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Jules et Jim, François Truffaut.- [por Yuri Silver]
(Artículo publicado originalmente en la revista “Mandrágora y el Pirata”)
NOTA SOBRE LOS AUTORES DE LA PELÍCULA
Henri Pierre Roché fue el autor de la novela que dio pie a Truffaut para pensar esta película. La escribió cuando contaba más de setenta años de edad. Había publicado anteriormente un par de novelas bajo seudónimo, y había empleado su tiempo como amigo y promotor de pintores, escritores y músicos. Según parece, novelaba recuerdos.
François Truffaut fue el creador de la película. Habían pasado tres años desde “Los cuatrocientos golpes” y cuatro desde “Tirad sobre el pianista”. Leyó la novela en 1956 e hizo la película en 1961. Truffaut escribía entonces en la revista “Arts” y lo comentó en la sección “Libros leídos”. Posteriormente Roché le dirigió una carta y comenzó así una intensa correspondencia entre ambos. En 1957 Roché va a ver en un cine el primer corto de Truffaut, “Les mistons”. En 1958 ya se habla en las cartas de la adaptación cinematográfica del libro, si bien Truffaut no se consideró en ese momento lo suficientemente maduro para el proyecto y prefirió esperar a realizar otras películas antes. Hizo “Los cuatrocientos golpes” en 1959 y en esa época murió Roché.
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Este cineasta (arriba en la foto), oscarizado en Hollywood por “La noche americana”, fue mitificado con maravillosa exageración. Inventor junto con Godard de la nouvelle vague, firmó el argumento de “A bout de souffle”, y es autor de películas que se consideraron algo así como la cima del encantamiento: “Besos robados” y “Las dos inglesas y el continente”. Esta última está basada en otra novela de Roché, en la que se cuenta una historia inversa a la de Jules et Jim.
Este cineasta nació para hacer “Jules et Jim”. Es una película que tenía que existir, tenía que hacerse como en literatura “Crimen y castigo” de Dostoievski, o como “M. el vampiro de Dusseldorf”, o como “Frankenstein”, o como “Fatata te miti”. No me habría importado demasiado si no hubiese hecho otra película en su vida salvo ésta.
Truffaut tenía entonces 29 años. Su amor era el cine.
Los 3 actores principales:
Catherine: Jeanne Moreau/ Jules: Oscar Werner/ Jim: Henri Serre.
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“Me dijiste: Te amo. Te dije: espera. Iba a decirte Tómame. Respondiste: vete” (del guión de la película, la primera frase)
Esta historia se podía haber contado de otra manera. Tal vez, incluso, se tratase de otra historia diferente pero con los mismos protagonistas, o de la misma historia pero con protagonistas diferentes. Para Truffaut, claro, sólo hubo una manera de contarla, y para muchos habrá sólo una manera de verla.
Es una historia idílica, poética, demasiado perfecta y demasiado imposible como para ser real. Quizá por eso nos entusiasma, porque sabemos que nosotros, siempre, en el lugar de Jules o en el de Jim, habríamos elegido a Catherine… Si ella nos hubiese elegido a nosotros.
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Para mí, por lo tanto, no era esa la única manera de contar la historia. Había otra, sin duda más apasionante, sin duda más arriesgada y más peligrosa: vivir primero, tomar la iniciativa antes de escribir una sola línea.
Se trataba acaso de una amistad o de un complejo (de esos que le gustaban tanto al doctor Freud, como Medea, como Edipo, como Romeo y Julieta, o como Bonny and Clyde… ¿?). O de una complejidad infinita, porque me tocaba la llaga de lo ambiguo, de lo deseado, de lo ideal, de lo soñado y por lo tanto de lo imposible. Pero sobre todo, del tiempo perdido.
Tiene retazos de belleza y de felicidad. También de angustia. Tiene también la magia de momentos atrapados, apresados, detenidos y robados en una imagen. La imagen del instante de sonrisa irrepetible, esa décima de segundo que nos roba el tiempo, perdida o conquistada en un parpadeo. El mágico encuentro de dos miradas que luego huyen, se separan después de encontrar lo buscado en una leve vibración, un levísimo soplo en el aire. La complicidad prohibida y la prohibición violada que existe también en “Muerte en Venecia” de Visconti, o en “Ensayo de un crimen” de Buñuel.
Y para mí Jules et Jim podría haber sido también, y no fue, una historia diferente, la historia de “Bonny and Clyde”, que es la que voy a contar primero.
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Sucede siempre en la adolescencia. Esa eterna adolescencia de la que algunos huimos. En esa época en la que se te plantea la más terrible, ardua y peligrosa elección de tu vida: el principio del placer o el principio de la realidad; el camino con corazón o el camino sin él, o más bien la carretera general por la que todos circulan; el aire o el puro oxígeno; la vida o… tu vida. Y, por supuesto, mi vida.
Y en ese momento tienes absolutamente la obligación de saber lo que quieres hacer o con quién quieres estar, lo que quieres ser. Y no puedes actuar de otra manera que como actúas. En ese momento de su vida, Clyde Barrow acierta a pasar bajo la ventana de Bonny Parker y ella acierta a revolverse en la cama, con cansado y sensual gesto de hastío en su rostro ansioso de vida, y mirar por la ventana. Deja de existir Bonny como tal y deja de existir Clyde. Surge “Bonny and Clyde”.
Y “Jules et Jim”…
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La historia de una amistad, de un amor, de un amor imposible, de un fracaso, de un “último baile sobre la tierra”, de una traición, de un suicidio, de una nostalgia.
Imagino a Jules, impotente, caminando ahora a pasos largos por la pendiente del cementerio y cerrando los ojos. A dónde va ahora Jules y de dónde viene, cuál es el secreto que se guarda para él solo. Es un “viaje imaginario” de la categoría de los que son eternos, es decir, el único viaje de verdad imaginario es el que te sucede en la vida real, cuando todo resulta que lo ves desenfocado y es en cambio absolutamente nítido en su pureza de imagen de película.
Pero la película es ella, sobre todo ella. Catherine. El tipo de mujer a la que amamos y los demás desean. Catherine o la única mujer de la que yo podré enamorarme. Por eso Clyde ya no se separará jamás de Bonny, porque ha conocido a Catherine. Y yo, estoy escribiendo esto porque quiero tener un “hijo” con ella. Ese hijo que podría ser también varias docenas de balazos, como en la película de Arthur Penn.
Lo que más me afecta de esta historia es la intensidad con que se producen las emociones entre los personajes. Intensidad en los sentimientos y en los momentos.
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Lo que me fascina del relato es la potencia de las imágenes. Cómo Truffaut parece descubrir exactamente los momentos mágicos de los encuentros entre los personajes. Y cómo estos momentos parecen una creación ellos mismos. Creación de la amistad entre Jules et Jim, creación del amor entre Jules, Jim y Catherine, e incluso al final, creación del desamor, del fracaso del encuentro entre los tres, de lo imposible de la historia.
Lo que me deja anonadado es, precisamente, que se trate de una historia imposible y por eso desgarrada y atroz, trágica, algo infinitamente deseado y que, sin embargo, se te escapa de las manos, vuela. Una historia que sólo existe en el presente.
Eso es lo más mágico de la película. Y por ello, una vez que desaparece la última imagen de la pantalla, sabes perfectamente que no es posible distanciarse de ella, como es imposible distanciarse del presente. O te conformas con el final, o vuelves a ver la película de nuevo, para de nuevo encontrarte con la misma disyuntiva. Mil veces Jules, mil veces Jim.
Adoro las panorámicas veloces, buscando un gesto, una mirada, una sonrisa entre personajes. Adoro el planear de la cámara por el paisaje y el rostro concentrado y frío de Oscar Werner (Jules) mientras escribe su carta. Adoro la reconstrucción de la época y de los personajes, pero sobre todo de su presente inaudito, y de su argumento, absolutamente único.
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ADIOS A JULES- ET- JIM
Porque el tercer hombre no existe, nunca existió ni existirá jamás, porque fue una entelequia, un triste invento de cerebro y corazón calenturiento, una maravillosa invención poética del sueño de una noche de verano, porque no se debe ni se puede creer en él, porque sólo se puede ser Jules, o Jim, o Albert, o cliente del café, o el azteca, o tú, o yo.
(El azteca: hay un personaje que atraviesa un momento por la película. Cruza la pantalla y sale por el otro lado. Tal vez pertenece a otra película y pasaba por allí. No llega ni a rozar la historia pero pertenece al escenario. En el guión está escrito: “El azteca”, y el espectador ni siquiera se entera que es azteca porque, aparte de que no es azteca ni se dice que lo sea, está pensando en el espacio fuera de campo, donde se encuentran Jules, o Jim)
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ENCUENTRO JULES-JIM
LA AMISTAD: EL TERCER HOMBRE
SUS CREACIONES, REVELACIONES Y SENSACIONES
Hay una manera de vivir con la que pocas veces te encuentras en los otros. Normalmente la gente no se preocupa por crear su propia vida, por crear su propia existencia. Esto, que es dotar a cada instante con características de intensidad final, de “último baile sobre la tierra” (como decía Castaneda), y que es consecuencia de saber que te acompaña la muerte, que cada momento que vives es como el último, el más importante, en el que debes ofrecer lo mejor de ti mismo, todo lo que tú puedes dar, y apreciar lo restante, el amor, la belleza, con tu mejor mirada, tu mirada más profunda y más intensa, sólo lo saben los brujos y algunos aprendices de brujos. Es si existe la belleza, descubrir la belleza a cada instante o rebelarse hasta el fin, con la más radical y más desesperada intensidad si no está contigo para vivir ese, tu mejor instante.
De esa manera viven la vida los personajes de mis películas al margen y por encima de cualquier rutina de la existencia. Surgen ellos mismos siempre, manifestándose por encima de todo, mostrándose, definiéndose siempre heroicos y predestinados. Son como brujos que no necesitan aprendizaje. Saben siempre lo que quieren.
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La película se abre como las páginas de un libro. Se trata de un libro ligero, suave y muy denso y absorbente, muy absoluto, como es la historia de amor y como son los personajes de que se trata, absolutamente encantadores y absolutamente vitales, como absolutamente encerrados en las cuatro cuerdas de su mundo. De ahí la palabra “colmena” con que una vez se define la situación que se ha creado entre ellos.
Jules et Jim se encuentran, se conocen y, de inmediato, se reconocen. Saben ya, desde el primer momento, quiénes son el uno y el otro y quiénes son los dos. Saben que a buscar juntos, que van a crear juntos, entre los dos, su propia existencia. Van en busca de momentos mágicos.
Estos momentos los crea “el tercer hombre”, que sería un ente consecuencia del encuentro de los dos personajes. No es Jules, ni es Jim, sino “Jules et Jim”.
La pantalla se ilumina y los títulos de crédito comienzan sobre las imágenes de algunas escenas fugaces. Se ve a dos hombres –Jules et Jim- cruzarse en una calleja y cambiar largos saludos; después se pasean alegremente por una pradera soleada, en compañía de dos muchachas. Luego, mientras pasa el nombre de la pequeña Sabine Haude una niña juega a los dardos: primer plano sobre su rostro y panorámica veloz que sigue un dardo hasta el blanco
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Todavía durante el paso de los créditos, numerosos planos rápidos sobre Jules et Jim: ya sea batiéndose en duelo con escobas, sea jugando al ciego y el paralítico (Jules el “paralítico”, a caballo en los hombros de Jim, el “ciego”, que avanza a tientas). Primer plano de un reloj de arena cuyos granos fluyen, de un cuadro de Picasso época azul, del guitarrista Bessiak, de Jules, que de la mano a su hija Sabine, pasea por un prado. Al fin, último plano de los créditos (en forma inclinada hacia abajo): Jules et Jim en la campiña, compiten en una caminata enérgica.
Jules y Jim existían antes, con independencia entre sí, y sin embargo, sólo existían en realidad como tendencia. Una tendencia que conducía al uno hacia el otro y el otro hacia el uno. La película sólo empieza a partir de su encuentro. Esa tendencia se concretaba en la posibilidad de crear momentos de comunicación y de vida, de juego, como lo fue la formidable ocasión de la elección del disfraz. Momentos mágicos del “tercer hombre”.
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Jules y Jim vivían en el mundo ideal, el mundo idílico, terso y claro de “los cinco besos bajo la lluvia”. Esta era una historia que Jim le había contado a Jules y que Jules había hecho suya.
Lo compartían todo, sus sueños de adolescentes, sus quimeras. Mutuamente se admiraban. Y el cielo se tornaba añil y el verde intenso, reluciente, provocaba un reflejo nítido, cristalino, de tristeza opalescente, sobre los charcos de agua, innumerables, frente a sus ojos. Se trataba, pues, de poesía, de “noches de chopos” y de “nebulosa tuya”. “Hoy de lo que se trata es de algo tuyo” decían las cartas, aquellas blancas cartas.
Jim tenía un amor, Gilberte. No era un amor importante pero… Jules no encontraba el suyo. Jim era absoluto, Jules era absoluto. La amistad entre Jules y Jim era absoluta.
“Al día siguiente tuvieron su primera conversación real, y luego se vieron todos los días. Hasta muy avanzada la noche, cada uno enseñaba su literatura al otro; se mostraban poemas y los traducían juntos. Tenían además en común su relativa indiferencia con respecto al dinero y hablaban sin parar; ninguno de los dos encontró nunca un auditor tan atento”.
Una amistad no es algo breve, no es algo que dure tan sólo una temporada en una vida, sino que, como el verdadero amor, se prolonga en el tiempo, se extiende a lo largo de una vida. La historia de esa amistad está, por lo tanto, entrelazada con toda la aventura vital de los personajes, es decir, con sus logros o insuficiencias, con el carácter esencial de cada uno, con sus posibles o reales historias de amor. Así, en la historia que se nos cuenta en esta película, está también la presencia fundamental de una mujer. Una mujer que, al entrar en la vida de cualquiera de ambos personajes, entra en la vida de esa amistad. La recorre, la transforma, la determina, la cambia, la invierte y, por momentos parece que la resuelve. Eso es porque esa mujer ha entrado de verdad, con fuerza, con personalidad, en sus vidas.
Ambos se vistieron con idénticos trajes blancos para acudir a cierta isla del Adriático, para contemplar arrobados la estatua de la sonrisa, premonición de la Catherine real. Ambos crearon el mismo ideal de mujer y en ningún momento de la película se nos dice que fuese más del uno que del otro, salvo quizás, en el momento en que Albert proyecta las diapositivas, en que Jim se vuelve y pide que la proyección se repita. Pero en todo caso habría sido Albert el que la vio y la eligió primero, antes que Jim y antes que Jules.
“Jules se la señalaba a Jim entre las otras, pero éste no la veía. Luego, más tarde, Jim se la señaló a Jules y éste le dijo:… ¡pero si es ella, la que yo te decía!”
“Albert: esa me gusta mucho. Los labios son muy bellos… Un poco desdeñosos. También los ojos son muy bellos”
“Jim: Albert ¿quién es?”
“Jules: Esta no, Jim”
Se quedaron una hora ante la estatua. Ésta sobrepasaba sus esperanzas; dieron vueltas muy rápido en torno a ella, silenciosos (la cámara en movimiento circular en torno a la estatua). ¿Habían encontrado alguna vez esta sonrisa?... ¡Nunca!... ¿Qué harían si la encontraban algún día?... ¡Seguirla!
Jules y Jim volvieron dueños de la revelación recibida… Y París los recuperó suavemente.
Posteriormente, Jim escribe una novela en la que los protagonistas son ellos mismos. Esto es enormemente significativo de la idealización que Jim hace de la amistad de ambos. Lo de Jim sí que es un verdadero suicidio, ya desde el principio, por no tener en cuenta la realidad de Jules, que Jules es una persona independiente de él, que vive absolutamente, él mismo, su propia vida.
Pero han creado entre los dos algo demasiado fuerte como para conseguir separarlo de un zarpazo (que es lo que Jules hubiese pretendido), y más cuando Catherine resulta ser en la realidad “la sonrisa de la estatua de la isla”, o mejor, la ambigüedad de esa sonrisa y esos ojos, es decir, la revelación ideal y mágicamente compartida entre ambos, que soñaron encontrarse en la vida real.
“Durante un mes, Jules desapareció, pero los amigos volvieron a encontrarse en el gimnasio”.
APARICIÓN DE CATHERINE
EL TERCER HOMBRE SE DISUELVE: REAPARECEN INDIVIDUALMENTE JULES Y JIM.
RELACIÓN DE JULES Y CATHERINE, EN SECRETO DURANTE UN MES ANTE JIM. IMPOSICIÓN DE JULES A JIM: “ESTA NO, JIM”
Jules amaba. Jim quedaba fuera de la escena. Pero Jim estaba en la vida de Jules y éste, que habría deseado conservar oculto, libre de miradas y deseos, en una cajita de cristal, su recién descubierto tesoro, comunicaba su mundo a Catherine, y ésta deseó contactar con Jim.
“Ella me dijo que ya en la primera conversación que había tenido con él había aparecido mi nombre”.
Porque saber a Jim era saber a Jules, poseer el mundo de Jules, lo que Jules amaba. Porque Jules, pese a sí mismo, era parte de Jules et Jim, y no Jules y Catherine.
Así, se cumple el deseo de Jules, de ser él mismo y contar en su existencia con el amigo incondicional, Jim, y con el amor rotundo y real, absoluto, Catherine. Se cumple cuando él la conoce primero y la arrebata al mundo durante ese mes mágico y secreto en el que la hace su “prisionera” y cuando –con la iniciativa en las manos-, se permite el ejercicio del poder: ésta no, Jim.
Jim se encuentra entonces en clara desventaja. Llegaron juntos a ver a la estatua de la isla y la idealizaron juntos, pero ahora, en la realidad, Jules se la ha apropiado desde el principio y nada de compartir. Y a Jim sólo le queda su sueño.
En todo caso, no es seguro que Jim hubiese llevado las cosas a ese mismo planteamiento (aunque sí, seguro que sí). Cabe el beneficio de la duda. Cabe la idea de que para Jim lo importante primordial hubiese sido la tercera persona, el “tercer hombre”. No de Jules, ni de Jim, sino de Jules et Jim. Pero eso nunca podrá saberse.
El propio Jules confunde intensamente al personaje real, Catherine, y al ideal, la estatua del Adriático. Y si no, veamos el famoso acto fallido en el que recuerda a Jim que la conocieron por medio de Albert, cuando lo cierto es que por intermedio de Albert lo que conocieron fue a la estatua y no a la persona.
Sin embargo, Catherine va a trastocar los planes de Jules. Ya que lo más importante para Jules antes de Catherine, su gran conquista que no se resigna a abandonar definitivamente (visita al gimnasio) ha sido Jim y que Jules no puede dejar de hablar de Jim ante Catherine, ésta deseará conocer a Jim.
Y Jules tiene miedo. Por primera vez desde que se conocen hay algo que no quiere compartir con Jim. Pero no le queda más remedio que presentársela y poner al uno frente a la otra, y saber…
Más tarde, avanzada la película, llegará a pedir a Jim que la conserve a su lado, que se case incluso con ella, para que así, no se aleje de su vista, esté cerca de él.
LA REINA Y SU ELECCIÓN
“Jules y Jim estaban emocionados, como ante un símbolo que no comprendían”
Cuando aparece Catherine (Jeanne Moreau) en escena, es como si la película comenzase otra vez. El capítulo primero ha sido la amistad, y el capítulo segundo va a ser la mujer, el amor, ella.
Aquí tenemos a Jim a punto de conocer a Catherine. Acaba de renunciar a ella en la escalera, por indicación de Jules. Algo acaba de cambiar entre ellos dos.
Ella aparece la primera vez como ideal. Albert proyecta una diapositiva y comenta los bellos labios de la estatua, un poco desdeñosos.
Ella es en realidad un rostro ambiguo y fascinante. Es la sonrisa de la estatua de la isla. Es una revelación.
Panorámica sobre diferentes estatuas. La cámara se detiene sobre la estatua que buscaban (diferentes planos sobre ella, enteramente blanca, resplandeciente de sol). ¿Qué harían si la encontraran? Seguirla.
Así que su primera aparición real, encarnada, es en realidad la tercera (y entre paréntesis, así les va, luego, a Jules et Jim, con su Reina).
Esta aparición es, sin embargo, más irreal, más mágica que ninguna otra: ella baja las escaleras, el rostro cubierto por un velo blanco, que se descubre mirando la escena levemente deslumbrada por el sol, mostrando la sonrisa de la estatua de la isla, la misma ambigüedad de aquel rostro, un raro parecido.
¿Es la mujer real o el mito lo que viene a encontrarse con ellos? (Primer plano de su rostro, que se parece extrañamente al de la estatua que entusiasmó a los dos amigos. Serie de primerísimos planos de sus ojos, de su boca…) ¿Extrañamente?
A partir de aquí están eludidos sus encuentros con Jules. Jules hace de ella un absoluto y se casa con ella.
Volvemos a ver a la Reina por intermedio de Jim, y la ambigüedad de nuevo presidiendo la escena. Aparece vestida con un camisón y así se acerca a darle la mano a Jim, pero inmediatamente después se oculta tras el biombo para vestirse de hombre, de “El chico” de Chaplin. Se supone que Catherine está emitiendo en ese momento unas potentes vibraciones que alcanzan a Jim. Jules lo sabe y trata de evitarlo mediante una maniobra de distracción: habla en voz alta jugando con el nombre de Jim (“hay que pronunciar Djim, a la inglesa, con una D delante. Nada de Yim, eso no le sienta”). Pero su nerviosismo le delata. Hay un fuerte deseo, tanto en la pantalla –para Jim- como en la sala, entre los espectadores, de desvelar el misterio de qué es lo que se oculta tras el biombo en ese instante. Y aparición de Catherine vestida de Hombre, como el falso Thomas. Entonces Jim se acerca para pintarla el bigote, con Jules a su espalda y toda esa ambigüedad, todo ese misterio, le recorre el cuerpo como un escalofrío. Porque Jim es sensual, enormemente sensual. Jules también, de otra manera.
Ambigüedad también sexual, que ya había aparecido en la relación entre Jules y Jim, donde no se trataba tanto de que fueran del sexo masculino como de que fueran amigos: texto de la novela que escribe Jim: “Jacques estaba orgulloso de Julien. Les apodaban Don Quijote y Sancho Panza, y la gente del barrio pensaba que eran homosexuales. Comían juntos en pequeños bares, les gustaba fumar puros. Cada uno escogía el mejor para el otro”.
Jim estaba todo el rato rozando el misterio. Jules parecía tenerlo.
Catherine quema delante de Jim unos papeles. ¿Qué habríamos dado cada uno de nosotros por saber qué estaba escrito en ellos?. Ella sólo dice: quemar mentiras. Luego las llamas se prenden al borde del camisón de Catherine que lanza un grito. Jim se precipita a apagarlas. Toma una toalla, rodea los tobillos de Catherine, golpea sobre los papeles.
Catherine es emoción, es intensidad, es vida que late. Nada pasa por ella sin ella. Catherine se arroja al Sena. Bellísima escena por cierto. Por un momento sólo se ve el sombrero que flota.
Catherine elige a Jules, al absoluto Jules que la ha elegido a ella. Jim, durante ese tiempo no debe pensar en ella, que se le muestra, como hemos visto, ambigua y misteriosamente seductora, además de prohibida.
“Jim pensaba “una mujer como ella puede perfectamente haber venido y vuelto a irse a las siete y un minuto, al no encontrarme. Una como ella puede haber atravesado la sala rápidamente sin advertirme detrás del periódico y haberse marchado sin más. Se repetía “una mujer como ella…” Pero ¿cómo es ella, pues? Y por primera vez se puso a pensar directamente en Catherine.
CATHERINE Y EL “TERCER HOMBRE”
CATHERINE-JULES
CATHERINE-JIM
CATHERINE-LOS OTROS
El tercer capítulo de la historia se produce tras el paréntesis de la guerra. No comienza, en realidad, hasta la reaparición de Jim en escena.
“Jim la consideraba tan de la propiedad de Jules que no intentaba siquiera formarse una idea clara de ella”
Además, la guerra parece que bifurca sus historias. Jules, en el frente alemán, escribe a Catherine una carta. Esa carta contiene para nosotros, la revelación de que algo ha ido mal entre él y Catherine: “Catherine, mi amor, pienso en ti siempre, y no en tu alma, porque ya no creo en ella… sino en tu cuerpo, tus muslos, tus caderas: pienso también en tu vientre y en nuestro hijo que está allí dentro”. Jim, mientras tanto, reanuda sus encuentros con Gilberte.
Han pasado algunos años desde aquel día, aquel instante que se creó entre Catherine y el “tercer hombre”, atrapado por la magia de imágenes fijas: “antes ponía siempre caras así, y ahora (sólo un instante) así, desde que les he conocido a ustedes”. Pero si no es así siempre, carecerá de sentido la vida.
Y al lado de Jules, no ha sido así siempre. Eso permitirá que Jules et Jim vuelvan a existir.
Por eso Jim se reencuentra con ellos. El viaje de Jim hacia la casa es susceptible de varias interpretaciones. La primera, que Jim es relativo, se entretiene durante el viaje. La segunda, que no excluye la anterior, que Jim tiene una cierta prevención a ese reencuentro, porque sabe, porque intuye, porque en el fondo desea, y su deseo, le asusta un poco.
Pero Jim llega a la casa y es “como si ella se hubiese presentado a la cita del café con varios años de retraso”. E inmediatamente se pone al tanto de la situación.
Es la época en la que se atreven a dar definiciones sobre cómo son ellos mismos. Jim define a Jules como “monje budista”. Ella no lo abandonará, porque lo que ella ama en usted es lo que usted tiene de monje budista. Jules cuenta un poco su vida: No se fíe. Hace reinar el orden y la armonía en la casa, es verdad… Pero cuando todo marcha bien, le da por sentirse descontenta; cambia de tono y agrede con gestos y con palabras.
“Tiene la convicción de que el mundo es rico, que se puede a veces trampear un poco, y de antemano pide perdón a Dios, segura de obtenerlo. Jim, tengo miedo de que Catherine nos abandone… ¿Sabe, Jim?... No es ya del todo mi mujer. Ha tenido amantes. Que yo sepa, tres. Uno, la víspera de nuestra boda… ¡un adiós a su vida de soltera!... y una venganza contra algo que yo habría hecho y que ignoro qué es… No soy el hombre que ella necesita y ella no es mujer capaz de soportarlo. Por mi lado, me he acostumbrado a que me sea a veces infiel, pero no soportaría que se fuese. Renuncio poco a poco a ella, a lo que yo esperaba del mundo”.
Jules la ha decepcionado y él lo sabe y se auto compadece. Esa escena libera a Jim de su compromiso anterior, de aquel “ésta no, Jim”. Además, ella, la Reina, es quien decide.
Se inicia en ese punto la relación entre Catherine y Jim. Pero, al contrario que en la historia con Jules, gran parte de la cual se desenvolvió al margen de Jim, ésta tiene lugar siempre ante la mirada omnipresente del otro, mirada que siempre pesará sobre Jim que durante tanto tiempo la había considerado del otro, y por eso la historia de la relación entre Catherine y Jim viene a convertirse en una nueva luna de miel de la relación entre Catherine y el “tercer hombre”. Esta fase de la historia enlaza con la escena de la carrera entre los tres y “la felicidad es difícil de contar… Se desgasta sin que lo advirtamos”.
“Jim sabía que Catherine, la Reina, era terriblemente precisa en sus exigencias. Su primer abrazo duró toda la noche. No se hablaban, se acercaban. Hacia la aurora se alcanzaron. Ella tenía una inefable expresión de júbilo y de curiosidad. Jim se levantó encadenado. Las demás mujeres ya no existían para él”.
Pero Jim también va a perderla. Durante un momento la siente suya, al momento siguiente surgen los celos.
Entonces Jim, a su vez, la decepciona. Se aleja un momento y en París todo se relativiza para él. Indeciso, sentimentalmente bloqueado, en el momento en que ha hecho el plan de casarse con Catherine y tener hijos con ella, y esto ¿por qué?. Porque el binomio Jules et Jim sigue estando en primer plano de su existencia.
Vuelve, se encuentra con Jules en ausencia de Catherine, habla con éste y decide regresar a París, renunciar a todo en un instante. Pero tras el cristal estaba Catherine que los ha visto y saluda a Jim arañando con el dedo los cristales.
Por ese momento de traición del “tercer hombre” a los designios de la Reina, Jim estará ya definitivamente condenado. Un mes más tarde ella se acurrucará en la ternura de Jules, ese Jules que sabe tan perfectamente que ella es una Reina: “¡Sí, es una Reina, Jim!... Catherine no es particularmente hermosa, ni inteligente, ni sincera, pero… ¿Por qué Catherine, por muy solicitada que esté, nos hace a los dos el regalo de su presencia? Porque le dedicamos una completa atención, como a una reina”.
Evidentemente, y cuando alguno de los dos ha fallado a este principio, ese ha sido el momento de la decepción de ella.
Hemos visto hasta aquí que Catherine era una Reina. Una Reina es un ser humano, un ser real, con la particularidad de que quema todo lo que toca. Y un personaje real desea, busca, relaciones reales, verdaderas, además de intensas y sentidas, con los otros. Esos otros a los que elige pero que, real y verdaderamente, deben elegirla a ella, y no a un ideal mitificado, como les sucede a Jules et Jim. El problema principal para Jules et Jim es que durante todo el tiempo, por muy cerca que hayan pretendido estar con ella, han tenido omnipresente la imagen de la estatua de la isla y que, por momentos, tan sólo con el ideal etéreo, nebuloso, inasible, se han acostado. La decepción para Catherine fue que Jules –la persona que más y mejor y más profundamente conociera nunca, porque Catherine quiso darse a Jules como a nadie, como al único- nunca llegó a conocerla, o a reconocerla. Aunque Jules sabía cosas de ella: “Hace las cosas a fondo, una por una. Es una fuerza natural que se expresa mediante cataclismos. En todas las circunstancias, en medio de su claridad y su armonía, vive guiada por el sentimiento de su inocencia”. Porque las ha sentido en carne propia, porque alguna vez alguien debió haberle hablado a Jules en esos exactos términos que él ahora utiliza, pero él tuvo que saberlo por sí mismo. Constatarlo claro, porque también Jim, que es quien ahora recibe, de labios de Jules, la explicación, parecía saberlo y ahora lo constata. Se intuye a Catherine como se intuye al fantasma, cuyo aspecto fascinante y seductor sabemos que oculta abismos a los que no nos acercamos por miedo. Por miedo, precisamente, a lo más auténticamente inquietante y seductor, a ser tragados, definitivamente absorbidos y vampirizados, por miedo a morir y por miedo a nacer. Porque Catherine tiene el poder de la vida y el poder de la muerte en su sonrisa eterna y en su gesto decisivo. Esos momentos en los que Jules y Jim juegan al dominó, ajenos por completo al entorno -en el que está ella- constatan siempre el fracaso de Jules.
Jim, a su vez, fracasa por las mismas razones, además de por su fatal relatividad, su permanente falta de afirmación en la historia. Jules para nada pudo prescindir de Jim –tiene que comunicarle por teléfono, desde la cama, su próxima boda con ella, que debe contemplar, entre sorprendida, fascinada y celosa, la omnisciente presencia de la imagen de Jim en el cerebro de Jules- pero fue directamente a ella y la conquistó por sí mismo. Jim, necesitaba prescindir de Jules como premisa incumplible.
Catherine había dicho: “sólo se ama totalmente un momento”, pero para ella ese momento volvía siempre.
[Yuri Silver]
Reservados todos los derechos © Yuri Silver, Wakan