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tWakan.com / Pág. 2 de LITERATURA: AUTORES DESCONOCIDOS O INEDITOS

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Libros fuera del tiempo

Pequeño, grande de John Crowley.-

[Primer texto por Rodolfo Martínez. Aparecido en el 2004 en la revista digital La Insignia y cedido amablemente por su autor] [Segundo texto de Tesa Vigal]

-John Crowley nació en Maine, Estados Unidos, en 1942. Estudió literatura y cinematografía y escribe ambas cosas, pues es el autor también de guiones de cine. Desde 1993 es profesor de escritura creativa en la universidad de Yale.

    “Cuando estaban a solas en los prados, sin nadie que las viese, retozaban, saltaban y brincaban tocando el suelo lo más levemente que podían, y gritando: “¡Somos burbujas de tierra! ¡Burbujas de tierra!” (Flora Thompson, cita que abre el libro de Crowley).                                           

A mediados de los años cincuenta la literatura fantástica moderna se encontró con su mayor escollo, tropezó con algo que estuvo muy cerca de herirla de muerte: la publicación de la novela de Tolkien El Señor de los anillos, cuyo éxito (impensable tanto para su autor como para sus editores) convirtió a la inmensa mayoría del fantasy anglosajón en imitaciones, homenajes, relecturas y refritos de la Guerra del Anillo. Por supuesto, Tolkien no es responsable de eso, él se limitó a escribir lo mejor que sabía, pero lo cierto es que la influencia de El Señor de los anillos ha supuesto más un lastre que un acicate para la fantasía moderna.

Ha habido excepciones, por supuesto, pero sorprendentemente no ha sido en la fantasía pura donde ha manifestado su mejor evolución el género, sino en el terror. Los hallazgos interesantes de la fantasía moderna no los encontraremos en las dragonadas sino en la obra de Clive Barker, Neil Gaiman y, ocasionalmente, Stephen King.

Con “Pequeño, grande”, John Crowley demostró que se podía escribir un cuento de hadas contemporáneo enraizado en la tradición pero ambientado y atado al presente, un cuento de hadas en el sentido más estricto y tradicional del género, sin abandonar ni un solo momento el mundo actual, aunque sea un mundo actual sorprendentemente intemporal, uno de los grandes aciertos de la novela.

Y uno de muchos. Porque estamos ante el que es, sin la menor duda, el cuento de hadas definitivo, la historia que aspira a ser el cuento de cuentos y, para quien esto escribe, lo consigue con creces. Crowley ha sabido conjugar elementos tan dispares como la narración fantástica tradicional británica, el realismo mágico latinoamericano, el ocultismo y la literatura de búsqueda personal y ha construido un aparato desmesurado y enorme, una especie de laberinto circular que se retuerce una y otra vez sobre sí mismo y no parece acabar nunca; y que cuando acaba lo hace de un modo tan fluido, tan inevitable que uno piensa que, desde el principio, sabía (aunque no lo supiera) que sólo podía terminar de esa manera.

“Pequeño, grande” es una historia que está llena a su vez de otras historias, un cuento que cuenta cuentos y reflexiona sobre el arte y modo de contarlos, una casa de muchas fachadas, de innumerables puertas e incontables escaleras en las que uno puede perderse sin haberse movido jamás del mismo lugar. Posiblemente el mayor acierto de la novela, el pegamento que consigue que todo permanezca unido mientras la historia va serpenteando sin que sepamos muy bien hacia dónde, es su ritmo: siempre tranquilo, sin prisas pero nunca moroso. Pocas veces he visto a un libro respirar de un modo tan regular y adecuado, llevarnos de la mano con tanta suavidad hasta parajes tan extraños e imposibles que sólo pueden estar a la vuelta de la esquina.

Es una pena que no haya más libros como éste. Pero, claro, las obras maestras lo son entre otras cosas por su escasez.

[Rodolfo Martínez]

Reservados todos los derechos © Wakan-Rodolfo Martínez

Apuntes de Tesa Vigal.-

“Las cosas que nos hacen felices nos hacen sabios” (Pequeño, grande).

Y se podría preguntar ¿es lo mismo felices que inconscientes? Yo diría que no, aunque depende. Otros dirán que sí. En cualquier caso, con cada respuesta entraremos en una habitación distinta que contiene nuevas puertas y otras habitaciones antes de las puertas y pasillos en curva, algunos con escaleras, otros sin ellas y la casa de límites borrosos se irá agrandando según nos internamos en ella hacia su centro y se irá empequeñeciéndose hasta desaparecer si nos dirigimos hacia cualquier otra parte.

Y esa casa central del libro de Crowley (y de cada vida), llamada no por casualidad Bosquedelinde, también desvelará otras muchas peculiaridades, por ejemplo la de desembocar en la salida todos los pasillos que parecen ir a su interior y precipitarse en su centro aquellos que parecían conducir al exterior. Y tiene como complemento una casa en la gran ciudad, tremendamente urbana y tan compleja y contradictoria como su hermana campestre.

El portón de acceso a su laberíntico jardín, por el que penetró casi al principio de su historia Fumo, uno de sus protagonistas, tiene la virtud de convertir en irrevocable aquel primer paso decisivo y, por lo tanto, nunca se saldrá de allí aunque se vuelva a atravesar cientos de veces.

La condición para llegar a él es la inevitable para cualquier viaje interior (con todos sus periplos exteriores surgidos del alma): tiene que hacerse caminando, siguiendo el mapa personal que no se sabe de dónde ha salido, comiendo las provisiones que uno mismo se ha puesto en la mochila, casera no comprada, y pernoctar en sitios encontrados por uno mismo, o bien mendigar, o ser invitado. Además la meta, esa casa en otra parte, no aparecerá explícitamente en el mapa.

Porque sólo las promesas entrevistas y sentidas en la infancia, sin necesidad de alguien para pronunciarlas, son las reales y verdaderas. Todas las demás, que surgen a lo largo de la vida, no son más que hojarasca ilusoria y caduca que extravían la dirección que señalaban aquellas.

Da igual que uno viva en una gran ciudad, o en lo más agreste del bosque, Bosquedelinde está allí, cerca o lejos dependiendo de nuestros pasos, no del escenario por el que andemos.

El secreto del viento del norte es la propia existencia de su espíritu, aquel que sopla mágicamente desde su cara invisible, aunque muchos sólo consideren su cara física, la de corriente de aire desmenuzada patéticamente por la ciencia.

Y como el viento todo tiene dos caras, su espíritu y su forma material. La mirada legendaria con la que Crowley contempla y despliega (otro mapa) las peripecias vitales de los personajes de esta historia, unos urbanos, otros campestres, es una portentosa mano desgranando palabras como pasos, miradas, decisiones, revelando sus raíces de vertiginosa profundidad y consecuencias infinitas como el aire. Ambas cosas están ahí, pero sólo se ven cuando nuestra vida funda mundo y cada vez que nos enchufamos a nuestro sentido, o el alma nos susurra canciones más profundas que cualquier religión o filosofía, tan abismales como el mar, tan poderosas como el inconsciente, tan bellas como auténticas y a menudo extrañas.

 

 

Es una historia que vuelve a colocar al País Borroso y sus habitantes como una parte esencial de la vida cotidiana. Asombrosa alquimia verdadera, que revela la magia del sexo, el significado de las señales, personajes que se apellidan Ratón, arcanas encrucijadas en los pasillos del metro, dos hermanas inseparables que compartirán amorosamente a Fumo, fotos reveladoras de figuras que estaban y no estaban entre el follaje de un jardín, un coche abandonado por el hermano seductor del que nunca volvió a saberse, la vieja trucha que una vez tuvo una existencia humana, ojos salvajes (es decir, puros), o niñas desaparecidas llevadas por Ellos (así es como nombran sus personajes a esos otros presentidos, entrevistos y añorados, deseados y temidos de la Otra Parte) a un País Borroso que nunca se nombra, pero cuyo latido es asombrosamente físico a lo largo de sus páginas, que parecen brotar solas a su debido tiempo, como las hojas en primavera desde la oscuridad misteriosa de la tierra.

La sabiduría, el alma de la civilización occidental (y que aún se conserva en los pueblos llamados primitivos) se relegó y desechó en los cuentos míticos, de origen anónimo y ancestral llenos de pavor y maravilla (que diría Castaneda), la tela que trenza el mundo entero. Es el momento de su regreso en perfecta fusión con el lado racional, sin que ningún lado se reprima, para que juntos (de nuevo el sexo, de nuevo la alquimia) nos devuelvan nuestro ser entero y libre.

Para recorrer y empaparse por la fascinación heterodoxa de este libro, ahí está la brújula que guardas desde siempre en ese cajón bajo llave. Justo en ese.

[Tesa Vigal]

[En caso de usar este texto: sin modificar y citando autora y procedencia] © Wakan-Tesa Vigal