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Wakan Número 29
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Libros fuera del tiempoVIAJE AL FIN DE LA NOCHE, DE LOUIS-FERDINAD CÉLINE[por Francisco G. Castro] -Publicado originalmente en la revista Monelle: www.revistamonelle.com (y cedido amablemente por su autor)
Os diré como descubrí a Céline. En primer lugar eso no es sencillo, porque como a veces ocurre con los grandes libros, su espíritu está protegido por los grandes muros de la letra muerta: críticos, historiadores, filósofos, ensayistas, incluso escritores. Realmente no sé como se las ingenian, los tipos éstos, para ir convirtiendo poco a poco en una especie de bloque de cemento, lo que con frecuencia es en realidad una explosión de semen, lava o agua viva, los borbotones de la sangre o del pantano, el humor de la luz o de la oscuridad. Lo que sea: pero profundamente vivo, inyectando directamente en nuestras arterias una manifestación de su corriente vital. Sí, los buenos libros están vivos, y si hay que cuidarse de algo es también de que la potencia de su efecto no resulte mortífera.
Hierbas mágicas: matan o curan y te hacen revivir. Pero, en primer lugar, con un libro como éste, disuadir al lector de cualquier posible idea de aburrimiento o dificultad. En todo caso, la dificultad que puede proponer no afecta a nuestro nivel de conocimiento, sino a nuestro nivel de conciencia. También exige acaso lectores apasionados, pero cómo van a existir estos lectores si hacemos cómplice al libro de la seriedad artística, el coñazo literario o un adusto asco ideológico Así que no descubrí Céline a través de Vargas Llosa, que se pone demasiado serio y formal cuando habla de ciertas cosas. Me sirvieron mucho más las simples exclamaciones de Bukowski en alguno de sus poemas: -“Nena, acabo de descubrir al escritor número uno del mundo!”, -Cómo, creí que eras tú!”, “Yo soy el número dos, nena” (cito de memoria). Luego, Buko nos dice que se leyó el libro de un tirón, arramblando de paso con una caja entera de galletas. Ahí empezó de verdad, entonces, mi interés por Céline.
Luego fui a por el libro a la biblioteca, y las primeras páginas del tocho monumental-edición pasta dura- que me encontré, lo confieso, me hicieron vacilar. Pasó algún tiempo. Y de repente, en aquel viaje, la intuición. Anduve por las calles de una ciudad desconocida en busca de una librería. Y allí estaba, en su edición más manejable, la de bolsillo, el mítico libro de Céline. Volví a abrir el libro por el comienzo, pero esta vez, no sé por qué, algo se apoderó de mí, el libro se comprimió con una sensación, la de destilar algo de su esencia entre mis manos. Ya lo tenía, o mejor dicho, ya casi enseguida lo tuve: el tipo poseía un auténtico estrabismo: mental, imaginativo y verbal. Por lo general, este mundo nos viene demasiado grande, así que para no volvernos locos, una de las cosas que desarrollamos es la coherencia, verbal, mental e imaginativa, y tratamos de ajustar nuestra idea del mundo a esa visión coherente; con este objetivo, aunque parezca mentira, nos entrenamos o nos entrenan durante toda una vida, pero a veces aparece alguien como Céline y subvierte el orden de las cosas. O mejor dicho, aun tipo se así se le concede la visión del desorden. En el fondo, Céline es un heredero de Rimbaud, sólo que él no tiene necesidad de desenfocar las cosas, ni “desarreglar los sentidos”. El, como Obélix, se cayó, en la marmita, al nacer. Esto, por lo pronto, ya hace al mundo más divertido. Poco a poco, como veremos, el libro se convierte en una fiesta del caos y la inmundicia.
Un tipo así nace ya también en contra de algo. Su necesidad, casi enfermiza, se convierte en ir en contra de algo; después su estrabismo hará el resto, y lo hará rápido: antes casi de que él mismo pueda darse cuenta, el tipo emprenderá una dirección y luego otra, y las emprenderá, apasionadamente, siempre en contra de algo. Verá la dislocación, el desorden, el oxímoron insoportable, hipócrita y chapucero de la gente, de la vida y sobre todo de sus apariencias. En un sentido, cuando rememore su experiencia, o cuando la reimagine, se encontrará muy a gusto, a su manera, dentro de esa visión, y cuando apunte y dispare hacia algún lado, no será a un solo objetivo; por el contrario, cada vez matará dos pájaros de un tiro, pero dos pájaros además que volarán en direcciones y perpendiculares diferentes. Céline también tiene algo de sadiano, en qué?, en la fidelidad a sus ideas, en su capacidad para mantener constante su orientación y el sentido destructivo de sus ideas. Esto es una cosa que sorprende y admira de él: esa fidelidad que sólo puede ser la de la locura, porque la genialidad en él, en esa forma de mirar, y en su capacidad para dar una y otra vez en el blanco y reventar el orden establecido, esa genialidad digo, se vuelve adictiva: un punto de referencia único para, en cierto sentido, y al menos interiormente, tener algo en lo que apoyarse, algo en lo que poder refugiarse frente al advenimiento de cualquier adversidad, incluso algo con lo que anticiparse a cualquier adversidad.
Sí, Céline cava su tumba a placer, porque las paletadas de tierra que arroja al exterior, la grandes paletadas de tierra, y de escoria, y de mierda que arroja al exterior, sabe que son inmensas, geniales paletadas, patadas brutales y exactas a su modo, con las que darle al mundo una y otra vez entre las piernas. Unas patadas que se convierten en ácido corrosivo, cuando el tipo babea como babea éste, o escupe, pero amasando mucho la saliva antes, y añade a todo eso, sobre todo, el humor. Babea con mala hostia, atina una y otra vez con sus excrementos sobre las mayores gilipolleces y los mayores gilipollas, practica una especie de vivisección implacable en los cuerpos y en almas de sus víctimas (los objetos, las situaciones, y todas, o casi todas, las personas; vivisecciona incluso a la propia naturaleza). Aunque añado y rectifico: no, no hay humor en Céline. Lo que sí hay es un gran sentido de la parodia, lo que sí hay es un gran sentido del Espectáculo, así con mayúsculas. No existe sentido del humor en Céline, porque ese sentido del humor lo reemplaza un don extraordinario para la parodia, y a la vez ese sentido de la parodia, para darle juego a él, a Céline, tenía que llevarlo hasta al límite, hasta el envenenamiento mismo de las cosas. Su ácido corrosivo y su deseo de envenenamiento del mundo, que era a fin de cuentas un deseo de persuasión, no permitían algo tan evasivo y ligero, en el mejor sentido de la palabra, como es el humor. Pero la parodia sí se lo permitía. Así que no os dejéis engañar cuando os digan que Céline era un escritor maravilloso, aunque fuese un escritor nazi. Qué plácida gilipollez es esa? Para eso han leído tanto sus Satánicas Majestades? Un gran escritor, e incluso simplemente un escritor, no es nadie, ni es nada, sino es que aporta algo sustancial con su obra. No se puede decir: es genial escribiendo, pero es un nazi pensando. Lo dicho: de qué habla esta gente? Desde luego, la sustancia puede ser limitada, o ser parcial, o presentar tal o cual desviación, pero ha de haber sustancia, es decir algo inseparablemente unido, fundido, algo que simplemente es, y por ese motivo dice cosas de nuestro mundo y además las dice bien. Sí, Céline con sus imágenes, con sus ideas, con sus metáforas, con sus palabras, hizo sin duda el mundo más claro. Y fue así porque era un visionario, negativo, sin duda, pero visionario. Eso ocurre también, por cierto, por tratar de tomar tantas veces los efectos por las causas. Por desgracia, la mayoría de la gente influida por la política, no juzga tanto por estrabismo como por miopía. Eso sí, estos son mayoría, y contra este empecinamiento hay que tener casi tanto más cuidado que con el otro. En esto seguramente estoy con Céline. El libro es además un portentoso DE – LI – RIO. Un delirio, mezcla de obscenidad, y esperpento: de viaje alucinante, de primera visión a muchos aspectos del mundo, de un involuntario: no me lo puedo creer! Es otro de sus grandes aciertos: en algunos momentos de la lectura, uno levanta su cabeza del libro, diciendo, sí, volviéndose incluso a decir: ¡No me lo puedo creer! Porque después de leer “Viaje al fin de la noche” su capacidad para la incredulidad, en el buen sentido, y para el asombro, se han multiplicado por diez. Y es que, bien administrado, este libro expande nuestra imaginación, aumenta nuestro conocimiento de la naturaleza humana, impide, paradójicamente, no los excesos, sino más bien la tentación de quedarnos con la visión de sólo una parte de la vida. No se hubiera podido escribir por otra parte sin más -y eso también hay que decirlo, puesto que se trata de un libro inspirado en la propia experiencia-, sin la poderosa participación de la vida y de sus comediantes, y sin el enorme sentido de sueño o pesadilla que pesa sobre este “Gran Juego”: lo más hiriente, lo más grave, lo más miserable, lo más estrafalario, lo más inimaginable, lo más grandiosamente repugnante, aquí figuran y aquí se mezclan para dar forma así a este descarnado y monumental espectáculo paródico. Y más aún... aunque ¿por qué no se dice nunca, por qué jamás se habla de esto?: “Viaje al fin de la noche” posee también sus dosis de ternura. Y el valor de éstas es tan grande, aunque las dosis sean tan pequeñas, que bien le hacen digno de figurar en cualquier “antología de la compasión” que se precie de este siglo. ¿Céline compasivo, o tierno, o cómo se quiera? Pues sí. Es que la vida de un ser humano es acaso de una pieza, los hombres o mujeres de una pieza? Tan monolíticos de verdad somos? Pensándolo bien nuestro ser se despliega, se fragmenta, se dispersa, se contradice, se armoniza, encuentra sus rasgos complementarios y los pierde...; vacila, titubea, se pone firme, se afirma, se desmorona y -yo al menos así lo creo-, sigue adelante a pesar de todo, o más bien, creo yo, a pesar de nosotros mismos, con una voluntad más poderosa que nosotros, que acaso debiera ser la nuestra. Y para hacerse uno con esa voluntad..., bien para eso está el camino, nuestro camino, el de cada cual. Por desgracia para Céline -aunque yo no creo, por otra parte, en modo alguno que se trate de una desgracia-, la voluntad que él empleó fue implacable, y esa voluntad estuvo al servicio finalmente de un extravío, de una enfermedad, de una locura. Y es muy posible que su afán de persuasión, le convirtiera al final en el vomitivo o envenenado predicador en que se convirtió. Existe una maravillosa reflexión de Kafka, hablando de su necesidad de tener una visión del mundo, que creo puede venir a cuento. Se refiere a ella “como el deseo de adquirir una visión de la vida (y -lo que por otra parte estaba necesariamente combinado con él- de convencer a los demás de mi visión mediante la escritura)”. Por suerte para Kafka, aunque tal vez esto sí que sea de verdad una suerte, su visión no se limitaba a desmontar el mundo, sino que se centraba más bien en la propia desarticulación del sujeto de esa visión. Pero la visión de Céline no era esa esa, y quizá su misión tampoco. La visión de Céline y su misión era “contra el mundo”, hasta que cayó por el costado de su propio precipicio. ¡Si hubiera visto, si hubiera sido consciente acaso, especialmente durante esta primera novela, que sólo estaba armando un gran espectáculo! Un espectáculo sólido además, quiero decir, que todavía los objetivos eran generales contra las maldades de la humanidad misma, y ciertos excesos podían perdonársele en beneficio de la pasión y la lucidez de dicho espectáculo. Pero claro, esto a fin de cuentas es pedir justicia, justicia para él, para Céline, para todos y cada uno de nosotros, una vez más. Y cómo también dijo Kafka: “sólo pide justicia, ya pide demasiado”. Frase que, por qué será, esta vez me parece que no quita nada a la vida. Más bien le añade. Aun cuando tal vez éste, a todos, nos parezca un consuelo casi imposible. Pero ¿acaso habría que buscar otro? [Francisco G. Castro] Reservados todos los derechos ©Wakan-Francisco G. Castro |