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CINE EnCartel:Noviembre y Respiro

LA PELICULA SECRETA

Esta sección está dedicada a una película que sea para unos maldita, para otros genial, para estos un sueño, para algunos rara joya sin pulir y para otros detestable. Pero nunca indiferente.

“Drácula”, Coppola.-

“Diabólico” significa “separador”. El que no acepta los hechos, separándose de ellos. El rebelde por desesperación o el desesperado por rebeldía. Cuando el príncipe azul, el príncipe de los sueños es un desesperado es Drácula, el príncipe de las tinieblas, y su maldición consiste en esa persecución devoradora de la luz, del amor del que se ha separado... Por amor... La contradicción es el tormento, es la condena de todo muerto en vida, de todo suicida que pasa a formar parte de los ángeles caídos. Ángeles precipitados al abismo como la caída y muerte de la amada de Drácula, en el principio de la historia, al frío foso del agua enloquecida.

Y él sigue sus pasos de arrebatada rebeldía. No acepta su muerte, no acepta su condenación como suicida, no acepta las leyes del mundo que se niegan a enterrarla en tierra sagrada, no acepta a un dios que condena eternamente y reniega de ese dios, y comparte con ella las tinieblas infinitas y el vagar en la nada. La buscará “a través de océanos de tiempo” hasta volverla a encontrar. “¿Cree en el destino señor Harker?”, pregunta a uno de los petimetres masculinos que rodean a las dos chicas. Y Jonathan Harker no tiene respuesta porque carece de ese tipo de preguntas. Y cuando se trata de elegir entre Drácula y el tipo de hombre tibio, de alma pequeña aunque limpio y honrado, toda mujer de alma grande elegirá mil veces al príncipe de las tinieblas. Porque la luz, el bien, jamás puede ser templado ni superficial ni, por tanto, moralista. La luz es honda, implacable y fascinante como las tinieblas, pero libre al contrario que estas. De ahí que haya algunos hombres hipnotizados por el “mal”, escasos hombres luminosos, muchos tontos tenidos por buenos y legión de tibios a los que asusta por igual la luz y las tinieblas, porque de lo que huyen es de la dimensión más profundamente enterrada, más abismal y misteriosa, cuna del fuego místico, del amor y los poetas (¿dónde estás Rimbaud?, ¿dónde estás en este tiempo alejado de la vida?). Incluso en la biblia existen ramalazos de sabiduría cuando en boca de Jesús dice: “¡ay de los tibios porque el Padre los vomitará de su boca!”...

Este misterio que persigue a los hombres desde su aparición en la tierra es el que obsesiona y enloquece a todos los Van Helsin, a todos los “salvadores” que en nombre del “bien” quieren destruir el “mal”. Y así se le revela al final al perseguidor de Drácula, interpretado aquí por Anthony Hopkins: “somos locos...Locos de Dios... Todos nosotros”. Porque no existe nada, nada en la vida que no pertenezca a la Vida y lleve, por lo tanto, su semilla de luz manifiesta o invisible.

Mina, la protagonista femenina, lo sabe, lo siente en su corazón porque es por medio del abrazo del amor que todo deja escapar la luz que contiene. Y ella ama y redime y es portadora de la luz que enciende la llama apagada, pero nunca consumida, puesto que la llama es eterna y sólo existe el fuego. El fuego invisible o manifestado pero siempre presente.

Cuando por vez primera se cruzan sus miradas en las calles de Londres, ella reconoce esa dimensión, algo que estaba ausente entre sus amigos y su novio, y responde a la llamada hasta el final. Esa dimensión vuelve hipnóticas todas las escenas en que los dos están solos, como en medio de una hoguera que acabará purificándoles a través de las caricias al lobo, cumbre erótica pocas veces visto en el cine, en el que las manos enguantadas de Drácula y Mina se rozan y entrecruzan sobre la piel blanca de la fiera. A través de esa copa de absenta donde “vive una hada verde”, encontrándose sus ojos y sus labios en esa copa llena de alcohol sacramental (gozo para Baudelaire), de barco navegando más allá del tiempo, sellando el beso que no puede darse porque está más lejos de cualquier posible beso. A través de esa apabullante escena de catarsis amorosa, cuando Mina sabiendo que se trata de un vampiro, se entrega a él a pesar de las palabras de Drácula: “No soy nada... En este cuerpo no hay vida... Te condenarás como yo a vagar eternamente”. Y ella elige el amor chupando su sangre en un abrazo cumbre de éxtasis vital, ella que se sabe que con ello ha sellado su muerte. Pero el amor abarca a la muerte con su abrazo misterioso, en una de las más apasionadas y voluptuosas escenas.

Y Tom Waits interpretando al inquietante esbirro comedor de insectos. Y esos torbellinos de luz azulada que conducen al umbral del castillo, y esas sombras alargadas, esas voces susurrantes y magnéticas de vampiras envolventes... Las tormentas de nieve luchando contra el sol poniente, las nubes majestuosas que encierran poder y miradas... El ritmo vertiginoso de toda la historia fundido con lo onírico, revelando un mundo épico de acción frenética y sueños, pasión desencadenada y la auténtica Gloria de un cantar de gestas medieval. Porque la Gloria no contiene poder sino libertad.

(A Drácula lo interpreta un más que convincente Gary Oldman. Mina está muy bien encarnada por Winnona Rayder y su novio “bienpensante” lo encarna perfectamente Keanu Reaves cuando aún no era una estrella).

[Tesa Vigal]