Wakan nº 31

Portada

DeQueVaRevista

Cine

Mitos y Leyendas

Maneras de Vivir

Estás en LITERATURA pág 2 - Ir a pág 1 Libros fuera del tiempo (El filo de la navaja, S.Maugham)

Envío textos: twakan@yahoo.es

AUTORES DESCONOCIDOS o INÉDITOS

Daniel Fernández Roldán: Entrevista a mí mismo.-

(por cortesía de la revista “El gran juego”)
 

-Al fin logro sentarte y antes de nada me gustaría transmitirte mi sincero agradecimiento por el esfuerzo que sé que has realizado llegando hasta aquí y dedicando estos minutos preciosos de nuestro tiempo...

-No, soy yo quien se siente obligado a agradecer tu paciencia...

-Más que paciencia, creo que ha sido perseverancia en mi insistencia; de cualquier modo lo importante es que aquí estás y... Vamos a ello “pues” (que diría aquel amigo asturiano).

-¡Ala pues!

-Te voy a hacer una pequeña trampa y voy a comenzar haciéndote la pregunta que seguro esperabas. Me escudaré en el fácil recurso de “las exigencias del guión” y disparo a bocajarro: ¿tu experiencia más terrorífica?

-Sabía que no me escapaba... Pero tan pronto... La primera... En fin me lo tomo como la “pequeña venganza del chinito” por tu derroche de paciencia...

Una semana santa de no hace muchos años... Pirineos, en los alrededores del circo de Vigne Mal... Caminábamos cruzando un vasto reino de nieve, blancuras cegadoras y cumbres que como gigantes dormidos nos rodeaban por cualquier sitio. El resultado, bajo un sol intenso, era bellísimo pero al mismo tiempo un tanto desolador.

Desde hacía un par de días sólo pisábamos nieve y de vez en cuando rocas. Pasábamos por lugares donde la nieve se había acumulado en formas y equilibrios sorprendentes (la nieve era deliciosamente blanca, a menudo con tonos azulados, pero al tocarla con las manos desnudas, las laceraba con un dolor cortante, progresivo... Cruel). En varias ocasiones había sentido ya la desazón que provoca el camino perdido, no encontrado o escondido bajo el manto de nieve y hacía tiempo que los relieves inmensos habían desbordado mi escala humana: las inalcanzables cumbres, los cortados abismales, collados uniendo moles verticales e inabarcables...

Esta vez, al otro lado de aquel cordal que tanto me había agotado subir, el camino era claro... Y único. Apenas se percibía la tenue línea de la cornisa que se perdía en la lejanía atravesando, a nuestra izquierda, una profunda “pala” de nieve. Era como un trozo de un embudo gigantesco que tuviera por borde la abrupta e inaccesible cumbre en la parte más cercana a nuestra posición y lo que desde la distancia parecía una cuerda descendente y caminable al final del peligroso camino. En total unos doscientos metros de travesía por delante, que yo observaba en cuclillas tratando de anular el temblor de mis piernas debido al cansancio. Estaba claro que podíamos esperar lo que quisiéramos a costa de enfriarnos, también que no había otra vía alternativa. Tratando de no pensarlo demasiado, empezamos a caminar. Cada paso era una pequeña odisea; el peso de la mochila me obligaba a moverme cuidadosamente para no descompensar el precario equilibrio. La pendiente era tal que sentíamos en la parte derecha del cuerpo la proximidad de la lisa pendiente, fría, dura... Sin posibilidad de ser agarrada llegada la necesidad... A nuestra izquierda el abismo que tratábamos de ignorar. Apenas habíamos alcanzado la mitad del recorrido y la nieve se había endurecido más de lo que esperábamos, nuestras botas apenas se hundían. Asentar cada pie todo lo bien que podíamos antes del siguiente paso iba sumando grados al cansancio. Estaba claro que contemplar aquella cornisa sin camprones era una temeridad, pero ya no servía de mucho pensarlo... Yo trataba de fijar la vista en un punto distante y olvidar el abismo, entonces sucedió que mis pies fallaron y tropezaron entre sí: mi cuerpo entero quedó suspenso en tensión durante los instantes que oscilé sobre un solo pie hasta lograr apoyar el otro en una posición forzadísima. Me quedé paralizado por un pánico atávico de vértigo e impotencia ante el abismo. Era incapaz de moverme y así transcurrieron momentos interminables. Recuerdo mirar al frente y ver una sombra de pánico atravesar el rostro de mis amigos..., sabíamos bien que en aquellos momentos no había manera de poder ayudarnos. Por fin logré dar otro paso más y tratando de pensar en todo lo que me esperaba lejos de aquel lugar, recordando oraciones olvidadas, volví a mi torpe caminar. Como si se tratara de un tirante entramado de cuerdas que en cierto instante pierde la tensión, mis piernas, brazos y en conjunto todo mi cuerpo, volvieron a responder... Creo que me impulsaba la certeza asumida, ya casi con sosiego, de que llegar al final de aquella cornisa no dependía de mi total voluntad... Nunca volví la vista atrás y apenas recuerdo el resto del día.

-Te diré..., me has puesto los pelos de punta, ¡y no precisamente de frío!. Me has hecho recordar alguna situación... Me da la sensación de que ese pánico al abismo de una forma u otra lo guardamos todos en recovecos poco visitados de nuestra memoria...

-En fin, si quieres “actualizarlo” puedo contarte como llegar a un par de lugares en Pirineos...

-Me da la impresión, no obstante, de que algo que contribuyó a fijar en tu memoria esos momentos como terroríficos, fue esa certeza de soledad ante el abismo, y peor aún tal vez, una soledad “acompañada” puesto que tus amigos estaban a escasos metros sin poder hacer nada...

-Cierto, creo que en aquellos momentos sentí una extraordinaria conciencia de ser aislado, limitado; dejas de escuchar lo que hablan a tu alrededor, tu atención deja de percibir parte del entorno inmediato de la misma forma que tu cuerpo parece que deja de atender a tu voluntad.

-¿Qué hay de esa “certeza” a la que aludes, que finalmente te permite desanudar tu ser y completar la peligrosa travesía?.

-Sí, creo que en cierta medida consistió en recobrar una especial valentía que enraíza en la íntima aceptación y abandono al destino propio. Estaba haciendo equilibrios sobre un pie y en los instantes siguientes había dos posibilidades que se me presentaban con la aplastante fuerza de una alternativa simple: caer al abismo o continuar caminando por el único camino posible. Creo que en los cruces de nuestra vida diaria, afortunadamente, contamos con múltiples posibles elecciones, si bien el cansancio, la comodidad o la falta de esa valentía a la que me refería antes, acaba reduciéndolas o anulándolas. El suceso que ahora conoces no contiene heroicidad alguna, tampoco hubo realmente valentía..., sólo había un tortuoso camino, y un abismo.

Reservados todos los derechos © Wakan-Daniel Fernández Roldán