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Libro fuera del tiempo: Madame Bovary, Flaubert.-

ENMA BOVARY, FUERA DE LA NORMA

(Abajo cartél de la versión de Chabrol interpretada por Isabelle Huppert)

 

Tal es la fuerza de lo socialmente aceptado, lo que se espera de la persona en su relación con los demás, y la de lo inaceptado, y que por tanto debe buscar otros cauces de expresión, que de su encuentro – casual o maquinado -- nacen monstruos. El sueño de la razón los engendra y el artista los revela, trátese de Goya, de Dr. Jekyll y Mr. Hyde o de Madame Bovary.

Diseñada por Flaubert con el rigor que solemos atribuir a ingenieros o científicos, la magia de esta novela no es fruto de la inspiración y tampoco sólo fruto de la observación: tras esbozar el argumento de principio a fin (basado en una noticia de la época, que se publicó en algún periódico francés), su autor se dedicó a construir cada escena de cada capítulo paso a paso, trabajándolas diálogo a diálogo y línea a línea, hasta que cada mínima pieza ajustase perfectamente en el ensamblado total. Casi es el método con que se trabaja la escritura de guiones de cine en los talleres actuales.

Flaubert fue llevado a juicio, acusado de haber escrito una novela pornográfica en 1857, un año después de su publicación en Francia. Casi 150 años después, nuestros códigos de permisibilidad lectora han cambiado tanto, se han vuelto tan flexibles que resulta interesante también releerla a la luz de ese juicio u opinión social (por fin Flaubert y Madame Bovary resultaron absueltos, y la novela pudo seguir distribuyéndose). Ha cambiado la norma de lo socialmente aceptable, lo que puede ser expresado tanto literariamente como en el diálogo coloquial, y han cambiado los valores que definen a la mujer y a sus roles, pero sobre todo ha cambiado la norma de lo que puede expresarse explícitamente en torno a las relaciones eróticas, de tal modo que no encontraremos, con nuestros ojos de lectores modernos, ni una sola escena subida de tono, ni siquiera de lo que actualmente llamamos erotismo "light". Y sin embargo, ahí están las minuciosas descripciones de Flaubert, que no puede ser acusado de falta de realismo… Pero en Madame Bovary (gran seductora y gran coqueta) su estrategia consiste en sugerir, y hacer que trabaje también la imaginación del lector. Son los comportamientos de Emma Bovary los escandalosos. Alguna vez encontramos adjetivos puestos por el autor que los califican, pero nunca para condenar sino para incitarnos a la seducción de la lectura. Tal vez fue esto también lo que pareció pornográfico, no sólo la ausencia de un juicio moral del autor dentro de su propia obra, ( o la visión moral del autor implícito), sino el uso de esos recursos precisamente para lograr todo lo contrario: para atraer y fascinar, lo mismo que Emma seduce a unos cuantos hombres a su paso por el mundo.

Nos permite una multiplicidad de lecturas, posibles ángulos desde donde encararla sin que pierda un ápice de su potencia, por la aplicación deliberada de unos recursos, encaminados hacia un fin determinado. Tan rica en contradicciones, que la crítica de la escuela del marxismo dialéctico pudo analizarla en los años 60 como un reflejo del juego de fuerzas entre las subclases de la burguesía, sin poder desentrañar, no obstante, el atractivo de una mujer desclasada, que desprecia sus máximos valores (el ahorro, la buena administración, el deseo de enriquecimiento…), y que no es capaz de reflexión intelectual, podríamos añadir, ya que la mueve la pasión del sentimiento, el deseo de algo inasible, de estar en otro sitio y de ser otra… Flaubert se encarga del resto, de pintarnos la atmósfera opresiva, hipócrita y cargada de prejuicios, diríamos ahora, del pueblo donde a Emma le toca vivir y morir.

La película dirigida por Jean Renoir en 1933, Madame Bovary, ilumina algunos aspectos de la novela y recata otros: el desenlace ha cambiado, la película es más benévola con el destino de Charles Bovary y la hija de ambos protagonistas. Si en la novela Charles, tras descubrir las infidelidades de Emma gracias a sus cartas, muere de pena, y la pequeña pasa a manos de una pariente empobrecida, para terminar como obrera en una fábrica (culminación irónica que es la antítesis de los sueños de Emma), en la película Charles (interpretado por Pierre Renoir, hermano del cineasta) y su hija dejan el pueblo a lomos de caballo, después del suicidio de Emma (interpretada por Valentine Tessier), en busca de una nueva vida, por lo que el final es abierto. Lo que tal vez mejor resalte en la obra de Renoir es el esplendor de la ensoñación romántica, reflejada por ejemplo en la escena del gran baile en la mansión de los aristócratas. Allí Emma danzará el vals con su futuro amante Rudolf, el aristócrata, de quien queda prendada por la grandiosidad de sus gestos: ambos se pierden en el vértigo de la danza, y al sentir ella un ligero vahído (tan del gusto de la época), Rudolf, como dueño de la casa, ordena a los criados que rompan las ventanas, y así van haciéndolas trizas con los asientos, para que entre un poco de aire fresco nocturno y aliviar a la dama… Este gesto de derroche, imperdonable despilfarro, en la película y en la novela revelan lo que Emma pide de los otros, que la amen hasta el punto de pasar por alto las convenciones sociales de la medianía, que sin embargo son las suyas y las de la clase social donde le ha tocado existir.

Cualquier censura de la protagonista trágica está fuera de lugar como comentario de un autor omnisciente (Flaubert lo es y en grado sumo). Las conclusiones de tipo moral las deducirán luego algunos lectores, basándose en lo aparente, en el juego o los juegos de la trama, en la revelación de los motivos de los otros personajes, que se transforman en aliados o en oponentes de Emma, antagonistas, y que sirven cada uno a su modo a la maquinaria narrativa.

Probablemente en nuestra época postfeminista no podría escribirse nada semejante a esta novela, con semejante protagonista (aunque no podemos poner la mano en el fuego): Emma tendría más capacidad de reflexión, e incluso de solidaridad; tendría armas dialécticas para articular las tormentas de sus emociones; probablemente pudiese compaginar de otro modo sus diferentes roles, sin perder esos espacios donde necesita dar rienda suelta a su imaginación… Es su autor quien la castiga, paradójicamente, con un final trágico porque encarna el Romanticismo en estado diríamos casi puro, frente a los personajes antagonistas (prestamistas, apotecarios), los mediocres burgueses del Realismo. Y siendo Flaubert un realista, hace con su novela, como anotó Vargas Llosa, algo parecido a lo que Cervantes con Don Quijote El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha: la última tragedia romántica que contiene en sí misma la destrucción del género.

Amparo Arróspide

 

Bibliografía:
Gustave Flaubert, Madame Bovary
Mario Vargas Llosa: La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bovary(1975)

Google

 

DATOS SOBRE LA AUTORA DEL ARTÍCULO:

Amparo Arróspide (st0180@acett.org) es traductora y filóloga.

Recibió los Premios Rimbaud y León Felipe de poesía, por la Fundación de Poetas de Mar del Plata.

Más enlaces:

The Barcelona Review. http://www.barcelonareview.com/22/s_aa.htm Nº de enero-febrero 2001. Tres poemas en castellano e inglés, posteriormente traducidos al rumano y publicados en la revista literaria rumana RAMURI, mayo-junio 2001.

Premio del Primer Certamen de Cuentos, Café Libertad 8, Madrid, 2001.

"Margaret Atwood en el Corazón de las Tinieblas" (artículo publicado en la revista Espéculo, de la UCM): http://www.ucm.es/info/especulo/numero13/atwood.html

 


 

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