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Libros fuera del tiempoMandrágora, Hanns Heinz Ewers.-[por Tesa Vigal]SU AUTOREsta novela alemana, escrita en 1911, tuvo cierto éxito en la época llegando a tener 28 traducciones y cuatro adaptaciones cinematográficas. En concreto la primera versión filmada acabó siendo un referente del expresionismo alemán, con sus luces radicales, sombras espesas y fachadas distorsionadas. La editorial Alfaguara –en su mítica colección Nostromo, de libros muy especiales más o menos olvidados- la publicó en los años 80. Luego se ha reeditado en otras editoriales, al menos que yo recuerde en la editorial Valdemar recientemente, en el 2000 y pico…
Se sabe muy poco del autor. Vivió en la misma época que Gustav Meyrink, el autor fantástico del Golem. También se le relaciona con sociedades, o grupos medio espirituales medio artísticos, por ejemplo con la sociedad de la Aurora dorada, la Golden Dawn con miembros como Arthur Machen (otro fascinante escritor admirado por Borges), Yeats el poeta irlandés, Conan Doyle, Bram Stocker… No sólo escribió novela, también guiones. Dirigió además varias películas y murió en 1943, en plena segunda guerra mundial.
SOBRE EL RELATO “¿Quién detendrá la lluvia?” (Creedence Clearwater revival) Su manera de escribir es una honda y marcada atmósfera, semejante a una fusión de la de Hoffmann y la de Allan Poe. Sus potentes imágines no se olvidan. Mandrágora, o Alraune (nombre original de la novela y de su protagonista) surge de la noche, de la fiebre y lo primitivo. De ese acero indomable de las mujeres que basan su enorme fuerza en el misterio de lo sensible, y así utilizan todo aquello que se ha enterrado vivo.
Cuenta la historia de una enorme osadía: la plasmación real de una vieja leyenda (la mandrágora es una planta, mejor dicho, raíz con forma de figurilla humana que surge en la tierra donde cae el último semen de un ahorcado, y con supuestas propiedades mágicas y ambivalentes, pues por un lado otorgaría a su poseedor riquezas fabulosas y poder, pero por otro le conduciría a la muerte). Majestuoso; pero el ser que nace sin que nadie piense en él, si no es para gratificar ambición y vanidad, resultará mucho más poderoso que sus creadores. Resultará incontrolable, abismal e indómito. Libro recorrido por una audacia insatisfecha. En frase de su preludio, en una época presidida todavía por la moral y la vida de tipo victoriano, a punto de desaparecer tras la primera guerra mundial: “No es para ti, hermanita rubia, para quien escribo este libro. Tus ojos son azules y buenos, y nada saben del pecado”. Alraune es un ser proscrito, aunque nadie se atreve a afirmarlo. Sus padres también (el semen de un ahorcado y una puta, según la leyenda materializada por uno de sus febriles personajes, que se convertirá en su padre adoptivo). Serán utilizados para que surja la primera mandrágora viva, pero al contrario que ella, son débiles. Su hija, de una personalidad inusual, implacable, poseerá rasgos primitivos pero también los más sutiles. Es por esta razón, que los animales sienten un sano instinto de rechazo ante alguien que, igual a ellos, es sin embargo demasiado poderoso, peligroso por fundir cualidades esenciales de las dos especies.
Condenada a la soledad, nadie tiene en cuenta a la niña silenciosa y extraña que vaga por la enorme casa de su padre adoptivo y creador, en total libertad. Los criados sienten ante ella desconfianza y temor. Pero Alraune va descubriendo, poco a poco, que además de no ser querida es utilizada. Así nace en ella el mecanismo automático de la venganza. Una venganza, que siempre se limitará a desvelar hasta las últimas consecuencias los aspectos peores de todos los que la rodean. Y esto, hasta el punto de hacerles sucumbir por ese, su lado más débil, y reír, reír desde su inocencia más pura: limpia y salvaje. Alraune ejemplifica a la perfección a esos seres inocentes y coléricos, impecables en su exigencia y en su armonía entre ideas, sentimientos y hechos. Torrentes inagotables de sensibilidad abismal y alma dolorida con garras afiladas. Ella, incomunicada e intrusa, no será manejable como ellos esperaban. Y no lo será porque ellos no son auténticos. Cada uno mantiene oculto un aspecto de su carácter que, sin ser reconocido ni vivido libremente, les resultará devorador y destructivo, al ser desvelado por Mandrágora. Todos tienen en común la impotencia y sus innumerables máscaras. Están encadenadas.
Las novelas más imaginativas rozan, rodean, o plantean directamente el tema del mal. Y no es casualidad porque ambas cosas están relacionadas. Me refiero a la maldad convencional y subversiva que no es más que la parte más instintiva, lúdica, rebelde de una persona. Una parte maldita que reprimida, relegada, deformada o sublimada, surge una y otra vez a través de cualquier manifestación imaginativa. “Mandrágora” es un relato que, desde su principio, es una explosión vital inclasificable. Y lo vital no admite duda alguna. Su protagonista jamás renuncia, ni se conforma, porque ella no defiende ideas o principios. Es perfectamente amoral, se mueve al margen de la moralidad, y su imposibilidad de rendirse no se basa en valores sino en su propia alma, en una necesidad. Sólo aceptan sustitutivos aquellos que tienen escindidos y contradictorios sus lados visceral y mental. Lo que está vivo no sigue modas, no acepta convenciones ni puede pactar con los enemigos. Y hombres y mujeres se acercan a ella irresistiblemente atraídos por su ambigüedad y su poder, por todo lo que ellos no poseen, mejor dicho, no usan. Pero ninguno se dirigirá directa y claramente a ella. Darán un paso en falso y la adorarán o la temerán.
Su figura es un ser completo. Su físico es por eso andrógino y ambos sexos no sólo están presentes en ella, sino que son exhibidos y vividos. “Manos frías, corazón caliente”… Alraune aparece. Las conversaciones estúpidas quedan en evidencia, los ojos que no miran quieren huir, y todos resbalan en su atmósfera exaltada, absorbente, nítida y misteriosa… Pero muy concreta. Botas de cuero amarillo, terciopelo verde ajustado… Cabalga. También la odian. “¿Detrás de quién te escondes, hermanita?”. Esta pregunta irónica podría muy bien resumir su relación con las mujeres. “¿Qué haces pequeño miedoso?”, su relación con los hombres. En algunas páginas, parece temblar suavemente la tierra. En otras triunfa lo turbador. El inicio impresiona por su sarcasmo y su esperpento. Un escenario grotesco por donde la muerte se desliza junto a la vida desbordada que apenas percibe aún, cuánta sed tiene. Recuerda al principio del mundo y al fin de los tiempos simultáneamente. Esa imagen del bebé adormilado y feliz con la colilla negra de un puro en su boquita, exige y prepara una continuación sin términos medios. Hambre de lobo, y la ironía sin ella sólo es esnobismo, vacío. Alraune permanece casi siempre en la oscuridad de un plano largo y en picado. Los demás gesticulan, planean, se contonean, opinan, matan su tiempo o cuentan ovejas. Cuando aparece un primer plano de Alraune, todo se transforma, se tambalea, queda en evidencia, cegado por un intenso, potente flash sostenido. En este relato el lector se regocija de las desdichas de la mayoría de los personajes de la historia. Una de sus “víctimas”, es un cobarde. Otro, un imbécil, otro un hipócrita, otro un ambicioso manipulador, otro un perro faldero masoquista… Uno de ellos muere tras una de las más bellas escenas, un baile de carnaval al que Alraune acude vestida de chico y la “víctima” de mujer. Y en la noche de intenso frío cortante caen gotas de sangre de labios mordidos y sus pies descalzos caminan sobre la nieve. Ella se burla de la idolatría y la sublimación. Así se lo hace patente a todos, pero ellos no saben ni pueden salir de ese juego letal. Y se ríe, provocándolo y rechazándolo luego, dejándoles abandonados a la suerte que merecen: la autodestrucción. Alraune sedienta de vida, de metálicos ojos verdes y mirada burlona, soñadora y remota, de espeso cabello castaño que se corta en un anochecer desafiante, y camina sonámbula con la cara vuelta hacia la luna murmurando una mágica respuesta: “ya voy, ya voy…”. Cuando al fin encuentra a alguien que es su igual, que la trata como a una igual, y le ama, ya no puede evitar seguir envuelta en el viejo mecanismo de muerte. Impecable expresión de sí misma. No hay decisión, ni el deseo ni la defensa ni la furia caen en la duda jamás. Su cuerpo de líneas delicadas no puede pasar por alto nada. Y el cuerpo es el único que no miente. Lo irracional no es lo ilógico, es lo esencial, el sustrato más hondo sobre el que se crea, se ama, o se destruye. Y si nace alguien como Alraune no podrán soportar a un ser así. Será demasiado y llamarán a la muerte que todo lo impregna, lo envuelve en sus pliegues infinitos, borra los límites de su paisaje y cuando la niebla ya se ha disipado, los otros caminos no se divisan. Esta relación final, con la única persona que la ha mirado a los ojos, la ha conocido y aceptado, es un continuo diálogo mortal de dos guerreros luchando y amando con la espada en la mano. El jardín se transforma en laberinto y paraíso, en templo pagano y bosque prehistórico poblado de instinto y fuerzas antiguas y oscuras. Son dos alquimistas, dos cautivantes brujos conjurando con dulces y violentas invocaciones a todos los poderes. En cuanto a su final, Mandrágora termina como los héroes místicos. Es traicionada por su víctima más impotente. La más humillada por ser quizás la más inteligente. Pero Alraune, la ignora. Sigue volcada como siempre a su misterioso origen: la noche, la luna, la pureza de lo salvaje. En palabras directas de su autor, en un Final paralelo al Preludio: “Para ti escribí este libro, hermana mía… Tómalo de manos de un bravo aventurero, un loco presuntuoso que fue al mismo tiempo un callado soñador. De manos de uno, hermanita, que marchó al margen de la vida” [Tesa Vigal] Todos los derechos reservados © Tesa Vigal, Wakan |