|
|
| twakan.com / twakan@yahoo.es |
La película secretaSección dedicada a películas especiales. Pueden ser famosas o desconocidas, joyas o fallidas, pero su recuerdo es persistente por algo recóndito que toca y roza, una y otra vez.
Sin Perdón, 'Unforgiving' Clint Eastwood.- Película incómoda porque su tema es el misterio de la integridad. La pureza de ser fiel a uno mismo aceptando las consecuencias. Porque en esta historia se habla de la pureza de un asesino. ¿Es eso posible?
El movimiento incesante y las contradicciones forman parte de la esencia de la vida. Contradicciones que tienden a fundir sus lados opuestos en una resultante que casi siempre nos resulta inaccesible, pero cuya presencia late como una promesa envuelta en bruma y una necesidad de buscar su sentido. Y es que, además, el protagonista de esta historia es en cierta forma un asesino pacífico. ¿Cómo puede entenderse? La historia comienza con un hombre mayor, torpe y gastado, trabajando en algo que no es lo suyo pero es legal y respetable. La historia acaba con el mismo hombre, implacable y sobrio porque vuelve a expresar el talento que Dios le ha dado, aunque se trate de talento para matar: “Siempre he tenido muy buena suerte en esto de matar…”.
En medio queda el misterio del mal, una parte del mundo cuyo sentido se agita en la oscuridad pidiendo una respuesta. ¿El mal es malo, o es neutral? Tan neutral como el bien… Y por lo tanto lo destructivo que simplemente “es”, al margen de intenciones, sería tan inocente como el bien. ¿O no? ¿Puede existir un asesino inocente? Esa es la pregunta con la que se cierra esta impresionante película. Los indios sioux tienen una respuesta que se deriva de su concepto de lo sagrado. Para ellos el único “pecado” es dejar de ser sagrado, dejar de ser uno mismo. Por supuesto ese uno mismo apunta al alma, no a las máscaras o personajes adoptados en la vida para ir tirando o para ser aceptados. Los sioux apuntan a la zona más honda del ser humano. Justo donde anidan todas las respuestas sin preguntas.
Esta película cuenta la historia de un hombre que dejó de serlo y cómo recuperó su destino al conectar de nuevo con su alma y volver a ser sagrado. Y, como siempre que se profundiza, es en los numerosos matices de esta historia aparentemente sencilla donde vibran las respuestas. Hay otros personajes violentos pero ellos no transmiten inocencia, sino un caudal turbio de intenciones, de voluntad maligna. Y esa diferencia, muy pocas veces tratada en el cine, está plasmada tan nítidamente que nos perturba. Son gente destructiva que ejercen de asesinos malignamente, con intención de dañar, de destruir. Por contraste, el protagonista actúa desde una serenidad defensiva o incluso “bondadosa”, humilde, constatadora. No busca ningún tipo de poder mientras que los otros se agitan perversamente en su busca. El sheriff (Gene Hackman siempre impresionante en sus interpretaciones) incluso con una faceta sádica que contrasta con su oficio, que en principio pertenece y apoya el lado bueno de la existencia. Y una sucia necesidad de ser reverenciado, elogiado en el libro que un periodista quiere escribir sobre “leyendas” del Oeste. Éste último se arrastra tras la sombra de los poderosos, por eso va en busca de viejas glorias y por eso al encontrarse frente a un hombre auténtico, con un pasado del que no presume sino del que se arrepiente, comprueba consternado que ese tipo de hombre que no busca la fama, ni la memoria, ni el poder, resulta incomprensible, incómodo, perturbador. Porque es un ser humano a quien le sabe amarga la admiración, huye del reconocimiento y acepta con humildad su camino. Porque su mayor gozo es “ser”, en lugar de tener. La intensidad misteriosa de la libertad y el destino, dos caras de una misma moneda escurridiza y sin nombre, remiten a lo mítico. A cualquier historia anónima de esas que empiezan con un “Erase una vez…”, que es precisamente como comienza esta historia y como acaba.
Un ser humano auténtico es tan neutral como la lluvia y el viento, o el temblor de la tierra. De ahí esa eficacia implacable, esa “suerte” como la llama el protagonista (encarnado por el director Eatswood en uno de sus papeles más conmovedores y tristes). También hay ahí un contraste con la fría eficacia técnica del sheriff, que va de perseguidor de criminales aunque el motor que le mueve y motiva es un sadismo oculto y una vanidad patética. Entonces ¿qué significa que el bueno sea malvado y el criminal alguien puro? ¿La respuesta tiene que ver con la imposición? ¿Con la búsqueda de poder…? En ese caso el poder sería lo opuesto al amor. Y es que esta historia es también una historia de amor, la razón por la que el protagonista abandonó su pasado violento. También del amor de la amistad, también del amor por los débiles, en este caso la protección de la puta maltratada sádicamente por un cliente. Citando a Castaneda, “El mundo está hecho de pavor y maravilla”. Esta película también. Contiene escenas delicadas, atmósfera pausada como la poza de un río de montaña, miradas insondables, lealtad, luces indirectas, la brutalidad de los gestos vulgares, una melancolía imparable, la fealdad de lo mezquino, la grandeza de alma. La tristeza con la que el protagonista responde a un adolescente que quiere saber: “matar a alguien es algo muy duro. No sólo le arrebatas su presente sino todo lo que hubiera podido ser”. El diálogo tímido y emotivo entre la puta (con la cara marcada por las cicatrices del cuchillo del cliente sádico) y su defensor, reconociendo en un murmullo que si tuviera que elegir a una de las mujeres del salón, sería ella con quien se acostaría, la puta rechazada por todos desde que aquel cliente la atacó.
John Ford, el mítico director de emotivas historias del oeste, diría del protagonista de esta película: un hombre bueno. El misterio de las preguntas sobre la existencia esperan en cada una de sus escenas. [Tesa Vigal] [En caso de usar este texto: sin modificat y citando autora y procedencia] ©Wakan-Tesa Vigal |