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El Busto de Cicerón y la espora [Por Fe Ventura]

En Londres, el Wellington Museum conserva un busto de mármol de Cicerón del siglo primero a. C. Esta cabeza se rompió o la rompieron. Curiosamente, las quiebras de su superficie, subrayan el volumen de su frente, sienes y mejillas. La frente está despejada, mientras mirada y cejas expresan concentración y alerta. Sus labios están entreabiertos: nos habla. Ni grita ni susurra; la profundidad de las hendiduras de las mejillas nos indica que cuida y da peso a la palabra que está pronunciando. No es fácil averiguar qué dice Cicerón, el más laureado orador que fundía la estructura y lógica del latín con la sutilidad y matices orientales del griego. Sus labios articulan la letra "e". Posiblemente diga "Res publica", la cosa pública que tanto defendió; pero no lo sabemos con seguridad.

En cualquier busto, la cabeza está separada del cuerpo y no se muestran las manos. El busto de Cicerón revela que le cortaron la cabeza y las manos para exhibirlas en el foro romano. Tras matarle, debían tener miedo a lo que podía hacer y decir, como a lo que hizo y dijo. Fue Marco Antonio quien ordenó su muerte, y sabemos por qué.

Marco Tulio Cicerón vivió sesenta y tres años (3 de enero 106-7 diciembre 43 a.C.). En defensa de la república, Cicerón se opuso a la dictadura de Julio César y después declinó su invitación para sumarse al triunvirato. Cuando César y Pompeyo luchaban por el poder, Cicerón se decantó por Pompeyo. Posteriormente, como cabeza del senado, también se opuso a Marco Antonio, el sucesor de César tras su asesinato. El segundo triunvirato formado por Marco Antonio, Lépido y Octavio, aplastó el lado republicano y proscribió a dirigentes opositores. Entre ellos estaba Cicerón.

Si queremos averiguar más de Cicerón podríamos preguntar a sus familiares y amistades, y a quienes defendió en procesos judiciales, con o sin éxito. Y vamos a hacerlo. En su vida familiar, no muy feliz, Trentia fue su primer matrimonio de conveniencia. Tuvieron una hija, Tullia, y doce años más tarde un hijo, Marcus. Se divorciaron cuando Cicerón tenía sesenta años, tras enfriarse la relación (y según Cicerón, por una excesiva independencia económica que estaba arruinándole). El segundo matrimonio de Cicerón con Publilia pagó con la dote el divorcio de su primera mujer. Publilia era una rica discípula de diecisiete años, y sus celos hacia la atención de Cicerón por su hija, pronto le motivaron a devolverla a su familia.

Fue precisamente su hija Tullia quien dejó a Cicerón destrozado, cuando murió embarazada en su tercer triste matrimonio. A Cicerón, quien no tenía inclinación natural por el sexo, le propuso un amigo a su hermana para un tercer matrimonio; le respondió que era difícil combinar una mujer y su dedicación a la filosofía.

 

Las numerosas residencias de Cicerón, entre Roma y Nápoles, parecen indicar gran riqueza. Pero esto es engañoso, pues solía andar corto de dinero y pagaba sus gastos con las herencias que le dejaban sus amistades. La gran amistad literaria de Cicerón fue Caerellia, quien también le prestó dinero. De hecho, si ampliamos este horizonte geográfico a las ciudades griegas de Atenas y Rodas, no sólo descubrimos más residencias, sino la distancia de sus exilios. Fueron estancias voluntarias, cuando perfeccionaba su formación en leyes y retórica, o forzadas tras confiscarle sus propiedades y destruir su casa. En estos periodos de exilio, hundido y dedicado a escribir, solía decir que nunca estaba más ocupado que cuando no tenía nada que hacer. Cicerón dirigió la mayoría de sus escritos a Atticus, formalmente Titus Pomponius. Atticus era un antiguo discípulo y gran amigo, en quien encontraba consejo, aliento y apoyo; y quien le animaba a escribir historia para evitarle mayores problemas y nuevos exilios.

Si nos preguntamos cómo escribía Cicerón y cómo se comunicaban sus escritos, vemos una mano sobre papiro usando una caña mojada en tinta. Las notas se añadían, en una capa de cera, con un punzón de madera o metal. El punzón tenía un extremo en punta y otro plano para borrar o reescribir encima. Al terminar, se pegaban las páginas de papiro para formar un rollo, que se ataba con una cuerda fijada con un sello. El correo a caballo recorría cincuenta millas al día (unos sesenta kilómetros). De Bretaña a Roma, cuando se carteaba con César, el correo tardaba unos veinte días.

Cicerón solía escribir o dictar sus casos defendidos en tribunales, el mismo día o al día siguiente de su exposición pública, cuando todavía tenía el discurso fresco. Cayo Rabirius nos diría que Cicerón le liberó cuando nadie apostaba un sestercio, por estar ya condenado de hecho. Otro reo, Milón, le escribió diciendo: "Oh Cicerón, si hubieses hablado entonces como después has escrito, no estaría yo disfrutando de tan excelente pescado en Marsella" (donde estaba la prisión).

 

 

Izquierda su busto. Arriba fachada Wellington museum y debajo pintura de Cicerón en el senado

De Cicerón conservamos unas ochocientas cartas y unas cincuenta obras, sumando ensayos, discursos, traducciones y poemas. Hay textos de Cicerón que incluso hacen desear envejecer rápidamente. Pero no se conoce aún pócima más potente que la enviada a su hijo, un escrito entre septiembre y noviembre del año 44. Tras recibirlo, Marcus continuó siendo un soldado bebedor, comilón y dado a pasarlo bien. Alguien podría pensar que si el propio destinatario pasaba página a nadie más interesaría. Sobre el deber versa simplemente sobre una pregunta: si debemos hacer lo que debemos hacer, o si debemos hacer lo que es conveniente. El hilado de palabras y ritmos que desarrolla esta pregunta forma tal poderosa combinación química que lleva la mente humana a ebullición, como un virus agresivo y contagioso. Este breve ensayo inspiró los escritos de los Padres de la iglesia, el Renacimiento a través de Petrarca, y la Revolución francesa vía Voltaire.

El Wellington Museum guarda una peligrosa espora en su recinto: una epidemia latente en la historia de la humanidad. La piel irritada del busto evidencia padecer una alergia a la corrupción y a cualquier forma de tiranía, que cierta temperatura y lugar podría reactivar. Curiosamente, hemos observado que, últimamente, el personal del museo efectúa cambios de orientación al busto y manipula con frecuencia los termómetros.

[Fe Ventura]

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