Como dice Doc Boone (Thomas Mitchell) a Dallas (Claire Trevor) cuando son expulsados de la ciudad: “Somos victimas de una horrible enfermedad llamada prejuicios sociales.”
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Ese es el toque Ford, personajes de un estatus social bajo y delincuentes que son capaces de sacar de sí mismos los valores que más le gustaban: Valor, Lealtad y Camaradería.
El único malvado es el más respetado, el banquero. Es el cobarde que hay que dejar solo, el antipático y egocéntrico. Curioso símil con su profesión.
Cine social de una época en la que la única ley era la pistola, los hombres peleaban por su vida y los caballeros defendían a las damas.
Nada es lo que parece, la cámara es el único testigo, la que nos cuenta lo que sucede. Ford era un maestro del No movimiento de la cámara. No quiere interferir, quiere mostrarnos los hechos tal y como son. Es el Gran Hermano que vigila a nuestros protagonistas. Todos tienen algo que decir porque son parte de la historia. Ford involucra en la trama hasta a los mexicanos de los abrevaderos. Los indios son los menos culpables, son el trasfondo perfecto para crear la tensión necesaria. Es la sociedad y la injusticia la que nos obliga a embarcarnos en esta aventura llena de peligros, como la línea de la vida que todos debemos recorrer con unos pasajeros que no elegimos pero que son parte de nuestro viaje.
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Decir que es el mejor western de la historia del cine es quedarse corto, la manera de descubrir a los personajes y su psicología, descrita con unas breves frases magistrales, la sociedad hipócrita en la que viven, el trasfondo del ataque indio, el héroe y álter ego de Ford, Ringo Kid (John Wayne), una venganza de por medio y un paisaje insuperable hacen de la Diligencia un ejemplo de cómo hacer cine, y si no que se lo digan a Orson Welles y su “Ciudadano Kane” (1941), parte de su inspiración le vino de las cuarenta veces que vio esta obra maestra. Años más tarde le preguntaron por sus tres directores favoritos y respondió sin dudar: “John Ford, John Ford y John Ford”.
Tal vez nos parece tópico ahora ver a la caballería y a los indios persiguiendo una diligencia, pero alguien tuvo que ser el primero y desde entonces el sonido de la corneta nos dice que estamos salvados.
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Guión esplendido de Dudley Nichols basado en una breve historia de Ernest Haycox, “Stage to Lordsburg ”. Ford había trabajado con él en “El Delator”, 1935, Oscar al mejor guión adaptado. Nichols tiene el honor de ser la primera persona en rechazar dicho premio debido a diversos problemas laborales entre el Sindicato de Guionistas de Cine y la Academia de Cine, ¿les suena?
Curiosamente la idea vino del hijo de Ford, Patrick Ford, que había leído la historia en la revista “Collier’s” en Abril de 1937. Ford y Nichols adaptaron la historia y en agosto ya tenían el primer borrador, aunque tardarían año y medio en vender “Stage to Lordsburg”.
Extracto de una entrevista de Nichols y Ford con un periodista de Nueva York semanas antes del estreno en 1939: (“Tras la pista de John Ford”, de Joseph McBride)
*Estamos especialmente satisfechos de esta
película –dijo Nichols-, porque viola todos
los códigos de censura.
*No hay ni un solo personaje respetable en
todo el reparto –declaro Ford-El protagonista ha matado a tres hombres.
*La protagonista es prostituta –añadió Nichols.
*Hay un banquero que roba su propio banco
–señalo Ford.
*Y no te olvides de la mujer embarazada que
se desmaya –prosiguió Nichols.
*O del tipo que se pone gravemente enfermo
–dijo Ford, refiriéndose al médico borracho.
“THE DUKE” JOHN WAYNE (1907-1979)
Esta película no hubiera alcanzado el status de mito sin un héroe del que todos nos sintamos orgullosos. Un presidiario en busca de sangre, un fuera de la ley, un pistolero inocentón llamado Marion “Duque” Morrison.
Espectacular es la presentación de Kid en la película, ese zoom directo y vertiginoso, esa luz señalando que es el elegido mientras carga su rifle, constituye una de las escenas más emblemáticas de la historia del cine.
Sorprendente es además la forma en la que se conocieron estos dos amigos.
Morrison trabajaba durante el verano como encargado de atrezo y chico para todo en la Fox.
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A Ford le había llamado la atención un joven alto, rudo y buen parecido, por lo que un día le retó a un duelo. John Wayne era jugador de fútbol americano en la Universidad por aquel entonces. Sin previo aviso John Ford lanzó al suelo al joven Morrison y le increpó de ser un jugador mediocre. No terminó ahí el asunto y Duke retó de nuevo al joven director, “… en ese momento no estaba interesado en hacer carrera en el cine” dijo más tarde.
Esta vez fue Wayne quien golpeó y tiró al suelo a Ford, “…ése fue el momento decisivo de mi carrera cinematográfica.”, dijo Wayne. Desde entonces se hicieron grandes amigos y Ford llegaría a ser su mentor y amigo, aunque no se lo pondría fácil.
No fue hasta 10 años más tarde cuando le llegó su gran oportunidad. Ford decidió que ya estaba listo y en el verano de 1937 le ofreció el papel de Ringo Kid, su segundo gran papel.
Antes del rodaje Ford le preguntó a Claire Trevot si podría hacer una prueba con un joven actor: “Los promotores no lo quieren, el productor no lo quiere. Soy “yo” quien lo quiero…”, le dijo Ford. Curiosamente la gran estrella de la película iba a ser Claire Trevor, Dallas, pero el gran héroe acabaría siendo Ringo Kid.
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En 1930 Raoul Walsh contrató a Marion como actor principal por recomendación de Ford para la película “La gran jornada”. Era su primera gran oportunidad y hubiera significado el estrellato, pero aquello fue un fiasco que dio al traste con la carrera del Duque, relegándolo a papeles de películas de serie B y westerns mediocres pasados de moda. Además de terminar con la reciente amistad entre John Wayne y John Ford que no se retomaría hasta 3 años más tarde.
Pero esta película marcaría la vida de Marion Michael Morrison en otro sentido, pues a partir de ella fue rebautizado para el cine como John Wayne.
Wayne se pasaría la mayor parte de la década de los 30 actuando en pequeños papeles. John Ford siempre se metía con él y le increpaba para que mejorara su técnica como actor. Éste siempre le preguntaba: “cuándo le iba a tocar a él.”, a lo que Ford respondía: “Tú espera. Ya te lo haré saber cuando tenga el guión adecuado.”
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Esa oportunidad llegó y desde entonces John Wayne no dejó de ser una estrella.
Desde 1928 y en más de 35 años John Wayne apareció en más de 20 películas de John Ford, casi todas obras maestras: La diligencia (1939), Fort Apache (1948), Tres padrinos (1948), La legión invencible (1949), Río Grande (1950), El hombre tranquilo (1952), Centauros del desierto (1956), El hombre que mató a Liberty Valance (1962), etc.
“PAPPY" JOHN FORD (1894-1973)
John Martin Feeney nació en Maine en 1894. Este “Toro” irlandés de 1,83 metros, hijo de inmigrantes irlandeses, introvertido y reservado, tal vez por ese aspecto de grandullón con gafas de concha, en una ciudad yanqui dónde de forma despectiva llamaban mick a los irlandeses o hijos de ellos.
Le trajo a Hollywood “El tren”, como dijo en una entrevista cuando le preguntaron cómo había llegado. Siguiendo a su hermano Francis Ford, el cual trabajaba como director, guionista y actor para la Universal, llegó a L.A. en 1914 con el boom del cine mudo. Supo hacerse un sitio y destacó por encima de todos creando un estilo que maravilló a los grandes de la época.
Junto a David Wark Griffith (1985-1948) es la gran referencia y la imagen de la América de las primeras décadas del siglo. Si Griffith es el baluarte del cine mudo al que todos querían imitar, Ford es el maestro en los inicios del cine sonoro y más tarde se convertiría en el gran espejo en el que muchos directores han querido y siguen queriendo reflejarse, una leyenda. No es de extrañar que Centauros del desierto se haya convertido en una película de referencia para los grandes directores. Hay quien, antes y durante el rodaje, necesita visionar la película varias veces para sentir el espíritu Fordiano.
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Su cine es poesía, amor, lírica, épica, ensalzamiento del valor, el compañerismo y … el alcohol … en grandes cantidades. Sus películas son obras de arte, ventanas abiertas a un mundo donde los hombres luchan por la vida y el honor. Las mujeres son duras y frágiles, son ángeles en un desierto de odio en el que deben vivir. Aman más allá del amor. Es curioso como las mujeres de Ford esperan la muerte en el fuerte, aguardan a que el amado vuelva, sin otra ilusión que los cánticos del séptimo de caballería. Heroínas en un mundo de hombres, en el mundo de Ford.
Ford ensalza todo lo bueno que hay dentro de nosotros. Son cuadros del interior humano pintados con la mano de un artista. Busca para hallar dónde dejar su semilla; es el mundo de Ford, un lugar de vida donde no hay cabida para la mezquindad, todo se arregla con whisky y puños, todo muy irlandés.
Profeta en no mover la cámara, como si de un documental se tratara: “…para no despistar al público…”, llegó a decir. Capaz de transmitir todo un sinfín de sentimientos que nos llevan hasta los más recónditos confines de nuestra alma.
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Un genio en el manejo de los tiempos, drama y humor se funden en una sola escena, manteniendo la tensión en el espectador. Capaz de bajar a los infiernos y diez minutos más tarde dejar volar el amor y el humor con una boda y un baile, habiendo olvidado todo el rencor acumulado.
Nada es lo mismo desde 1973 y mucho ha cambiado el cine desde entonces, pero aún nos queda otro gran poeta del western, Clint Eastwood, aunque eso es harina de otro costal.
Tan sólo puedo resumir lo que Ford es al cine:
“Cuando la leyenda se convierta en realidad, hay que imprimirla” de El hombre que mató a Liverty Balance, 1962.
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ALGUNOS DATOS:
- Realizó 226 películas como director y/o productor entre 1917 y 1970.
- Participó en la rebelión irlandesa contra los británicos en 1921.
- Filmó el desembarco del Día D en la playa de Omaha y sirvió como contralmirante de la Marina de los Estados Unidos.
- Ganó cuatro Oscar de la Academia como Mejor Director: El delator (1935), Las uvas de la ira (1940), Que verde era mi valle (1941) y El hombre tranquilo (1952). Ninguna es una película sobre el Oeste.
- Ganó otros dos Oscar al Mejor Documental durante la Segunda Guerra Mundial.
- Fue el primero en recibir el premio a toda una trayectoria otorgado por el American Film Institute.
- Los indios navajos de Monument Valley bautizaron parte de su paisaje con el nombre de “John Foro Point”.
- En 1935 fundó con King Vidor, Lewis Milestone, William A. Wellman, Frank Borzage y Gregory La Cava la Asociación de Directores, reemplazando así a la Asociación de Directores de Películas.
Colaboración de:[Enrique Perea]
Texto complementario [por Francisco G. Castro]Cuando Ford creaba belleza.- Recuerdo cuando Ford creaba belleza en “My darling Clementine”. Belleza en blanco y negro, belleza de impresionantes claroscuros, de un perfil bíblico el paisaje que caía sobre los hombros de sus protagonistas: una película enredada en una historia. Porque Ford estaba tan seguro de contar siempre algo, hiciera lo que hiciera, que incluso se permitía el lujo de entrar y salir aparentemente de la historia que estaba contando: la de O.K. Corral. Como si contar una historia fuese atenerse a algo…
No, contar una historia es, en primer lugar, desviar nuestra atención. Atención a nuestra vida y a los problemas cotidianos, pero luego desviación de la desviación. Justamente ir en contra de lo esperado, ser capaz de atraer la atención del lector/espectador a esa frontera entre la promesa y el regalo, por lo tanto entre lo prometido y la sorpresa. Podemos subir muy alto siempre y cuando tengamos los pies puestos en la tierra, es decir desviar una y otra vez esa atención ya desviada antes, mientras haya algo en la memoria que sea cordón umbilical del interés, mientras el interés depositado en algo siempre recuperable. Así, al contrario, el viaje que hacemos en compañía de Ford, será más fascinante. Pues se nos está contando siempre algo esencial, apartándose en perfecto juego de lo aparentemente importante. Exactamente el juego amoroso, para quienes son sus amantes. Más importantes, pues, que contar una historia, es contar dos, tres, cuatro, cinco: todas las que hay detrás de la principal, porque entonces podemos comprender mejor los detalles cada vez más pequeños. Por ejemplo, Henry Fonda silbando una canción, tocándose el sombrero. Sí, lo fantástico de contar algo es cuando uno, en complicidad con su lector o con su espectador que todo lo sabe, puede bajar a estos caprichos de la mente, donde está el niño, la infancia remota, el mundo como un no existir, como un todo posible, como un regocijo íntimo e incomprensible. [Francisco G. Castro] |
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