Poetas desconocidos (por cortesía de la revista "El gran juego" del Aula de creación). [Colaboraciones: twakan@yahoo.es]Arturo
Jiménez (Barcelona 1975) El estímulo de la escuchaHe
pensado en la muerte. Pero no en el sentido trágico, sino en esa forma
que tiene el Universo de darnos y quitarnos las cosas. Podríamos hablar
de Dios. Casi
he pensado en las fronteras que se cruzan pero que no tienen retroceso.
Era tan grande el tamaño de mi pabellón auditivo que se ha colado por
momentos en los límites de la vida.
Este
Universo es así, pero ¿qué Universo veremos cuando no veamos éste?.
Quizá el mismo. Porque según se cree es infinito. Es
una sensación maravillosa todo ese grupo de vivencias que tienen parecido
origen y misterio y tienen fundamentalmente que ver con la vida. Ciertamente
el interés en una vida más allá de la muerte es muy grande. Y cuando
uno entra en sí mismo parece, o por lo menos a mí me lo parece, que
todos esos misterios o preguntas pueden hallar, si no una respuesta
ni más ni menos clara, sí un sentido. La
palabra vida, o Vida con mayúscula, pues es de esta de la que escribía,
se impone ahora en este escrito, en mi pensamiento y no sé si en el
de algún lector, con una contundencia, solidez y solemnidad muy grandes. La
vida, antes lo subrayaba: Un concepto que engloba. No
sé cómo continuar con dicho tema, pero lo cierto es que vuelvo a sentir
lo que tantas veces he sentido o me ha ocurrido. Es, para hacer una
metáfora, como si alguien te diese un aviso en la espalda con los dedos
invitándote a girar y responder y la vida terrena fuese lo que dura
tu media vuelta; pero que, tras responder o quizá sólo en tu intento... Me
he liado. Quería sólo mostrar el destello infinito en todos los sentidos
que uno encuentra, en este intento de mirar (vida), cuando ve. La
existencia, entonces, es así de MARAVILLOSA. Roberto
Rico Ramos (Madrid 1977) Caminaba; despacio, mis talones acariciaban cada paso; me dejaba llevar, mi cuerpo sabía el camino hacia..., no tenía mucha importancia. Mi
mente, por otro lado, revoloteaba, enlazaba pensamientos insondables
con una naturalidad ya acostumbrada, tonterías, quizá. Algo,
o todo, dobló una esquina sobre mi cabeza, a la altura de un cuarto
piso, bajó deslizándose por una cañería de zinc que tembló como una
rama, bailó levemente con las hojas del suelo y me abrazó por la espalda,
me susurró algo al oído que no entendí, y finalmente cruzó mi rostro,
ya no tuve opción, abrió de par en par las puertas de mi percepción;
mis ojos dejaron de ver, ya no los necesitaba; ese olor, ese olor a
madera, a encina ardiendo en la lumbre me dominaba, me cubría el pensamiento
de imágenes, de llamas entrelazadas crujiendo esos leños, que gritaban
con cada latigazo del fuego: Me elevé por la chimenea de piedra, saltando
al cielo, volé, volé por encima de aquel pueblo de mi niñez, las casas
bajas, los tejados tupidos de vida, y la iglesia en lo más alto, donde
las cigüeñas se hospedaban. Una imagen me hizo caer en picado, era un
niño... Caminaba, despacio, por esas callejuelas de cal y adobe, tranquilo,
feliz, seguro, dando patadas a una piedra.
Sentí
la necesidad de acercarme, de mirarle a la cara, una corriente de aire
frío me posó tras su espalda, sólo tuve que acariciar su mejilla para
torcer su mirada, esos ojos negros a un espejo se miraban, por un segundo
comprendí a ese niño, esa paz tan olvidada, pero él también me miró;
en miedo y tristeza se transformó su cara. Un
claxon me lanzó contra el capó de un coche, desde donde un ¡GILIPOLLAS!,
me devolvió a... “no sé dónde”. |