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La película secreta

Esta sección la dedicamos a una película que sea para unos maldita, para otros genial, para estos un sueño, para otros desconocida, para algunos rara joya sin pulir y para otros detestable. Pero nunca indiferente... (colaboraciones: twakan@yahoo.es)

Perdición de Billy Wilder

Wilder tocó casi todos los géneros. Esta es su película de cine negro y resulta ser la quintaesencia del género.

Una voz en off pone aquí un aire intimista e irrevocable, que contribuye mucho a su atmósfera densa y turbia.

Contiene frases que remarcan el olor a destino de la historia, entre las que destacan no sólo el muy especial diálogo de la escena final (del que luego hablaremos), sino pequeñas puntualizaciones cotidianas como por ejemplo: “me tomé una cerveza, que era lo que realmente me apetecía, para quitarme el sabor amargo de su té”. O: “creí que eras más listo pero sólo eres más alto”.

La presencia rotunda de Edgar G. Robinson como contrapunto irónico a la pareja protagonista, sobre la que confluyen las líneas sombrías de la vida.

La limpieza de una amistad y el agujero negro de ciertas relaciones amorosas. Esas historias en las que a veces se embarca la gente para llegar con ellas hasta el final, como un vuelo misterioso hacia la salida, a sabiendas de su peligrosa dirección y su descontrolado movimiento. Borrachera de la entrega, vuelo alto y suicida, deseo de cruzar los límites cotidianos, emociones al rojo, más al rojo por ser clandestinas. Tristeza enervante y caliente, como el clima de California donde todos parecen nadar como pueden al compás de sus sueños, casi siempre en compañía de su coche y su pistola.

La peculiar escena de asesinato porque convierte en cómplice al espectador por dos razones. Mientras sucede, fuera de escena, vemos la expresión pasiva de la cómplice-testigo. A continuación el espectador se angustia con los asesinos cuando el coche no arranca.

Y la asombrosa estela de envolvente oscuridad que va dejando tras de sí su protagonista Barbara Stanwyck.

En cuanto a su escena final contiene uno de los diálogos más sutiles y emotivos. Uno de los personajes comenta al otro que no pudo darse cuenta de nada porque le tenía a él (uno de los protagonistas) demasiado cerca, al otro lado de la mesa. El otro sólo responde: “Más cerca” . [Daniel Monleón]