Wakan número 29

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Ir a página 1: LIBROS FUERA DEL TIEMPO (Viaje al fin de la noche, Céline)

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Autores, o textos, desconocidos o inéditos

Boomerang[por José Andrés Fuentes]

(Publicado en la revista Mandrágora y el Pirata, en los años 80)

El prado no recobró la vida desde que él puso sus pies en el tupido y fresco césped que lo coronaba. Entró por esta esquina y comenzó a andar en diagonal hasta llegar al árbol de los cien siglos. Los niños le seguían en silencio, con la mirada de cristal, y cuando intentamos evitarlo una fuerza invisible detuvo nuestros cuerpos y ahogó nuestros gritos. Desesperados golpeábamos con nuestros puños el aire sin encontrar resistencia, en tanto que las madres erizaban sus uñas y arañaban el viento; pero todo era inútil… Ni siquiera le vimos llegar. Apareció de repente, como si hubiera venido del cielo. Después de cincuenta años nadie ha podido dar razón de él, y los niños no fueron hallados. Usted es joven y escéptico, seguramente no cree nada de lo que digo; pero yo lo vi con mis propios ojos y esto me basta, al igual que otras muchas personas que no pueden atestiguar porque la muerte vino por ellas.

H. Rousseau

Carlos López, periodista de sucesos extraños, llamado por sus compañeros el “extraterrestre”, exploró el rostro del anciano Andrea buscando el más pequeño gesto que le permitiera dudar de la historia. Pero no vio nada, sólo una mirada vaga y lejana perdida en el recuerdo. Aquel hombre había sido testigo de un hecho extraordinario, y sin embargo, él era la primera persona que lo oía de sus labios. Y fue pura casualidad. Ocurrió cuando en su afán de aventuras dirigió el coche por aquellos caminos de tierra, en el norte castellano, durante más de treinta kilómetros, botando y rebotando, dando con la cabeza en el techo cada pocos metros, oyendo el golpeteo de las piedras en la parte baja del coche, girando bruscamente el volante a derecha e izquierda para evitar el profundo bache. Luego el automóvil rodó por el terraplén y estuvo inconsciente varios minutos. Se levantó y echó a andar por aquel páramo frío y desnudo donde no se veía un alma, donde parecía que la vida no había existido jamás. Hasta que al cabo de unas horas divisó esta aldea fantasma de casas deshabitadas y en ruinas como un espectro, como algo irreal que no figuraba en ningún mapa, puesta allí por una mano ociosa y sobrenatural. Esa noche durmió en un rincón de paredes ennegrecidas cubierto por unos tablones, temiendo que algo o alguien se le echara encima salvajemente para matarle. No logró pegar ojo. Por eso, cuando a la mañana siguiente vio al anciano Andrea caminar tranquilamente por la calle ancha creyó divisar un fantasma, un ser surgido de no se sabía donde, alguien que no figuraba más allá de su mente. Pero se acercó lentamente hasta tenerle tan cerca que estirando un brazo tocó su hombro, sintiendo su respiración agitada unos centímetros antes de palparlo, momento en el cual se dio cuenta: aquella criatura era de carne y hueso; además hablaba, porque fue su voz lo que oyó al ser interrogado por aquel sonido ininteligible. Después comió en aquella cueva donde vivía el anciano: unas cuantas raíces y el asqueroso sabor de algo, cuyo origen evitó conocer. Hasta llegar a orillas del prado y oir este relato que ahora achacaba a la edad y desvarío mental de Andrea, un hombre para el que la lucidez había acabado tiempo atrás y sólo esperaba el momento de la muerte.

 

Los matorrales cierran el sendero y continuamente los hace a un lado para seguir caminando. Carlos López está sudando bajo el tórrido sol de esta región peruana, donde contempla los gigantescos árboles que hay unos kilómetros más allá, deseando alcanzarlos cuanto antes y gozar de su sombra espesa y reconfortante. Aviva el paso. Cuando ha andado dos kilómetros aproximadamente la mochila es plomo que hunde sus hombros y estruja su espalda; las botas dos infiernos quemantes, realizadoras de llagas, capaces de estimular charcos de sudor que anegan los pies pulverizándolos. Su cuerpo chorrea, se moja, se empapa, se fatiga al subir una loma; jadea, se agota, congestiona en la siguiente; gatea, repta, se arrastra en la escalada final, la que le conduce a unos cuantos metros del bosque en penumbra.

Cuando llega se tumba y descansa; descalza sus pies, abre su camisa, seca su pecho, arroja la gorra y busca el agua de la cantimplora para ducharse, sintiéndola resbalar hasta sus cojones con el increíble placer que ello produce. Pasan los minutos y Carlos sigue tumbado. Medio aliviado abre la mochila y saca los alimentos que devora con ansia, notando cómo cada célula de su cuerpo recupera fuerzas, inhalando tranquilamente el aire puro que le rodea, sintiendo sus pies frescos y libres.

Reemprende el camino y atraviesa la arboleda anonadado, viendo estos magníficos y enormes ejemplares que elevan sus troncos más allá del cielo, impidiendo con sus frondas el paso a la luz, abarcando decenas de metros con sus raíces, majestuosos, serios, solemnes, lúgubres y sombríos. Escucha el graznido de algunas aves habitantes de las copas, señoras de la altura, oteadoras del infinito, presagiadoras del misterio y lo impenetrable. Carlos avanza cuidadosamente, comprende que está en un terreno inexplorado, atisbado por el hombre desde el aire; pero no pisado. Desde hace un rato percibe algo en la atmósfera, es como un aviso, un mensaje que descifrándolo con cuidado advierte del peligro y aconseja retroceder. Prepara el arma y aminora el paso, mirando por todos los lados, hollando con sumo cuidado, sintiendo el aire del bosque enrarecerse y aprisionarle las sienes fuertemente, oyendo un sonido extraño que proviene de más adelante. Unos cuantos metros más y descubrirá alguna maravilla, está seguro. Todo a su alrededor lo indica. Presiente el lugar no encontrado hasta ahora, el sueño de los arqueólogos, el asombro del mundo, el hallazgo que desvelará las cosas más sorprendentes. Avanza sumido en una especie de delirio incontrolable, como absorbido por el ambiente que le envuelve, empujado por una fuerza misteriosa; ya ve su nombre en los periódicos, el reconocimiento de los gobiernos, el dinero, la fama, las distinciones, las páginas de la Historia dedicadas a su persona, y en medio de su nube avanza emborrachado de alegría, con los ojos abiertos hasta el deseo loco. Tira el fusil y comienza a gritar corriendo hacia su destino, hacia lo que no se le puede escapar ya. Al llegar a un claro del bosque queda petrificado, enfrente de él se encuentra la aldea que viera diez años atrás, exactamente igual; donde unos niños juegan en una pradera de tupido y fresco césped, idéntica a la otra, pero con vida; donde el anciano Andrea camina por la ancha calle; donde el árbol de los cien siglos sigue ensanchándose; donde una mano que no ve siega su garganta en un instante, lo cual no comprende hasta que siente su cabeza rodar por el suelo.

[José Andrés Fuentes] Reservados todos los derechos ©Wakan-José Andrés Fuentes