Wakan número 30

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Maneras de Vivir

[Por Amparo Pérez Arróspide, Marruecos 2009]Los dos siguientes fragmentos se extraen de una nueva serie de relatos aún sin nombre.

UNO. Hamed y Parisa

“¿Y a usted por qué le da tanto miedo nuestro rey?”

La pregunta ha podido formularla uno de los camareros del café Boston. Lo llaman Hamed, tiene unos veintitantos años y está tuerto del ojo derecho; sube y baja con agilidad la escalerilla que conduce hasta la segunda terraza de la casa de tres plantas, donde acaba de servirle uno con leche. Habla tan bien su lengua por haber pasado largas temporadas trabajando en Madrid y en Ibiza, de donde regresa para ayudar a la familia en los veranos, cuando el pueblo montañés se llena de turistas.

Rif

Aquello era un valle dentro de otro valle, rodeado obviamente de montes, de unos ochocientos metros de altura máxima, por donde las carreteras se perdían en circulares vericuetos.

Hamed le ha dejado sobre la mesa un platito con dos vasos, uno con el café con leche y otro con agua fresca, corriente, que baja de las montañas también, como muchas mujeres que venden sus productos en el zoco.

A Parisa le gustaría preguntarle algo más, pero un grupo de turistas suben por la escalerilla hasta la terraza y Hamed debe atenderlos. Se acomodan en otra mesa junto a la baranda. Piden algo y, de espaldas a Parisa, contemplan las vistas: la fachada norte de la Kaasba, el horizonte detrás, por el que asoma alguna cumbre de montaña, y las tiendas que trepan desde la calle hasta los bajos de la casa donde está situado el café Boston.

“Escúchelos” –Hamed ha vuelto a subir con una bandeja llena de platos y tazas.

Hablan francés, o alemán, o inglés. Llegan a bordo de autocares especiales, y les importan un bledo las guerras del Rif. Muy pocos sentirán miedo, en consecuencia, salvo de las intoxicaciones alimentarias que podrían sufrir.

Rif
Rif

”No los asuste. De los turistas queremos su dinero, ellos lo saben y así se evitan un montón de problemas. Pero a usted le convendrá recordar. “— ha musitado Hamed.

--: Durante la Guerra del Rif, las fuerzas combinadas franco-españolas arrojaron bombas de gas mostaza sobre los rebeldes bereberes, pero según otras fuentes, fueron las tropas coloniales españolas las que utilizaron por primera vez contra la población civil el arma química.

--: Es bien sabido. Por esas fechas, entre 1919 y 1926, ya habían nacido varias de mis tías maternas. Y la abuela de usted, supongo—responde Parisa y decide que será hora de irse.

Una de las mujeres ha encendido un cigarrillo. En silencio, parece perdida en alguna ensoñación romántica.

Rif

Era asombroso que hubiera allí, en ese pueblo de las montañas, gente capaz aún de hablar español. Asombroso anacronismo, rémoras de un pasado colonial que aún ponía la carne de gallina a quien lo investigara, poblado de crueldades y maldades infligidas por las grandes y medianas potencias imperialistas, como las hubiera llamado Hamed, a cambio de algunos regalos, si así podía llamarse a la difusión de la lengua ajena. Aún en esto los franceses llevaban amplia ventaja a los españoles, que después de la pérdida de Cuba no habían dejado de cometer barbaridades históricas en ésa y otras partes del mundo.

Como fuera, uno llegaba a los lugares con sello de edad, sexo y procedencia, como cualquier producto. La procedencia indicaba un cúmulo de detalles adicionales: la lengua que se hablaba y la cultura desde donde se entendía el mundo. En algún momento, ese entendimiento podía hacer crack, agrietarse como la primera capa de pintura en la pared.

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“Los bereberes tuvimos un héroe glorioso también, que fue deportado a prisión, a una isla lejana, en 1926, y que regresó en loor de multitud. Se llamó Mohammed Abd al-Karim al-Jattabi, conocido en la historiografía española como Abdelkrim o Abd el-Krim. Como todas las guerras, fue cruel. Puede leerlo también en Wikipedia, señora.”

El rey les sonreía, con aire de familia, contra el fondo rojo y verde hierba de una pared. Una grieta, como una cicatriz, la surcaba hasta llegar a la escalera.

 DOS.La cabra

Con la cabra, diferencia importante, no se siente incomodada ni por las circunstancias ni por el idioma. Se han encontrado también algunas veces antes, a lo largo del sendero que conduce desde la casa hasta la carretera principal, por donde de vez en cuando pasa algún automóvil. Parisa camina despacio al pasar junto a la cabra, que remolonea feliz por estar rodeada de tanta vegetación, atada una pata por una soga. Prefiere no importunarla. Con la cabra se puede hablar con entera libertad, sin certeza de que te escuchen o no, pero al menos con un sentimiento pacífico de estar compartiendo tu humanidad con un interlocutor atento. Aunque levante los belfos hacia las ramas de arbustos más cercanos y se ponga a devorarlos con fruición. Nada muy diferente, si bien se piensa, a conversar con alguien mientras comparten un bocadillo.

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Cabras como ésta llevaban viviendo allí desde incluso mucho antes de la Revolución Francesa y sin duda fueron testigos de la guerra del Rif y la creación de la República Independiente de las Montañas, que duró hasta 1926, como le había contado Hamed.

Hubiera sido fácil decir “Todo comenzó en …” y a partir de ahí contar toda la historia, pero hubiera sido también faltar a la verdad, porque casi nunca estas cosas arrancan de un lugar determinado, sino de varios, simultáneamente, y sus causas se esconden en pasados de otras gentes y otras tribus.

Parisa y la cabra se han reencontrado en el sendero, y como el aire está tibio por la luz, Parisa va a sentarse sobre un pretil de piedra bajo el olivo, rodeado de diminutas margaritas, cientos de ellas, como una alfombra amarillo limón o un estandarte mal puesto del Vaticano sobre la tierra. Acaricia la frente de la cabra, cubierta por pelos ásperos, y el nacimiento de los cuernecitos, y al animal debe gustarle, porque no se aleja.

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El kikirikí de un gallo las saluda.

“El gallo Rubén Darío, general de un ejército cobarde, continúa tocando su clarín.” Le dice Parisa a la cabra, que se ha puesto a comer las margaritas en torno al olivo y, de paso, las hojitas de unos retoños de un metro de altura.

No sé qué podría contarme usted, señora Cabra, de las guerras del Rif que no se pueda leer en Wikipedia, ¿tiene algo que decirme?

Pero el animal no se inmuta, exhibe una paz interior tan completa que Parisa siente envidia. Y cuando por fin contesta, se da cuenta de que no podía corresponderle ninguna otra voz más que la que oye, profunda, semejante a un balido articulado en compases que van ligándose unos a otros.

“No hay Rif. No hay kif. No hay hachís.”

Y repite: “No hay Rif. No hay kif. No hay hachís.”

“Yo también soy madre. “ – añade la cabra—Mire a mi retoño, pero no lo toque porque me causa aprensión. Dentro de poco, a mí o a ella nos comerán nuestros amos, si no huimos antes. Tal ha sido desde tiempos inmemoriales nuestro destino de cabras. Aunque seamos criaturas independientes, poco comparables con las ovejas. Usted me entiende”

Parisa asiente con la cabeza; va a preguntarle por el padre, el chivo, cuando el gallo vuelve a cantar, glorioso. “Cocorocó”.

[Amparo Pérez Arróspide] Reservados todos los derechos © Wakan-Amparo Pérez Arróspide