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LITERATURA Libros fuera del tiempo (Mandrágora, Hanns Heinz Ewers)

Envío Textos: twakan@yahoo.es

Autores desconocidos o inéditos

Tres textos sobre literatura. Dos de ellos pertenecen a un libro ("El Fuego": "El arte de la ensoñación" y "En el país de las lilas") de ANTONIO COSTA. El otro texto es sobre poesía y su alcance: "Poesía e interpretación",de FRANCISCO G. CASTRO (que dirige un taller de escritura muy especial, en el que no se enseña a escribir con talento porque eso es imposible. Se habla de arte y se crea)

 

POESÍA E INTERPRETACIÓN

(Acercar la poesía al público) [por Francisco G. Castro]

La poesía es el género literario que, según se ha dicho a menudo, invita a presenciar más de cerca el núcleo íntimo de nuestra conciencia como seres humanos. Pero quizá no sea del todo cierto. Acaso, si quisiéramos ser más precisos, diríamos que la poesía es en realidad el género que más se acerca al núcleo íntimo de la palabra misma. O bien que es el género que crea la conciencia misma de intimidad: porque desde ella se supone que habla, y por tanto su palabra crea directamente la impresión de conciencia, y porque desde ahí también, desde esa conciencia, se supone que ve, entiende y crea, como en un espejo, sus emociones.

Sí, no es que la poesía equivalga a la emoción misma, no es que la poesía derive directamente de la emoción, sino que al proceder directamente de la conciencia, convierte todo lo que toca en la presencia misma de eso que toca. Y esa presencia, a fuerza de íntima, se vuelve emoción (lo cual hay que entenderlo, desde luego, como una metáfora. Recuerdo también aquel verso: “¡La transparencia, Dios mío, la transparencia!”*).

Colinas azules
Escribiendo

Por eso Neruda decía en sus odas elementales que amaba todas las cosas. Podía amarlas, porque podía insuflarlas a todas el valor de conciencia o de su emoción, la emoción de la cosa misma: unos zapatos, unas tijeras, unas rosas o un tomate. Lo que importa es el temblor que viene a agitar nuestro espíritu, a insuflar espíritu a nuestras palabras. Sin ese temblor, los zapatos, las tijeras e incluso las rosas están muertas. Nuestras palabras están muertas. Y nuestra misma conciencia permanece a la sombra, dormida. No hay en ellas conciencia ni emoción, y la intimidad misma queda nublada.

Hablamos pues de ese temblor, hablamos pues de la palabra misma. ¿Y podríamos afirmar acaso, arrogantemente, que ese temblor, que esa palabra es sólo propiedad de unos pocos? ¿Es acaso poesía la poesía porque sólo toca el corazón de unos pocos hombres? ¿O será acaso todo lo que creemos que es, precisamente porque encarna alguna verdad universal? Pero quitad lo de verdad universal, es algo que puede ser demasiado abstracto, aparte de enfático y pedante. No, me refiero a algo vivo en el corazón de todos los hombres, algo capaz de conmovernos instantáneamente, algo capaz, como quería Rilke, de hacer escuchar a las mismas fieras y crearles –crearnos a todos- “un templo en el oído”.

Pues, qué ha pasado entonces para que la poesía no llegue al oído de todos los hombres, para qué los seres humanos en general no lleguen a escucharla?

No, tranquilos, en realidad no ha pasado nada. En realidad la poesía no se ha ido nunca. Ni tampoco ha estado –ni está- siempre en el verso, o en la literatura. Por eso me gusta tanto aquel breve poemilla de Emily Dickinson:

“Ver cielo de verano

Es poesía, aunque no esté en un libro

-Los verdaderos poemas huyen-“ (Emily Dickison, abajo)

Dickinson

Y si los poemas huyen, ¿por qué no habrían de hacerlo las palabras? ¿No podríamos acaso imaginarlas como seres poderosos, o tal vez muy pequeños, diminutos, que se esconden, igual que las ondinas en el agua, en la brisa que revolotea perezosamente alrededor de unos tilos, en rocas imponentes en medio de llanuras y montañas, o mejor aun, junto a la húmeda superficie de los lagos? ¿No podrían ser las palabras ellas mismas, algo por sí mismas, sin necesidad de nosotros? ¿Y con ellas la poesía? ¿No podrían guardar las palabras el secreto más querido de la naturaleza?

Todo esto viene a cuento de que la poesía nunca se ha ido, de que las palabras mismas acaso nunca se han ido. Tal vez somos nosotros los que nos hemos retirado de ellas. Y eso, como diría alguien, es un primer punto.

Un segundo punto es que hay muchas palabras que jamás hemos oído. Eso pertenece al secreto del tiempo y del viento, y de hombres y mujeres y mujeres que pronunciaron, solos o en compañía, esas palabras. Tal vez fueron poemas, palabras, que ni siquiera llegaron a pronunciarse. Poemas, palabras, que no se dicen, que no se dicen incluso ahora, pero que están con nosotros –palabras emocionantes, verdaderas- todo el tiempo. Y ése, ése es un segundo punto. Las palabras que nunca fueron dichas, ni escritas.

El tercer punto es que la poesía nació con el canto, con la mímica y con la danza, y que se sospecha que nació fundida con ellas, entrelazada con ellas, formando ella misma parte de las cosas que hoy llamamos música o canción, representación o teatro -¡teatro!-, y también danza sí, un movimiento que arrebata al cuerpo y lo pone a seguir el hilo de baile de una misteriosa, sagrada kundalini. Una kundalini danzante, enigmática, sin palabras, o que habla con palabras demasiado finas para nuestros oídos. Y ése como digo, es otro punto.

Hay muchas canciones hoy en día que son poesía, mucho teatro –en el sentido más amplio de la palabra- que es poesía, y mucho temblor enigmático, que puede surgir como una danza, en cualquier parte del cuerpo de una mujer o de un hombre, que es poesía.

Y así llegamos ahora a nuestro punto. ¿Por qué no escuchan muchos de esos hombres y mujeres hoy en día, lo que comúnmente llamamos poesía? Y, sobre todo, ¿por qué desconocen que lo que, esencialmente, alberga esa poesía, tal vez más íntimamente que cualquier otra, no es otra cosa también que ese temblor, ese soplo sin forma, con todas las formas, del espíritu?

Descartemos de antemano todas las teorías sociales, culturales y políticas, o históricas ¿Para qué querríamos llegar tan lejos? No llegaríamos.

Quedémonos sólo con una clara, pequeña imagen, con una pequeña pero concreta, fantástica certidumbre. Es como lo que decía Walt Whitman -¿os acordáis algunos?: “Te arrullo con mis labios, te susurro/ te insinúo por primera vez el problema, el pensamiento indirecto”.

Hay algo, continuaría aún diciendo el buen bardo, el alegre bardo: hay algo, algo muy simple y muy concreto que podríamos hacer. Algo que explica todas las carencias, todas las ausencias, toda la ignorancia y la falta de motivación: la mayor parte de toda esa gente que decimos que no le gusta la poesía, es que nunca ha tenido oportunidad en realidad de escuchar la poesía, de oírla todavía con la vieja pasión del canto, de proclamarla y decirla con la antigua voz del teatro, de expresarla como la puede expresar un cuerpo. Un cuerpo, que diría Cernuda.

Y yo, con el único derecho que me da una cierta experiencia, os digo lo que ocurre cuando a la mayor parte de esa gente se le da esa oportunidad: se detienen a escuchar la poesía, descubren que aman la poesía y la reconocen como una sensación propia, que brota y los conmueve, como nunca antes hubieran pensado, desde lo más profundo de su propio ser.

Así que volvemos a nuestro punto, a este punto de aquí y ahora, a esta pequeña pero clara imagen que tal vez lleve a hacer algo, algo tal vez pequeño, de no gran dimensión, pero muy concreto y necesario:

Hay que desterrar, y desterrar por completo, la muy moderna idea de que la poesía lírica no es espectáculo. ¿Quién ha puesto en circulación esa idea? La verdad es que como dice uno de los personajes de “Eva al desnudo” en memorable parlamento: “todo es teatro(...), donde haya magia, fantasía y público, hay teatro: el Pato Donald, Ibsen y el Llanero solitario, Sarah Bernardht y Poodles Hanneford, Lunt y Fontanne, Betty Grable, Rex el caballo salvaje, Eleonora Duse: todo es teatro. No los comprende uno a todos. No nos gustan todos ¿Y qué importa? El teatro es para todos, incluido usted, pero no en exclusiva. Así que no apruebe o desapruebe. Quizá no sea su teatro, pero es el teatro de alguien, en algún sitio”.

En segundo lugar, hay que descartar la idea de que la gente no esté preparada para escuchar cierto tipo de poesía. ¡No antes, al menos, de que hayan podido escucharla, naturalmente! Y eso es, en general, lo que la gente, mucha gente al menos, no ha tenido la oportunidad de hacer: escuchar poesía, verdaderos poemas, escogidos con criterio, sentidos con profundidad e intensidad, e interpretados con la misma pasión. Sí, pasión o ganas, que suena muy castellano, mucho más directo. Porque el oficio sólo no basta. Hay que tener ganas, hay que buscar la comprensión, ha de sentirse la identidad, ha de creerse en lo que se hace, en esa comunicación prodigiosa que puede llegar a producirse entre el intérprete de un poema –como el de una obra dramática- y su público.

Y entonces el milagro ocurre. Watanabe –el poeta peruano- es como el detective Poirot, pero mejor, o tal vez es que Poirot y Watanabe tenían los dos sentido, pero para un público similar, y había que descubrirlo. Watanabe pues y Poirot. Miguel Hernández y el Capitán Trueno. Nicolás Guillén compitiendo con las películas bélicas y los musicales. Alberti como Zipi y Zape.Paul Celan –el poeta que mejor escribió sobre los campos de exterminio nazi- venciendo por knock out a la mismísima “Lista de Schindler” y a todas las películas de Spielberg (perdón, ya sé que Spielberg es el teatro de alguien en algún sitio, pero es que yo en este mismo momento estoy interpretando a un personaje de teatro: vosotros, ¿lo entendéis, verdad?).

Bukovski

Lo cierto es que algunos poetas se han metido tan dentro de sí mismos, o de no se sabe qué laberinto conceptual, que su propio público ha acabado creyéndolos: la poesía es cosa de minorías. Y el pudor, cuando no directamente la falta de comprensión, les ha quitado el valor y el coraje para interpretar sus propios poemas, o para animar a otros a que lo hagan. Aunque lo cierto es que, según mi experiencia, los mejores intérpretes de poemas son los propios poetas. Ellos son los que tienen que espabilarse, ¿dónde está su espíritu de comediante? Algunos de los primeros compositores de haikus eran peregrinos –viajeros-, monjes y poetas. Siempre pensé que no había nada mejor para un hombre que esa triple función, pero hoy añadiré, o sustituiré, la de viajero por la de comediante. Por suerte, en este sentido, siempre nos quedará Bukowski. El comprendía muy bien lo que podía dar de sí un recital. El era “acojonante”(tal y como él lo diría) sólo porque entendía que un recital era algo “acojonante”. Y eso lo han olvidado muchos poetas de hoy en día. Así pues, no lo olvidéis vosotros. ¡Si hasta la propia conciencia para el místico es espectáculo, como iba a no serlo la misma poesía, por muy íntima o no íntima que sea!

¿Sabéis qué? Hace muchos, muchos años, en una tierra muy lejana, llamada China, en la época de la dinastía Tang, escribían poesía hasta los funcionarios. ¡Los funcionarios, Dios mío! Todo el mundo escribía poesía y no sólo el célebre Li Po. Funcionarios, campesinos, soldados ¡todo el mundo! Seguro: no los comprenderíamos a todos, no nos gustarían todos. Pero ¿qué importa? Quizá no sería vuestro teatro o mi teatro, pero sería el teatro de alguien, en algún sitio.

[Francisco González Castro]
Director de la Escuela de Creación Literaria de Arteduna
y de los cursos de “Poesía e interpretación”
que se imparten en la Escuela:
www.arteduna.com

*Juan Ramón Jiménez: Dios deseado y deseante.

Reservados todos los derechos © Francisco G. Castro, Wakan

 

EL SENTIDO DE LA ENSOÑACIÓN

[por Antonio Costa]

Vivimos en la realidad, que es un producto fabricado, el conjunto de lo que aceptamos ver, el resumen que hacemos de una vida ilimitada. Es el resumen que se nos impone socialmente, ideológicamente, construido por ideologías, estados, doctrinas, inquisiciones, costumbres. Lo que marca en qué tenemos qué creer y en qué no, que es lo sensato y razonable, y qué supone locura y desviación. Si no nos mantenemos en sus límites tenemos distintos castigos, como son la hoguera, el manicomio, las tinieblas exteriores, la soledad que no se puede comunicar a nadie, a veces la cárcel. Y en ocasiones la angustia y el vértigo.

Ensonacion

Así durante milenios estamos encauzados en unos límites y tenemos una imagen canónica, de la que algunos se salen más o menos. En otros tiempos fue la religión, ahora la ciencia, siempre hay un paradigma más o menos obligado, y lo que no conviene más vale no mirarlo. Lo que no encaja no existe. Como bien supo Freud nuestra consciencia dicta las normas. O lo que los clásicos llaman la mirada sana. Pero vienen místicos., visionarios, poetas, soñadores, a poner en duda todo eso. A romper el muro de separación, a dejarnos ver el infinito detrás del agujero, a sacarnos todo lo que está escondido.

La ensoñación conecta con ese fondo descartado y oculto. Hace salir nuestras fuerzas interiores, libera el deseo y la imaginación, da un vehículo a nuestra parte oculta. Ya no es solo que saque lo reprimido por procedimientos simbólicos, es que también da salida a lo que es inexpresable con nuestro lenguaje, a lo que no cabe en nuestras sensateces. Conecta con la buhardilla de la vida, con los sótanos donde se guardan los vinos. Saca a la luz por ello un mundo de ambigüedades, de cosas en transformación continua, de seres contradictorios e insensatos. La ensoñación conecta con ese mundo que siempre estuvo ahí, al margen de la Historia y de nuestros prejuicios, y que no puede destruirse de ninguna manera. Donde están nuestros monstruos y nuestras princesas.

Si decimos “sueño”, tiene un sentido pasivo, de entregarse a lo informe sin elaboración ninguna, de volver a lo primordial. La ensoñación tiene un sentido más activo, más creador, de poner lo secreto al nivel de lo comunicable, de suscitar imágenes que permitan transmitir lo que escondemos. Por medio de la imaginación damos forma a todo lo que escondemos dentro. Por eso “sueño” tiene un sentido clínico, psicológico, biológico, pero “ensoñación” se refiere ya a una actividad imaginativa, a conectar con nuestros arquetipos más profundos.

Como el ensoñador conecta con un mundo hirviente y cambiante, ese mundo que está más allá de los conceptos, ese mundo dinámico del que hablaba Bergson, sus creaciones nunca cabrán en escuelas, en doctrinas, en sistemas. El ensoñador siempre será peligroso para todos los sistemas, para todas las inquisiciones. Por eso molesta a los inquisidores, como los místicos. Por eso no lo toman en serio los filósofos, pues la filosofía occidental, lejos de ser una verdadera sabiduría que conecta de verdad con la vida, solo consiste en crear sistemas, que por definición son falsos todos, pues la vida es asistemática. El ensoñador molesta e inquieta. Está siempre al borde de todas las herejías, aunque muchas ortodoxias intenten encontrarle un hueco. A cualquier místico, aunque esté en las bibliotecas oficiales, a poco que se le lea de un modo vivo, se le encuentra su lado travieso.

El ensoñador, entonces, coincide en gran medida con el rebelde de Camus, o sea, el que defiende contra todos los sistemas la dignidad humana, es decir, su vitalidad irreductible. Muchos de los rebeldes de Camus son soñadores en algún sentido, y es que toda rebeldía es una ensoñación y viceversa. Los sistemas tratan de clasificarlo todo, de encontrarle un lugar a todo. Pero la ensoñación habla de seres vivos y palpitantes, que nunca tienen un lugar prefijado.

Y también el ensoñador coincide en gran medida con el que Colin Wilson llamaba “el desplazado”. En ese extraordinario libro Wilson hablaba de solitarios que se retiraron al desierto, que salieron de los tópicos de su sociedad, para conectar realmente con los pulsos secretos de la vida. Habla de Thomas Traherne , y otros místicos y poetas metafísicos. La ensoñación es soledad, porque está al límite de lo comunicable, y también porque es rebeldía, que un ser excepcional sea él mismo, al margen de las domesticaciones colectivas. Y solo si alguien se coloca en radical soledad de vez en cuando, puede acceder a los flujos del mar sin estorbos y tener algo que dar de verdad a los demás. Así fueron también los místicos, los que conectan con el misterio. Y los creadores de religiones y mitologías, que fueron una forma en principio de traducir la vida.

Estamos, pues, metidos en sistemas, en modos de vida. Todo parece conocido y ordenado. Parece que ya no hay nada que temer ni que esperar. Pero la ensoñación, como la travesura de los niños, nos enfrenta a lo desconocido, a lo ilimitado. Nos hace captar todo lo que queda fuera, o debajo, en el infierno, es decir, el mundo inferior. Nos conecta con los demonios, es decir, los intermediarios. O con los ángeles, o sea mensajeros. Nos muestra la vida como una aventura, como una creación incesante. Nos revela que nuestras leyes y nuestras explicaciones son todas provisionales. Nos dice que no hay límites y no hay conclusiones. Nos muestra, como señalaba Jung, una serie de arquetipos creadores e incesantes, que nunca podrán aplastarse. Se pueden esconder pero nunca aplastar. Y por eso se despertaban gritando los personajes en la novela de Orwell: Muera el Gran Hermano.

Vivimos en un mundo que sobrevalora de manera absoluta la inteligencia. Nada tiene valor si no tiene relación con la inteligencia. Todo lo demás es frívolo, risible y secundario. Y paradójicamente se puede decir que la inteligencia es tonta, que no capta de verdad la vida, como señaló muy bien Bergson. Si acaso sirve relativamente para la materia inerte, pero no para la vida. Porque la inteligencia consiste en establecer relaciones rígidas entre las cosas y marcar leyes de comportamiento. Si esto es así, lo otro es asá, etc. Pero esas leyes se cumplen en un ámbito muy restringido, o fallan descaradamente. La verdadera sabiduría no consiste en establecer reglas, sino en mirar directamente como suceden las cosas, en ver. Consiste en la visión. Y esa visión que supera nuestros conceptos es la ensoñación. La que saca lo que no queremos ver habitualmente. La sabiduría, en ese sentido, es lo contrario de la inteligencia. Ya lo mostraron muchos sabios y libros llenos de sabiduría.

Puedo demostrar de mil maneras, con una inteligencia super brillante, y super especulativa, que delante de mi casa no hay un árbol. Y puedo demostrar que el movimiento no existe. Pero salgo a la ventana y veo un árbol. Y me pongo en marcha y el movimiento existe. Y lo capto con mi sensibilidad, mi imaginación, mi intuición. Con mi pasión, cuando vibro en consonancia con el árbol. Y saco a la luz todo un mundo hirviente e ilimitado a través de la ensoñación. Lo que nunca harán los filósofos. Lo que no consienten los prejuicios de cada época. Lo que pone nerviosos a todos los clérigos y los inquisidores. Por ejemplo, la mayoría de las ensoñaciones que vamos a ver se refieren al amor. Y el amor siempre fue algo disolvente para los curas, algo que ofendía a la santidad del matrimonio, algo desordenado, un pecado.

 

EL PAÍS DE LAS LILAS

Juan Eduardo Cirlot, aunque casi nadie lo sabe, es uno de los poetas más profundos y fascinantes que ha dado España. Es casi un secreto. Estuvo ligado al grupo postista, en la postguerra. Estudió los símbolos, que conocía muy a fondo, y escribió el mejor manual que existe sobre el tema. Escribió sobre arte. Y escribió innumerables libros de poesía. En ellos encuentra permutaciones con las palabras, suscita su magia y sus resonancias inesperadas, se inspira en temas esotéricos y místicos, desarrolla sugestiones orientales, se asoma a todos los misterios, trata las formas más infinitas y subterráneas del amor. Una actriz que protagonizó una película de espada y brujería en los años sesenta le hizo concebir una diosa mítica a la que amó en numerosos poemas. Y desarrolló todas las formas de la ensoñación.

Uno de sus libros más escalofriantes es “Donde las lilas crecen”. Con formas muy sencillas y populares, como las de Bécquer, al que se remite en algún verso, desarrolla versiones secretas y abismales de la pasión y de la sabiduría sentimental. Son versos pegadizos, de una tersura increíble, que pueden quedarse en el oído para siempre, pero que nunca agotan sus significaciones. Eso es el logro supremo: evocar en formas sencillas los territorios más vastos del sentimiento y de la evocación simbólica.

Cirlot  

En “Donde las lilas crecen” Cirlot se inventa una Inglaterra mítica para uso poético. Inglaterra es el mito, la distancia, el país más allá del mar. Y al lado del mar. Primero es una infancia inmensa y apasionada, también creada como un mito. Nunca podré olvidar estos versos: “Te conozco /Eres aquella niña/ que jugaba con vidrios y violetas/ mientras el horizonte enloquecido/ se ponía muy pálido”. Tenemos una infancia enloquecida y nostálgica. El paisaje incendiado con la visión y la plenitud. La palidez como símbolo de lo más hondo. Igual que la muerte. La pena como forma de la nostalgia y la infinitud. El deseo de una vida sin límites y un amor sin riberas. La ensoñación como territorio de la plenitud.

Es un país mítico de invierno y de lilas. Las lilas son la forma más delicada de la pasión y de la intensidad. Del sentimiento, del acercamiento. Son como el acrisolarse de las emociones. Y en ese ámbito se desarrolla una dulzura increíble, que no tiene nombre. Una dulzura que descubre los posos más inexpresables del corazón. La última experiencia. El poeta dice: “Y tu mejor dulzura, / aquella que no sabes, viene lenta”. Lo más profundo es lo que no se sabe, es lo desconocido. Porque no puede conocerse, no puede encajonarse en palabras. Va más allá de nuestra capacidad de nombrar. Y la lentitud es sinónimo de profundidad, de lo más escondido, de lo que está fuera del tiempo. De lo eterno, de lo obsesivo, de lo que siempre se repite. Es decir, de la pasión más invencible.

Y luego es un buscar a esa amada innombrable, por medio del amor y la amargura. Más allá de las horas y los días, con una tenacidad profunda, bajo los cielos en ruinas. La tenacidad es la forma del absoluto, del apasionamiento. De la dimensión mítica, de la ensoñación. La ensoñación ahora es una profundización, un ensanchamiento de la mirada. Que va más allá de todas las formas.

Y como en una canción de cuna, él la espera en una playa. Ella viene en una barca, y se vuelve a ir, repetidas veces. Ella pertenece al mar, lo absoluto, lo intemporal. También la muerte y lo ilimitado. Lo que no tiene barreras. Se asoma, ofrece una experiencia y se pierde en el mar otra vez. En el otro lado, en la inmensidad. O es una casa en una selva lejana, donde el viento llora. Ella vive en una casa eterna, pero no está. Hay una diferencia entre el vivir y el estar. El vivir es el latido profundo, lo latente, lo indestructible. El estar es la manifestación, el aparecer. Cirlot ama a una mujer secreta e infinita que muchas veces no se manifiesta, no puede tocarse. Pero que él intuye y besa por medio de la ensoñación. Se anuncia el amor absoluto, la pasión más silenciosa. La sabiduría de la pasión.

Y es la ternura, una ternura sobrenatural, la que le hace encontrar a la amada. “Usaré mi ternura/ contra ese muro muerto que persiste”. La ternura lo hará ir más allá de los días y los años que lo separan de ella. Le hará encontrarla en ese lugar mítico de la pasión plena. “Hay un lugar lejano/ donde las lilas crecen/ donde crecen las rosas/ y en tu amor sobrevivo”. Ahora el amor es la casa. Es el medio de acercamiento, es el medio de sabiduría. Es la vida en su esencia. Es la experiencia máxima. Y está junto al mar, en lo eterno, en lo inmenso. “Oigo el mar que golpea./Oigo el mar en mi puerta”

Uno de los poemas del libro se titula “Dream”. El ponerlo en inglés crea ya ese territorio ausente, fuera de lo real. Subraya la ensoñación. Y aquí se explica su visión de Inglaterra lejana y soñada. “A veces/ sueño con Inglaterra (litorales,/comarcas azuladas”. Crecen las lilas, dice, junto a las olas desoladas. El amor no necesita sentirse desgraciado para serlo. La desgracia aquí es el nombre de la nostalgia, de la insatisfacción. De lo que no está realizado. Porque este sueño inmenso de amor no puede realizarse. Y la experiencia va más allá de nuestro sentimiento, de nuestras palabras. No hace falta que nombremos las experiencias para que sean. A través del lenguaje Cirlot alude a lo que va más allá del lenguaje. Se refiere a lo que siempre será desconocido, lo que siempre irá más allá. La aventura esencial.

Y se imagina a la amada como una muñeca encerrada. La alusión a la muñeca está llena de significado, como si fuera una estatua, porque alude a la inmovilidad de lo eterno, a lo permanente, a lo obsesivo, a lo que subsiste. Algo más profundo que está más allá de los movimientos superficiales. Y está enterrada, secreta. Y dormida, con todas las sugerencias que tiene el dormir, el vivir en secreto. Llora en el corazón y aparece en los ojos. Todo lo que está escondido tiene fugaces y apasionadas apariciones. “Volverá la ternura entre las ramas”, dice Cirlot homenajeando a Bécquer. Y la ternura es como esa pasión tan acrisolada, tan silenciada que ni siquiera se nombra a sí misma. Es el más profundo medio de conocimiento. “Volverá sobre el pálido camino”. La palidez y la muerte se constituyen en una epifanía. En la muerte cabe todo, como lo más escondido de la vida. Donde se fragua todo, donde se esconde todo. Donde todo está fuera del alcance de nuestras manipulaciones, de nuestras palabras. “Ha muerto: oigo que dicen./ He muerto: tú lo sabes”. En la muerte los dos se encuentran. En ese territorio donde todo es posible se da la plenitud. La muerte es la ensoñación máxima, es el mito. Significa apagarse y esconderse. Volverse todo secreto, esconder la vida totalmente. Volverse completamente invisible, como Orfeo, como Rilke.

Ningún poeta español de ninguna época ha expuesto con una sencillez tan apasionada, con una simplicidad tan profunda y llena de fuerza, los temas del amor, el mito y la plenitud. Nadie ha desarrollado una mitología de una forma tan coherente, y nadie ha puesto tanta pasión y tanta vida en unos símbolos, que indican todos sus anhelos, todas sus vastedades. Leerlo es ir más allá de la vida, volverse secreto, estremecerse en miles de subterráneos. Y se desarrolló de forma secreta, también eso es coherente. Casi nadie conoce a Cirlot, casi nadie lo admira. Pero seguro que somos unos pocos devotos los que le encendemos velas. Cirlot ha sido uno de los pocos mensajeros que nos han conectado con el mundo más vasto. De los que han incendiado el terreno de las ideas de Platón. Como ha visto otra autora que está en su onda, Clara Janés.

Y yo quiero ser huésped eterno del país de las lilas de Cirlot.

[Antonio Costa]

Reservados todos los derechos © Antonio Costa, Wakan