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JOYAS DE BIBLIOTECA

Ondina, del barón de La Motte Fouqué.- 

DE ONDINA, A LA MANERA DE ANTIGUOS DIÁLOGOS 

I 

-Sinceramente, pocos libros se han escrito más cautivadores, creo yo, que Ondina del barón de La Motte Fouqué-

-No había oído hablar nunca de ese autor-

-Sí, lo comprendo. Tampoco sé mucho yo, en realidad, de ese autor, y la verdad, no me preocupa mucho. ¿No dicen a menudo algunos escritores que lo que quieren es que la gente se interese por sus obras, y no por su vida?. Pues para eso quizá, tendrían que escribir libros como éste, que puedan también valer para sostener esa afirmación-

-¿Y no todos valen?-

-Lo que sé es que ante ciertas obras, la idea de autor mismo repugna. Son historias tan completamente reales en sí mismas, tan maravillosas, que uno quisiera borrar, si la hubiera, cualquier posible relación entre ellas, y un autor, con su vida y sus preocupaciones. Esas son las verdaderas obras, las verdaderas creaciones, surgidas de la nada, abocadas a lo universal, y perdiéndose también en la vida sin nombre-

-Pero no han surgido de la nada- argumentó el personaje más joven –aunque me están entrando muchas ganas de leerla-

-Bueno, lo de la nada... No lo tomes literalmente. Pero bien, incluso contando con el hecho de que la historia contenga sentimientos y preocupaciones del autor, todo ello, toda esa historia, ha sido concebida en la nada, como perteneciendo a la nada misma, más que el propio autor. Eso es lo que quería decir-

-Y tú, ¿cómo la descubriste?-

-Ya casi no lo recuerdo. Creo que fue gracias a una antigua colección literaria, Nostromo de Alfaguara. Cogí tanto cariño por esa colección, que luego buceaba especialmente dentro de ella, en busca de descubrimientos-

-Bueno, pero era una historia de amor. Me decías que era una historia de amor. A lo mejor eso también influyó-   

II

-Oh claro que influyó, desde luego que influyó. De hecho, por aquel entonces, andaba en busca de aquellas historias. Y cuando encontraba una de ellas, para mí era la felicidad-

-La felicidad es mucho decir- sonrió, pero con gran deferencia, el más joven...

-Para mí era la felicidad- insistió el otro, pero sin tensión –Cierto que la felicidad, tal y como yo la he vivido al menos, tiene un momento de acción, unido a la misma, que no recuerdo de esas lecturas, pero creo que puede ser un defecto mío como lector, más que del libro, o puede que no recuerde bien, en realidad, ciertos momentos... Puede que también la felicidad sea más gratuita, que surja de improviso de cualquier cosa... Todo eso puede ser cierto, pero hay que reconocer también que esta felicidad tiene su propia singularidad, y que le debemos algo-

-Pero, ¿de dónde surge esta felicidad?. Y más si, como he oído en algún sitio, esta es una historia triste...

-¿Triste, triste?- se alborotó el mayor -¡Absurdo, absurdo!. La gente confunde la felicidad con la costumbre, o con la convención. ¿triste, triste?. ¡En absoluto, en absoluto!. Pero ¿sabes porqué? (porque realmente aquí está el quid de la cuestión)-

-¿Estás seguro?- la voz del otro osciló entre un sentimiento de duda, de agonía casi, y otro de esperanza.

-Verás, esto es muy importante, escucha- el mayor juntó las manos en actitud casi devocional, contra el pecho –Creo que algunas obras de arte, en particular, algunas obras literarias, que es a lo que aquí nos referimos, se han hecho para... Para trascender la muerte. Pedimos algo, en algún sentido, de contenido o de forma, de lo que sea, pero que es una información meridiana, y que aparece a menudo en un abrir y cerrar de ojos, antes de que nos hayamos podido dar cuenta. Es ese algo que vale para trascender la muerte de algún modo, para asegurar el conocimiento, con mayúsculas, y por eso no le afectan las formas-

-¿Quieres decir los finales felices o desgraciados?-

-Exactamente. O mejor dicho, acaso artísticamente, y dependiendo de las circunstancias, le encaje mejor un final desgraciado. Pero siempre recordando esto: que la verdadera felicidad es sublime, y que no pertenece a la historia.   

Y III

-¡La he leído!. ¡Me ha encantado!. Bueno, aunque al final tenía miedo de que no me gustara después de todo lo que habías dicho-

-Sí, a veces pasa. Yo... También tenía algo de miedo-

-Bueno ¿sabes?. Me habías dicho, y no me habías dicho. En realidad, pensándolo bien, fuiste tan abstracto ¡que no tenía ni idea de lo que iba a leer!-

El mayor se rió. Debían de haberle echado en cara más veces esta peculiaridad suya.

-Quizá tengas razón- dijo –pero déjame que todo lo diga con toda contundencia: con todo prefiero eso, antes que las actuales, odiosas sinopsis que aparecen hoy en día en las contraportadas de los libros...-

-Sí, pero la historia al menos, la atmósfera...-

-No hubo tiempo- protestó el otro –Tú te marchaste y yo tenía una cita... Bueno ya sabes-

-La atmósfera es maravillosa- dijo el joven –Ese principio... Es mágico, es encantador... Es...-

-Sí lo sé. Como en una especie de déjà vu, algo o alguien siente que hubiera estado ahí antes. Alguien se siente, aún antes del comienzo, protegido, reconfortado. Aunque también sabe que esa sensación durará poco tiempo...-

-Más bien que no será eterna... Yo no sé muy bien lo que es un déjà vu, pero a mí me parece que lo que los personajes sienten, en ese primer momento de la historia, es que la felicidad, la plenitud ya la han conocido, que lo que les queda por tanto, quizá, es... Vivir lo más difícil-

-Vivir lo más difícil- dijo el otro –Sí, mira ¡me gusta!. Pero no sólo lo más difícil, creo que también lo más misterioso. Humm, sí- fue como si paladeara esto que decía –Lo más misterioso, asociado a lo más difícil, asociado a... Pero mira- se interrumpió de pronto -¡Ya estamos llegando!.¡Párate!-

El más joven se paró. Estaban en medio del bosque, y era un bosque de verdad, un bosque que imponía respeto, de él venía un profundo silencio y uno podía sentir en todas partes el espíritu del bosque.

-¿Dónde está?- dijo el más joven.

Pero el silencio sólo venía roto por el rumor extraño de un motor de yate o barco, muy abajo, en la inmensa hondonada marina, que se adivinaba más que verse, y sugería el deslumbramiento final del mundo.

Entonces incluso aquel ruido cesó. De nuevo surgió la oscuridad del bosque, y algo más.

-Allí, ¿no la ves?- fue como un susurro, y luego el bosque se cargó aún más de silencio. La historia de Ondina también comenzaba al lado de un bosque secreto y maravilloso, era la historia de un espíritu del agua, y de cómo conoció el amor, y de las cosas y las imágenes largamente encantadas que les suceden a los seres humanos, en un mundo mezcla de realidad y de sueño, en un mundo que aún estaba encantado, en un mundo ya desaparecido...

-¿La ves?- repitió el crucial personaje.

-Sí- dijo el otro llorando -¡La veo, la veo!- Pero ya el bosque y el silencio habían borrado esas lágrimas, y aun esas palabras y ese rostro, y aún el rastro de aquellas y otras conversaciones, y toda aquella historia había desaparecido. Y ya de Ondina sólo quedaba allí la raíz, el principio, lo mismo que, amparado, continuaría allí eternamente.

[Francisco González Castro]