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Maneras de Vivir / NUEVAS ENTRADAS DE WAKAN EN : cuadernos dionisiacos de la luna palida

Isadora Duncan o bailar de verdad

[por Tesa Duncan. Originalmente publicado en los 80 en la revista "Mandrágora y el Pirata". El "Duncan" es el seudónimo adoptado entonces por amor a ella]

"No existen empalizadas en el cielo... / Soy una antorcha erguida" (Bob Dylan: Mr. Tambourine man)

Hay gente que nace en una época y un lugar aunque pertenece a otros. Los hay, además, que conectan con el propio tiempo por algo pendiente en el aire y se convierten por ello en canales por donde fluye su alma en una obra rabiosamente creadora e inevitablemente revolucionaria, incluso en el caso de ser luego medio olvidados, o retomados parcialmente. Este es el caso de Isadora Duncan, cuya alma pagana pertenece en parte a la antigua Grecia y cuyo baile es la danza primigenia, invocadora, que nace desde dentro hacia fuera, sin los pasos aprendidos que convierten al baile occidental (hasta la llegada del rock que volvió a retomar la danza libre) en algo artificial y técnico. Una vez le preguntaron su opinión sobre la gran bailarina de ballet clásico Paulova y respondió: "Es la cumbre de la atificiosidad".

Su vida personal hubiera sido en la Grecia pagana la de una maravillosa y feliz hetaira, a modo de una Aspasia que en lugar de hablar bailaba. Pero tenía un punto en común con su tiempo: el romanticismo apasionado, buscador y lúdico de principios del siglo XX, con toda su entregada generosidad. Creo que son estas dos últimas cualidades las que determinan que una personalidad fuerte y única, llegue a cumplir sus sueños. Isadora poseía, además, una rara cualidad, sabía lo que quería de la vida. Por todo ello aquella encantadora, excesiva, sensible y efervescente chica americana rescató el lado dionisíaco de la danza.

Isadora Duncan
Isadora Duncan

Nació en San Francisco en 1878 y murió en Niza en 1927, aunque el espíritu de la contracultura de los años 60 del siglo XX palpitaba ya en su obra y su vida. Su creación, su danza, rechazaba por vez primera intrucción y academias , apuntando al origen interior del baile auténtico, cuando el cuerpo se transforma en música, deja que la música se funda con el cuerpo y el alma lo mueva. Sus "escuelas" para niñas fueron en realidad lugares donde acogía a niñas necesitadas, sin medios económicos o sin familia, donde les ayudaba a conectar con su centro y desde ahí descubrir su propio baile. Lugares de libertad.

Con su pequeña túnica griega y sus sandalias, otras veces descalza, surgió como una insólita aparición en los salones elegantes de Europa, a donde había llegado con su familia a modo de tropa ambulante de artistas, donde pasó hambre y bailó por las calles en compañía de un hermano tocador de flauta y recitador de poemas. Su madre tocaba el piano y su hermana daba sorprendentes conferencias inesperadas. Grupo excéntrico y encantador que tomaron por asalto las calles de Londres y París. En sus memorias incompletas, (que acaban justo antes de emprender un viaje a la Rusia revolucionaria donde conoció y se casó con el poeta Esenin) y tituladas consisamente "Mi vida", (editorial Losada) cuenta así su desembarco en Europa: "Nos levantábamos a las cinco de la mañana; tal era nuestra fiebre por conocer París. Empezábamos el día bailando en los jardines de Luxemburgo, caminábamos kilómetros a través de parís y nos pasábamos horas enteras en el Louvre. Raymond tenía ya una cartera cubierta de dibujos de todos los vasos griegos; invertíamos tanto tiempo en la sala de los vasos griegos que el guardia empezó a sospechar, y cuando le expliqué por medio de una pantomima, que yo iba únicamente a bailar, acordó que se trataba de locos inofensivos y nos dejó solos".

Habían llegado a Europa en un barco que transportaba ganado, pero la culminación de esa fiebre llegó unos años después, cuando en tierra griega, sobre una colina próxima a la Acrópolis, decidieron construir "el palacio de Agamenón" como les gustaba llamarle. Para ello arrastraron tras ellos a unos sorprendidos griegos, que vieron asombrados resucitar ritos paganos en el atardecer de verano. Se oyeron cantos e invocaciones y una fiesta posterior que duró hasta el amanecer: "Deseábamos que los dioses nos fuesen propicios y con este propósito en lugar de andar, bailábamos".

Se podría decir que, como en los cuentos míticos, ella conectó con su destino de tanto sentir sus sueños. Puede que influyeran las intensas charlas explicativas con que sorprendía a empresarios, amigos y todo artista que se cruzaba en su camino. Y este sistema de persistente llamada también lo empleó para que surgiera en su vida algún mecenas rico. El caso es que apareció (un millonario que escuchaba perplejo que ella no se casaba con él ni con nadie por cuestión de principios), y gracias a él pudieron mantenerse sus "escuelas", donde sólo admitía a niñas que aún no estaban distorsionadas por las ideas torturadoras de las academias de ballet imperantes (entonces y por desgracia ahora). De las academias de baile opinaba que convertían al bailarín en un muñeco mecánico, borrando individualidades, separando cuerpo y espíritu, impidiendo en fin toda auténtica expresión, personal y sentida, poniendo en su lugar movimientos estereotipados producto de gimnasias tiránicas y absurdas.

Para bien o para mal, ella misma reconocía que nunca actuaba de forma precavida ni planeada. Fue el deseo más profundo lo que siempre la movilizó y ello a pesar de complicaciones o adversidades. Pero por si acaso trataba de no negarse nada y éste método, en teoría reñido con el terrible principio de la realidad, parece que mágicamente hubiera sido, en su caso, la varita encantada y con poderes ocultos para los demás. Realmente tenía algo "tocado" por los dioses, y esto fue en sentido positivo y negativo.

No todos la entendieron y hubo algunos que aplaudieron simplemente a una bailarina jovencita medio desnuda, o los esnobistas que alababan una "moda". Sin embargo las demostraciones que tuvo de admiración y asombro fueron tan apasionadas y extremas como su propio arte. Cierta vez, en las calles de Berlín, rodeada de estudiantes de arte tras una actuación, les dijo que deberían destruir las horrorosas estatuas de cierta plaza y ellos lo hubieran hecho si no hubiera intervenido la policía.

Su danza era magnética, tan turbadora y sensual como el sexo más romántico, el romanticismo más sexual, o el trance catártico. Su manera de amar era como el baile de una bacante. Repartiendo su vida entre ambas facetas a veces se confundían, otras guerreaban y otras se fundían, pero no se puede decir que hubiera entre ellas ninguna frontera definida. Todo ese volcarse por entero explica la enorme impresión que producía. Tanta, que algunos hablaban de un aire eléctrico a su alrededor, de un choque, algo explosivo cuando bailaba haciéndoles gritar: "Isadora, qué bella es la vida". Abandono, el auténtico abandono generoso propio de los fuertes, de las almas grandes.

Esto es lo que sentía bailando: "... amplios, llenos como velas al viento, los movimientos de mi danza me arrastran hacia delante y hacia arriba y siento en mí la presencia de un poder supremo que escucha la música y la difunde por todo mi cuerpo buscando una salida y una explosión. A veces, este poder brotaba con furia y otras me golpeaba hasta que mi corazón se encendía... y yo pensaba que habían llegado mis últimos momentos de vida. Otras veces me acariciaba tristemente".

Isadora Duncan

Arriba con sus niñas en una de sus "Escuelas"

Esta forma de sentir supone una conexión, valiente y entregada, con uno mismo y eso suele dar miedo, incluso se evita y por lo tanto esa forma artística cae en la incomprensión. Supongo que a eso es debido que el baile actualmente siga partiendo del ballet académico que ella rechazó, aunque le pongan detrás el adjetivo "contemporáneo" y las escenografías quieran ser "muy modernas". En ellas siguen predominando las convenciones en lugar de la libertad.

También en su vida fundió lo sentido y lo pensado, al nacer de su alma su pensamiento y no sólo de su mente. Una vez más la presencia de lo dionisíaco que transforma la idea por su propio nacimiento como necesidad expresiva. Y en el amor eligió siempre parejas tan creativas y paganas como ella. El poeta Esenin, su amor más famoso a quien conoció siendo ya una mujer madura y él un jovencito, es un perfecto ejemplo del cariz de sus relaciones: desbordante, escandaloso, trágico y poético. (Abajo izda. con Esenin. Dcha. la película de Karel Reisz "Isadora" con la impresionante Vanessa Redgrave interpretándola. Y debajo más escenas de la película)

Isadora Duncan
Isadora Duncan en el cine

 

Isadora Duncan en el cine
Isadora Duncan en el cine

A todos les fue perdiendo en el camino. También murieron sus hijos en un trágico accidente, pero una de las cosas que más le costaba olvidar, por el dolor que le causaba, era la incomprensión, la soledad en compañía. El otro tipo de soledad siempre lo amó, según reconoce en sus memorias. En ellas cuenta que permanecía aislada largo tiempo, luchando contra la misantropía. Hay páginas bellísimas en las que habla de esos momentos en que se sentía arrastrada hacia la muerte, hacia el agua, como la pálida y atormentada Virginia Wolf. y sin embargo amaba los poemas de Walt Whitman y seguramente hubiera escuchado, fascinada y arrebatada, la música de Jimmy Hendrix. Y el mar, al que siempre retornaba y a cuya orilla murió, en la costa azul de los años 20, en plena entrega a un momento único. Acababa de conocer a un hombre, el conductor de un coche deportivo descapotable en el paseo marítimo de Niza. Entregada a la velocidad, se puso de pie con el largo pañuelo al viento en torno a su cuello. Entonces sus queridos dioses parecieron decidir para ella una muerte tan trágica y especial como su vida. De pronto el pañuelo se enganchó en los radios de una de las ruedas haciéndole caer hacia atrás, estrangulada. Según los periódicos de la época tenía rota la columna vertebral y su muerte debió ser instantánea.

[T. Duncan]

[En caso de usar este texto: sin modificar y citando autora y procedencia] © Wakan-T.Duncan