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POETAS DESCONOCIDOS

MaríaJosé Cadenas (por cortesía de la revista “El gran juego”)

Una tarde de verano

Todo sucedió un verano. Podría no haber ocurrido nada, pero ocurrió. Conquisté la libertad.  

Conducía un todoterreno gris, iba sola, había decidido pasar la tarde descubriendo parajes y ampliar los planos de la zona en la que llevaba tiempo trabajando. Me gustaba por entonces conocer palmo a palmo pequeños trozos de bosque y caminos, tenía la sensación de que así el mundo era más mío, que no era ajeno a mí, que el mundo y yo éramos la misma cosa.  

Cuando salí de mi casa a primera hora de la tarde el día era fresco y soleado, había respirado profundamente unos segundos mirando al mar, sin saber que sería la última vez que lo vería.

Casi dos horas más tarde y a 1500 metros de altitud las nubes se habían pegado a la tierra y me encontraba perdida en un lugar neblinoso, fantasmagórico. Saqué los planos intentando encontrar un lugar por el que dirigirme, pero la verdad era que me encontraba totalmente desorientada. Tomé un camino que ascendía por un monte pelado. La lluvia empezó a caer torrencial, el ascenso era lento, no veía los bordes del camino, no veía nada. Tuve que hacer una parada. Esperaría el tiempo necesario para poder emprender la marcha con un poco de visibilidad.

Detuve el coche a un lado del camino, apagué las luces, cerré los ojos y escuché el sonido de la lluvia.

Durante unos segundos esta sensación bastó para reconfortarme, pero pronto sentí la necesidad de salir fuera, de adentrarme caminando más allá de los bordes del camino.  

El monte era un monte pelado, pelado de árboles, pero todo el suelo estaba cubierto por matojos de brezo en plena floración, flores pequeñas y rosas, una gran alfombra áspera que hacía difícil el paseo.

Me detuve, miré hacia el cielo, abrí los brazos y dejé que la lluvia me empapara. Cuando miré al frente a poco menos de dos metros, vi a los caballos.

Había oído hablar de ellos, caballos salvajes, pero jamás me los había encontrado. Lo que veía era indescriptible.

La manada no la componían más de siete caballos, el jefe que me miraba desafiante y dos o tres yeguas con unos cuantos potrillos se quedaban en segundo plano.

El caballo me miraba erguido, hermoso, orgulloso, con una dignidad que yo nunca había visto en nadie. Me invitaba a marcharme, aquel era su lugar, su mundo, yo sólo una intrusa. 

Al cabo de unos minutos se alejaron, pausados, sin miedo, con el orgullo y la calma de los valientes. De vez en cuando el caballo jefe me miraba, y en una de esas miradas cruzadas, sentí que nos comunicábamos, que nos entendíamos, que aquel era mi mundo, que yo siempre había tenido el alma de un caballo, y sentí una plenitud que jamás sentí con un ser humano.

Como si de pronto hubiera perdido la conciencia, comencé a desnudarme, corrí libre por el monte y me uní a la manada.  

Creo que ha pasado tiempo, no lo sé. A veces mientras dormito vienen a mí recuerdos que no identifico, sonidos que no entiendo, caricias desconocidas, susurros, sabores, imágenes de lugares extraños. Me dejo llevar por los sueños y duermo tranquila sobre el brezo.