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La película secreta Esta
sección está dedicada a una película que sea para unos maldita, para
otros especial, para estos un sueño, para esos desconocida, para algunos
pequeña joya sin pulir y para otros detestable. Pero nunca indiferente.
Blue velvet (terciopelo azul), David Lynch.- Película
especialmente desasosegante. Entre otras cosas porque habla del lado
oculto y oscuro de lo cotidiano. Una cotidianeidad que, a veces, presenta
una cara tranquilizadora y políticamente correcta que puede caer fácilmente
en lo edulcorado. Por ejemplo un bombero saludando con la mano sonriente.
Esa
es una de las imágenes que abren la película con colores pastel, limpios,
casi asépticos. Pero enseguida la cámara busca un primer plano del suelo
de un jardín y allí entre la hierba vemos unos insectos: el ser más
alejado del ser humano, por su aspecto “monstruoso” y su comportamiento
temiblemente mecánico y frío. Es curioso pero los insectos tienen algo
de la frialdad del metal y también su dureza y eso es lo que más turba
de ellos.
Poco
después el protagonista Jeffrey (Kyle MacLachaln) encuentra, también
entre la hierba –como un producto más de la enigmática tierra- una oreja
cortada que apunta, como los insectos, a situaciones violentas y desconocidas,
a motivos oscuros, a consecuencias imprevisibles. Constantemente
están en juego las dos dimensiones. La “normal” está representada por
la pareja joven de ingenuos y buenos chicos. Y la oscura, representada
por Frank (Dennis Hooper), origen y catalizador de la violencia y revelador
de sentimientos desconocidos, ante su simple presencia. Sobre todo bajo
el efecto perturbador que rezuma cuando se pone una mascarilla de oxígeno
para respirar bien, o mejor dicho para desear bien, porque cada vez
que se la coloca su excitación crece con su respiración, igual que ésta
se agita rítmicamente en el acto sexual. Y por su manera de actuar teatral
en el sexo y la violencia, que llega a ser ritual, remitiendo a los
inclasificables ritos-juegos-motivos infantiles. Que vistos desde fuera
pueden llegar a resultar grotescos y vividos desde dentro pueden llegar
a ser explosivamente hondos.
El
nexo de unión entre ambas dimensiones es la canción de los 50 de Bobby
Vinton, que da título a la película y que se revela profundamente ambigua:
suave como el terciopelo y sugerente como lo desconocido. También el
personaje protagonista femenino (Isabella Rossellini), ya que por un
lado actúa de manera sensible y por otro tiene asumido su propio lado
oscuro. Es
evidente que toda la obra de Lynch está encaminada a investigar el misterio
de la vida que se centra en la existencia del mal, lo oscuro y lo absurdo.
En frase del propio Lynch: “en la vida amo lo absurdo sobre todas
las cosas”.
Y
en boca de Jeffrey: este es un mundo muy extraño”. Y en boca
de Frank: “está oscuro...”. Y
la llama de una vela oscilando violentamente, como un símbolo de toda
la historia. Y el beso ambiguo de Frank con los labios pintados a Jeffrey,
antes de darle una paliza. Ambiguo porque en el fondo se enfrentan cara
a cara dos lados del ser humano. Cada uno tiene lo que le falta al otro
(es su doble). Ambiguo porque implica reconocimiento y traición, acercamiento
y violencia. Frank invita a Jeffrey a “soñar juntos”.
El
joven ingenuo acabará descubriendo en sí mismo la fascinación por el
lado oculto de la vida, del sexo, descubriendo dentro de él una violencia
hasta entonces ignorada. Es por tanto también un viaje interior desde
la luz limpia y coloreada del principio, hasta la luz agobiante y sombría
del apartamento de ella, donde el relieve de los objetos se difumina
aunque sin embargo se hacen más hirientes los perfiles. Y
las imágenes finales vuelven a ser ambivalentes. La dulzura de una madre
con su hijito. Un pajarito comiéndose un insecto. El misterio implacable
sobre el que sólo se preguntan los más sensibles, los más sinceros y
los que piden más a la vida. Podría
decir más sobre ella pero para hacerlo tendría que contar más de su
trama. [Tesa
Vigal]
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