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EN CARTELEl tren de las 3 y 10, James Mangold.-[por Ana Martínez Yuste] Siempre me han fascinado las situaciones, lugares y épocas fronterizos. Es en esa tierra de nadie donde más se puede explorar de dónde surge y cómo la civilización, con comillas y sin ellas, el periodo previo a la generalización de normas colectivas aceptadas. El germen, los motivos que las provocan. En las fronteras, más que en ningún otro momento vital, predominan los valores propios de cada persona, si es que los tiene. La civilización tendría que añadir las normas elementales de convivencia, pero a veces lo que pretende es sustituir con los suyos, los valores de cada persona. Afortunadamente, no siempre. El soslayar, o condenar la conciencia individual, es el caso de las sociedades teocráticas, periodo por el que también pasó la civilización occidental, y es lo que siguen imponiendo las otras dos religiones monoteístas, judaísmo e islamismo. Pero, aunque actualmente las democracias occidentales recogen en sus constituciones uno de los derechos humanos fundamentales: la libertad de conciencia individual, muchas personas prefieren, de hecho, seguir recibiendo normas morales del exterior (por eso suelen ser carne de cañón de cualquier secta, en momentos vitales difíciles), en lugar de descubrir sus propios valores personales. La libertad da mucho miedo, porque implica aceptar y asumir las consecuencias de las elecciones libres de cada uno, y el conocerse a sí mismo, una de las cosas más arduas de conseguir, no sólo exige mucha valentía sino una necesidad visceral de vivir auténticamente. Los valores propios se caracterizan por esa necesidad de vivirlos, y esa necesidad es la que los lleva, por tanto, hasta el final de cualquier situación, aún a costa de la propia vida. La diferencia con normas exteriores, asumidas dogmáticamente, es que al ser conscientes de los valores propios, se reconoce la importancia y trascendencia de los suyos en los demás, tan intransferibles como los tuyos. Y surge, como una consecuencia natural, el respetar los de todos. Por lo tanto nunca podría usarse una imposición violenta, en nombre de nada ni nadie. No tendría sentido. Y lo impuesto desde fuera no tiene futuro como consecuencia de carecer de base íntima. Esta historia habla de eso. Cuando los valores personales la llevan por un difícil y arriesgado camino. El cine ya trató ese tema en otra especial película, no siempre bien entendida, “Sólo ante el peligro”, con un inolvidable Gary Cooper. La gente que carece de valores propios, cree que tampoco los tiene nadie y suele contemplar cínicamente este tipo de temas, que a mí me emocionan profundamente. Suscribo en este sentido una frase de Oscar Wilde: “los cínicos conocen el precio de todo y el valor de nada”. La película reposa y respira en la magnífica interpretación de Russell Crowe y Christian Bale, que emocionan con ese otro tema, indirecto, fascinante y complementario, el acercamiento, el diálogo entre personas más o menos opuestas, hasta encontrar el contacto desconocido. Es lo que tiene el profundizar, acaba por encontrarse un sustrato común. Inesperada, vibrante, apasionada, auténtica. [Ana Martínez Yuste] Reservados todos los derechos © Ana Martínez Yuste, Wakan ____________________________________________________________________________ Y además Wakan recomienda:Aliento, Kim Ki-Duk/ Antes que el diablo sepa que has muerto, Sidney Lumet/ Conversaciones con mi jardinero, Jean Becker/ Hace mucho que te quiero, Philippe Claudel/ Hacia rutas salvajes, Sean Penn/ El jardín de la alegría, Nigel Cole/ Una palabra tuya, Ángeles González Sinde/ El rey de la montaña, Gonzalo López Gallego/ Vicky Cristina Barcelona, Woody Allen/ Wall-e, Andrew Stanton/ Yo serví al rey de Inglaterra, Jirí Menzel/ |