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Poetas desconocidos (por cortesía de la revista "El gran juego" del Aula de creación). [Colaboraciones: twakan@yahoo.es]

Arturo Jiménez (Barcelona 1975)

El estímulo de la escucha

He pensado en la muerte. Pero no en el sentido trágico, sino en esa forma que tiene el Universo de darnos y quitarnos las cosas. Podríamos hablar de Dios.

Casi he pensado en las fronteras que se cruzan pero que no tienen retroceso. Era tan grande el tamaño de mi pabellón auditivo que se ha colado por momentos en los límites de la vida.

Este Universo es así, pero ¿qué Universo veremos cuando no veamos éste?. Quizá el mismo. Porque según se cree es infinito. La relajación que hemos hecho, la experiencia, la vivencia, durante esos diez o quince minutos, me ha hecho pensar en otras cosas también. En cosas buenas de la vida. En amor, trabajo, en estudio, dedicación, vocación. He experimentado estudiando matemáticas, otras veces leyendo un buen libro y también escribiendo, en algunos momentos de mi vida una sensación parecida a la que describía Paco: me podía oír a mí mismo, a mi cuerpo, mente y alma y dentro de mí oía todo el Universo.

Cuando quieres dar y recibir cariño también experimentamos algo parecido conectando con otro ser humano.

Es una sensación maravillosa todo ese grupo de vivencias que tienen parecido origen y misterio y tienen fundamentalmente que ver con la vida.

Ciertamente el interés en una vida más allá de la muerte es muy grande. Y cuando uno entra en sí mismo parece, o por lo menos a mí me lo parece, que todos esos misterios o preguntas pueden hallar, si no una respuesta ni más ni menos clara, sí un sentido.

La palabra vida, o Vida con mayúscula, pues es de esta de la que escribía, se impone ahora en este escrito, en mi pensamiento y no sé si en el de algún lector, con una contundencia, solidez y solemnidad muy grandes.

La vida, antes lo subrayaba: Un concepto que engloba.

No sé cómo continuar con dicho tema, pero lo cierto es que vuelvo a sentir lo que tantas veces he sentido o me ha ocurrido. Es, para hacer una metáfora, como si alguien te diese un aviso en la espalda con los dedos invitándote a girar y responder y la vida terrena fuese lo que dura tu media vuelta; pero que, tras responder o quizá sólo en tu intento...

Me he liado. Quería sólo mostrar el destello infinito en todos los sentidos que uno encuentra, en este intento de mirar (vida), cuando ve.

La existencia, entonces, es así de MARAVILLOSA.

Roberto Rico Ramos (Madrid 1977)

Caminaba; despacio, mis talones acariciaban cada paso; me dejaba llevar, mi cuerpo sabía el camino hacia..., no tenía mucha importancia.

Mi mente, por otro lado, revoloteaba, enlazaba pensamientos insondables con una naturalidad ya acostumbrada, tonterías, quizá.

Algo, o todo, dobló una esquina sobre mi cabeza, a la altura de un cuarto piso, bajó deslizándose por una cañería de zinc que tembló como una rama, bailó levemente con las hojas del suelo y me abrazó por la espalda, me susurró algo al oído que no entendí, y finalmente cruzó mi rostro, ya no tuve opción, abrió de par en par las puertas de mi percepción; mis ojos dejaron de ver, ya no los necesitaba; ese olor, ese olor a madera, a encina ardiendo en la lumbre me dominaba, me cubría el pensamiento de imágenes, de llamas entrelazadas crujiendo esos leños, que gritaban con cada latigazo del fuego: Me elevé por la chimenea de piedra, saltando al cielo, volé, volé por encima de aquel pueblo de mi niñez, las casas bajas, los tejados tupidos de vida, y la iglesia en lo más alto, donde las cigüeñas se hospedaban. Una imagen me hizo caer en picado, era un niño... Caminaba, despacio, por esas callejuelas de cal y adobe, tranquilo, feliz, seguro, dando patadas a una piedra.

Sentí la necesidad de acercarme, de mirarle a la cara, una corriente de aire frío me posó tras su espalda, sólo tuve que acariciar su mejilla para torcer su mirada, esos ojos negros a un espejo se miraban, por un segundo comprendí a ese niño, esa paz tan olvidada, pero él también me miró; en miedo y tristeza se transformó su cara.

Un claxon me lanzó contra el capó de un coche, desde donde un ¡GILIPOLLAS!, me devolvió a... “no sé dónde”.