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Wakan |
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Autores desconocidos o inéditosEn busca del cielo perdido [por Joaquín Pavía].-_I_ 1964 La luna estaba oculta tras los cirros, a una distancia incalculable, completamente redonda. No sé si un puñal intentó clavarse en su centro o si, tal vez, la figura del cazador erró en su cósmico disparo y huyó avergonzado hacia la cara oculta bajo un cielo más oscuro que el terrestre… Entonces, siempre entonces, quise rememorar escenas de mi infancia; pero únicamente logré recordar que yo era niño entonces (siempre entonces); un niño redondo, oculto por los cirros nocturnos y embriagado de visiones cuando llegaba la noche. Una de aquellas noches, vino “El Coco” atravesando las paredes y acercándose hasta mi cuna, que me parecía enorme, para hablarme de sus actos monstruosos que enumeraba repasando una libreta donde, seguramente los hombres habían escrito su vida inextinguible, perdurable a través de las largas noches y mañanas. Yo sabía que él era un ser triste, una sílaba hambrienta y lastimada, escondido entre las sombras con un resplandeciente color verde, y que se sostenía sobre un enorme bastón que, en ocasiones, era capaz de convertir en mariposa. Se sentó a la vera de mi cuna haciendo crujir las baldosas amarillas de los suelos. Frente a él había un par de pequeñas ventanas que incubaban un polvo eterno en sus cristales, y quiso hablarme del Cielo, donde él, alguna vez, había estado; pero sólo fue capaz de contemplar el cristal de las ventanas y se puso triste sin que apenas lo advirtiera. Se levantó melancólico y limpió el polvo que servía de visillo a aquellas dos pobres ventanas. Cuando hubo terminado, guardó el polvo en un saco de piel que contenía piedrecillas brillantes y rosadas. Agitó el pequeño saco y lo volvió a abrir para que yo pudiese contemplarlo, pero estaba tan oscuro que no pude apreciar nada. Le pedí que me hablase del Cielo mientras cerraba su saco, estrangulado en su abertura por unos delgados cordones de cuero azulado; pero a él le comenzaban a brillar lagrimillas en los ojos y se le agarrotaba la voz apenas intentaba despegar sus labios. Así que abrió de nuevo el saco, separó las piedras brillantes y rosadas y esparció todo el polvo por el suelo de la estancia. Después desapareció por las paredes levantando un leve viento que crecía al tiempo que decía que acababa de donarme el Cielo que en su saco custodiaba; y el viento esparció el dorado polvo por todos los rincones de la casa. Al día siguiente, María, que barría solitaria los suelos de la casa casi todas las mañanas, recogió el polvo con su escoba; pero no barrió mi cuarto porque en aquel cuarto mío nunca entraba, y el polvo misterioso fue a ocultarse en los rincones que daban al pie de mi cuna destartalada y yo lo cubrí con un trapo viejo con el fin de que nadie lo encontrara. Yo sentía miedo de levantar aquel viejo trapo de rayas azules y blancas, y esperé a crecer para contemplar el milagro que ocultaba. Los ratones de la casa acabaron con la tela al cabo de los meses o los años y el polvo quedó al descubierto; pero yo seguí sin atreverme a contemplar nada de aquello, pues creía que el polvo y el Cielo eran cosas pertenecientes a la soledad cenicienta de los muertos. (Abajo dibujo de Lichtenstein)
-II-1969 La madre preguntó al hijo: -Hijo ¿dónde está el Cielo? Y el niño fue a buscarlo en los rincones más oscuros de su cuarto. Yo tenía entonces nueve años. Y volví hacia mi madre con las manos repletas de aquel polvo que, al cabo de los años, aún brillaba. Soplé sobre mis manos liberando lo que ya casi parecía un polvo cristalizado, o un cristal pulverizado, y dije a mi madre: -Mamá, el Cielo está en el aire; acabo de liberarlo; lo venía conservando en los rincones amarillos de mi cuarto y, ahora, lo he donado a los vivos, a los muertos y a los santos. Mi madre, entonces, me llevó al cuarto de baño y, con agua y jabón, lavó mis manos. El resto del Cielo que aún quedaba entre mis dedos se perdió por el desagüe estrecho del lavabo. Yo me entristecí mirándome las manos, porque el Cielo que guardaba en los rincones más ocultos de mi cuarto aún no había sido contemplado por mis ojos. -III- (19…) Pasaron suaves años y, al cabo de algún tiempo, olvidé aquellas oscuras pretensiones de querer averiguar el aspecto interior de nuestro Cielo. Hasta que las nuevas experiencias de mi juventud, terminaron conectando con las más siniestras y simples inquietudes de mi infancia e intenté reflexionar sobre el antiguo Cielo desde otro ángulo, inexplorado y oculto entre los pliegues sinuosos del cerebro. -IV- (1978) Buscando algunos papeles perdidos por mi cuarto, encontré una agenda negra que me habían regalado y por curiosidad ojeé, descubriendo que, del once al diecisite de diciembre, tuve nuevos encuentros con el Cielo. Ocurrió no hace mucho tiempo, finales del 78, cuando un frío invernal congelaba las sonrisas y los cuerpos, y yo reposaba tumbado en un banco de madera del Paseo de Rosales, completamente entumecido y enfriado. Luego conseguí levantarme, completamente vivo y aliviado, y anduve lentamente hasta el café más cercano donde me sirvieron un espeso chocolate en el que los churros, completamente helados, se hundían y emergían humeantes. Alguien estaba a mi lado y preguntó por los servicios, que no había, y permaneció a mi lado sin pedir nada, simplemente esperando allí la llegada del verano. Yo saqué un sol que guardaba en mis bolsillos y lo puse entre sus manos, que eran femeninas, y no miré su rostro. Al poco rato se dejó oír un gimoteo a mis espaldas y volví mi vista hacia su rostro, su rostro que ocultaba un velo negro que rozaba su barbilla y se hundía levemente a la altura de sus labios. Sinceras o falsas lágrimas recorrían aquel velo suyo negro, demasiado tupido como para averiguar el color enigmático de sus ojos igualmente negros. Me devolvió el sol que yo había puesto entre sus manos y algo sucedió, dentro o fuera de mis bolsillos, porque no pude decir nada, porque pagué en silencio y salí a la calle a reunirme con el frío y con los gatos. Al día siguiente, volví al mismo lugar con una luna plateada en los bolsillos. La mujer seguía allí, con el velo repleto de lágrimas; el camarero le daba la espalda fingiendo estar demasiado ocupado secando con un trapo los platos, los vasos y las tazas. Me acerqué hasta la mujer y descorrí su velo. Ella pareció sentirse impresionada, retrocedió tanto como le permitió la pared y se deslizó por ella hasta quedar sentada en el suelo. Abrió enormemente sus ojos negros, casi blancos, y despegó sus labios para hablarme: -La demencia anda suelta en la ciudad con un impermeable rayado. Yo saqué la luna plateada que llevaba en los bolsillos y me agaché para llevarla hasta sus manos. Ella la envolvió en su velo negro y la guardó en el bolsillo izquierdo del impermeable rayado que llevaba. Salí a la calle sin haber perdido nada, pensando que el Cielo vestía a sus santos con dementes impermeables rayados. Tal vez, aquella tarde, había conseguido aproximarme a un aspecto inédito del Cielo. -V- (1980) Al salir de casa fui directamente a la bodega por la sombra. Me preguntaba si en el Cielo habría escaleras, pestillos, puertas y ventanas. Era algo que me interesaba saber mientras cruzaba una ancha carretera, jugándome la vida por alcanzar ese estúpido bordillo de la acera. Simpáticos pilotos detuvieron sus cacharros para dejarme cruzar, y yo les sonreí o esbocé algunos besos en el aire tan pronto como me sentí a salvo. Regresé a casa un poco tarde, bastante cansado y abrumado por todas las visiones del Cielo que habían estallado para siempre al final de aquella tarde. El tiempo pasaba despacio o, quizás, yo avanzaba demasiado aprisa por grises aceras repletas de baches y papeles. En alguna esquina, viejos amantes querían ser los reyes del planeta y nunca habían salido de su barrio. En alguna otra esquina, un par de borrachos se abrazaban para no perder el medio equilibrio que aún tenían mientras hacían juramento de renovar el viejo pacto con el alcohol de un modo más severo y perdurable. También yo, al volver de la bodega, me detuve largo tiempo en una de esas esquinas redondeadas por el viento y el paso de amarillentos cadáveres. Me detuve porque pensé que aquella era mi esquina y porque era el tipo idóneo de esquina para instalar en el Cielo. Enfrente de la esquina menos redondeada y más robusta, a mi derecha, había un estanco y, a mi izquierda, una pequeña lechería propiedad de una viuda entrada en años, que se acercó hasta mí para ofrecerme un cigarro y pedirme que le hablara de mi infancia. Yo dudé por un momento, pero conté a una anciana lo ocurrido con el polvo, y cómo los últimos vestigios de aquel Cielo acabaron, para siempre, perdiéndose por el desagüe estrecho del lavabo. Al terminar mi relato besé su frente enjuta, cúbicamente escamada, y abandoné aquella esquina volviendo la vista atrás de vez en cuando, para ver aquel cuerpo inmóvil que comenzaba a ser cadáver. Fui a buscar a mis amigos. EL CIELO estaba malva y a él no podía accederse por ninguna de sus partes. [Joaquín Pavía] Reservados todos los derechos © Wakan-Joaquín Pavía
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