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La épica del fracaso

Sobre "El peor viaje del mundo", de Apsley Cherry-Garrard

[por Miguel A. Delgado]

Cuando la Primera Guerra Mundial acabó no sólo le costó la vida a varios millones de personas y asoló países enteros, sino que además acabó con todo un mundo. De hecho, marcó la desaparición de los imperios más importantes que aún subsistían en Europa y, en su brutalidad, barrió con toda una concepción de la lucha, del sentido del honor y de los motivos por los que alguien podía morir y matar. Y entre la innumerable lista nos encontramos con alguien que no murió, pero que regresó a su país, Gran Bretaña, con un estado de salud delicado que ya no le abandonaría en lo que le quedaba de vida. Se llamaba Apsley Cherry-Garrard, y cuando estalló la paz, en 1918, tenía 32 años de edad. Aún viviría 41 más, pero más tarde declaró que la contienda le había convertido en un viejo, y que la verdadera cúspide de su existencia la había alcanzado unos pocos años antes, en las remotas tierras del Sur, como el miembro más joven de la tristemente célebre expedición del capitán Robert Falcon Scott, entre 1910 y 1913. Y lo narró en un grueso volumen simplemente apasionante, El peor viaje del mundo (Zeta Bolsillo. Barcelona, 2008), publicado originalmente en 1922.

Antártida
Antártida

No deja de ser curioso que dos hechos tan simbólicos como el hundimiento del Titanic y la muerte de Scott y sus compañeros Wilson, Evans, Bowers y Oates en las tierras de la Antártida sucedieran un mismo año: 1912. Quizá por lo que tienen de fracasos inmensos, hasta el punto de que la historia del intento de conquista del Polo Sur por la expedición británica ocupa un puesto tan importante en el imaginario colectivo como la exitosa de Amudsen, que llegó a su destino pocos días antes que el grupo de Scott. De hecho, y sin desmerecer los méritos del noruego, es innegable que los ribetes de tragedia tienden a aumentar la potencia simbólica de la segunda: si la crónica de Amundsen es la de la normalidad, la de un éxito más en la larga lista de hazañas de la humanidad, la muerte por congelación de Scott y sus hombres, documentada por las metódicas anotaciones y cartas halladas con ellos, y cuya redacción no abandona en ningún momento las formas de la exquisita educación de quienes las redactaron (aunque se escribiesen con manos en fase de congelación y con temperaturas de -35°, y aunque sus autores se consumiesen rápidamente por un error en el cálculo de provisiones), se vuelve más comprensible por ofrecernos una escala humana de sus protagonistas.

Portada de El Peor viaje del Mundo por Apsley Cherry-Garrard

Cherry Garrard 
Falcon ScottScott

Sobre todo, Scott. No hay lugar en el relato de Cherry-Garrard para el ensalzamiento mítico: ciclotímico, «lloraba con más facilidad que ningún hombre que de los que he conocido. Lo que salvaba a Scott era el carácter: estaba hecho de una fibra excelente que recorría su débil persona por dentro y por fuera y le permitía mantenerse entero». Porque si algo tiene claro el autor es que a un carácter firme, inquebrantable, rígido, lo único que le espera en una prueba tan extrema como la que tuvieron que enfrentar los expedicionarios ingleses es el romperse en mil pedazos. Paradójicamente, fue esa ausencia de rasgos heroicos en el carácter de Scott lo que le convirtió en uno: una figura, además, por la que cualquiera de sus hombres hubiera dado la vida (si de ellos hubiera dependido, habrían sido más de cuatro los que habrían encontrado la muerte junto al capitán), de la misma manera que él mismo se sentía responsable de cada uno de los que le acompañaban, incluso de los animales. Las anotaciones de Scott sobre los sufrimientos y el desastre que supuso adentrarse en territorio antártico con un grupo de ponies, la crónica la muerte de estos animales y el sentimiento de culpa que ello le supuso, o el hecho de que el capitán llegaba a arriesgar la vida por un perro que hubiese quedado colgado del arnés en una grieta, dan cuenta de un carácter fuera de lo común.

Amundsen

Amundsen

Antártida

En realidad, Cherry-Garrard tampoco era un héroe: hijo de un afamado general que había servido en la India, no tenía ninguna necesidad de embarcarse en una expedición tan llena de peligros y de suerte tan incierta como aquélla. Si uno lo piensa bien, parece difícil entender por qué alguien abandonaría una casa cercana a las descritas por Jane Austen para pasar más de tres años con un grupo de hombres sucios, malviviendo en condiciones imposibles para el ser humano, y viendo en muchas más ocasiones de las recomendables la cara de la muerte. De hecho, estrictamente, Cherry-Garrard nunca debió haber ido en esa expedición: a los 24 años, su miopía le obligaba a utilizar gafas, algo que se convierte en una tortura cuando te enfrentas a ventiscas en las que apenas se ve a unos centímetros de tus pies y debes sortear grietas con las lentes empañadas. Y sin embargo, Scott, gracias a la intermediación de su segundo, el doctor Wilson, no dudó en llevarle con ellos, quizá consciente de que, como en su caso, el forzar su debilidad le obligaría a sacar lo mejor de sí mismo.

Antártida
Antártida

Y vaya si lo hizo; de hecho, el título de El peor viaje del mundo no se refiere expresamente al del grupo de Scott al polo, sino a uno anterior, en el que Cherry-Garrard participó con destino a la zona de la costa en la que los pingüinos emperadores incubaban sus huevos. Aunque hoy inmensamente conocidos por documentales y programas, en aquellos años la reproducción de esos animales era aún misteriosa, y el doctor Wilson ardía en deseos de hacerse con unos huevos que pudieran ser estudiados. Con ese exclusivo objetivo, Cherry-Garrard, junto a Wilson y Bowers, iniciaron una aventura que sólo puede ser calificada de asombrosa, en la que tuvieron que enfrentar unas de las condiciones más duras sufridas por unos hombres de las que haya quedado testimonio, y en la que llegaron a estar más que convencidos de su segura muerte. Y sin embargo, los tres sobrevivieron (Wilson y Bowers sólo hasta el viaje del año siguiente al polo)... y todo por unos huevos a los que, además, la burocracia científica inglesa apenas prestó atención (el relato de la “donación” a un flemático e imperturbable chupatintas, ya de vuelta a Inglaterra, oscila entre la comedia y la burla sangrante por parte del establishment científico de salón al esfuerzo por el que casi habían muerto tres hombres). Y sin embargo, Cherry-Garrard lo tiene claro: volvería a repetirlo, volvería a morir por unos simples huevos de ave, volvería a hacer lo que tantos otros hicieron por riquezas o tesoros.

Antártida
Antártida

«Hay quien le dirá —escribe— que está chiflado, y casi todo el mundo le preguntará: “¿Para qué?” Y es que somos una nación de tenderos, y ningún tendero está dispuesto a parar mientes en una investigación que no le prometa un rendimiento económico antes de un año. Así que viajará usted prácticamente solo con su trineo, pero quienes le acompañen no serán tenderos, y eso tiene un gran valor. Si hace usted su correspondiente viaje de invierno, obtendrá su recompensa, siempre y cuando lo único que desee sea un huevo de pingüino.»

Antártida
Antártida

Escribe Paul Theroux en el prólogo que seguimos «ignorando cómo son los viajes por el espacio o la exploración lunar: ningún astronauta ha demostrado tener capacidad alguna para transmitir su experiencia mediante la escritura». Scott, aunque nunca llegó a saberlo, tuvo la suerte de incluir a un chico miope en su expedición, alguien que consiguió como nadie que llegáramos a entender por qué murieron aquellos hombres. Sólo por eso, merece la pena adentrarse en el relato de El peor viaje del mundo; y curiosamente, uno siente cierta envidia... no por los muertos, sino por aquel grupo que logró vivir algo más grande que cualquier otra cosa que les sucedió en el resto de sus días. Ninguno de ellos sabía si sobreviviría; afortunadamente, tampoco ninguno ha llegado a ver que ya se hacen viajes organizados a la cabaña donde el grupo pasaba el verano (la estación fría en el Sur). Y mucho menos conocerán el día (que desgraciadamente llegará) donde se plante un puesto de souvenirs en el mismo lugar donde estuvo la tienda en la que fueron encontrados Scott y sus hombres.

 

[Miguel A. Delgado]

Reservados todos los derechos © Wakan 2008 Miguel A. Delgado

 

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